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1 de mayo 2026 - 07:00

Marilyn Monroe y un ciclo de 12 películas para repasar la obra de una actriz inolvidable

Durante mayo, la Sala Lugones tendrá a la actriz como protagonista. Clásicos y rarezas para reencontrarse con una figura icónica del cine.

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Marilyn Monroe y un ciclo de 12 películas en la Sala Lugones.

La gente de Sala Lugones va de un extremo a otro. El martes, con “Las tres caras del miedo”, de Mario Bava, “The Sorceres”, de M. Reeves, y “La momia”, de Karl Freund, 1932, terminó un ciclo dedicado a Boris Karloff, actor naturalmente feo, intérprete ideal de seres monstruosos, y empezó el miércoles un ciclo dedicado a Marilyn Monroe, esa criatura hermosa, sensual, ronroneante y triste que fascinó a sus contemporáneos y todavía sigue fascinando a quien la mire.

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“Derrochó sex-appeal y falsa inocencia en grado demoníaco”, sintetizaba Calki la razón de su éxito. Es cierto, pero a veces fue inocente de veras. Duilio Marzio, galán argentino en su juventud, compartió con ella las clases de Lee Strasberg en el Actor’s Studio. La recordaba sencilla, buena compañera, a veces un poco rayada, y, eso sí, cada vez que lo tomaba del brazo para comentarle algo, así nomás, sin querer, lo derretía en menos de un minuto.

Pero no todos la amaron en su momento. El crítico Stanley Kaufman, por ejemplo, machacaba: “Nadie puede creer que Marilyn Monroe exista realmente. Es una ficción, cuidadosamente sintetizada por su propia mente sagaz y sus consejeros”, “mucha carne y no demasiado exigente. Una voz irreal, secreta, hecha para ser susurrada en el oscuro asiento de atrás del automóvil”. Y alertaba: “Hay también cierta intención de burlarse de sí misma, pero esto también lleva implícita una dosis de burla hacia nosotros, por dejarnos fascinar por ella”. Debe haber sido medio puritano, este hombre.

Hija ilegítima, huérfana que transitó asilos y padres adoptivos algo inestables, casada a los 15 años, divorciada a los 16, modelo desnuda a los 17, modelo vestida en fechas posteriores, debutó en el cine a los 21, en un papel secundario de “Dangerous years” (acá “Juventud en peligro”), como la empleada de un local gastronómico donde se juntan unos adolescentes turbulentos. Parecía entonces una chica de barrio. De a poco se fue estilizando, y su nombre empezó a ascender en los créditos hasta convertirse en luminaria. Del resto, ya se ha dicho demasiado, y no siempre con certeza: su eterna inseguridad, la obsesión de ser tomada en serio haciendo dramas cuando lo suyo eran las comedias, la creciente paranoia, los calmantes, los errores sentimentales, todo eso.

Su muerte fue noticia en todo el mundo. Entonces, cuando los diarios ponían una noticia importante en sus pizarras la anunciaban con una sirena, o una bomba de estruendo, y la gente se amontonaba frente a las pizarras para enterarse. Recuerdo exactamente ese momento, y la pena que nos dio incluso a los chicos, aunque por razones obvias solo la habíamos visto en los afiches de la puerta del cine. Algunos años después volví a tener ese mismo sentimiento frente a un corto español bellísimo que también evocaba esos recuerdos de infancia, “Mi Marilyn”, de José Luis Garci, con narración de José Sacristán. Ese corto y la inglesa “Mi semana con Marilyn” están entre lo mejor que se ha hecho sobre ella.

Volviendo al ciclo de Sala Lugones. Se han elegido 12 películas, a exhibirse reiteradas veces hasta fines de mayo. Ahí está “Juventud en peligro”, verdadera rareza, también el policial “Mientras la ciudad duerme”, de John Huston, donde aparece breve pero inolvidablemente como la querida de un hombre adinerado, “La malvada”, donde también aparece brevemente, porque las figuras principales son Bette Davis y Anne Baxter, el conflicto es entre ellas, y “Tempestad de pasiones”, con Barbara Stanwyck, donde Marilyn muestra, todavía como actriz secundaria, “una combinación de descarada sensualidad y masoquismo sesgado”, según el biógrafo Donald Spoto.

Y también están, por supuesto, varias películas que la tuvieron como protagonista. Por un lado, los dramas “Almas desesperadas”, con Richard Widmark, “Torrente pasional” (“Niágara”), con Joseph Cotten y la expectativa de un crimen conyugal, y “Los inadaptados”, con Clark Gable y Montgomery Cliff.Por otro lado, un western feliz, como decía Bertrand Tavernier, “River of no Return”, rebautizado “Almas perdidas”, con Robert Mitchum, y, mejor aún, las comedias: “Los caballeros las prefieren rubias”, con Jane Russell (atención, la dirigió Howard Hawks, pero la escena más famosa, donde ella canta eso de los diamantes, fue creada y dirigida por el coreógrafo Jack Cole), la más popular “Una Eva y dos Adanes”, del maestro Billy Wilder, con Tony Curtis, Jack Lemmon y Joe E. Brown, que da la memorable frase final, luego “La comezón del séptimo año”, con el bienaventurado Tom Ewell, “Nunca fui santa”, menos conocida, y “La adorable pecadora”, con Yves Montand y participación de Bing Crosby y Gene Kelly.

La selección es buena, y quedan para una segunda tanda “Ladies of the Chorus”, 1948, “Locos de atar”, con los Hermanos Marx, “Viudas adorables”, “Vitaminas para el amor”, con Cary Grant, que pertenecen a su etapa inicial, y las más posteriores “Cómo pescar un millonario” y “El príncipe y la corista”, con Laurence Olivier. Esta última podría ir acompañada por “Mi semana con Marilyn”, de Simon Curtis, con Kenneth Branagh haciendo de sir Olivier y Michelle Williams como la más deliciosa Marilyn que alguna actriz haya interpretado.

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