«Maridos» de Angeles Mastretta. Buenos Aires, Seix Barral, 2007. 259 págs.
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Por más que sus protagonistas se reciban de ingenieras, hagan estupendos negocios o disfruten del sexo sin inhibiciones (también se incluye un romance lésbico), es evidente que el universo femenino de Angeles Mastretta atrasa por lo menos unos cuarenta años.
Son historias con reminiscencias de folletín, buenas dosis de machismo mexicano y algunas propuestas seudo feministas (ellas salen de parranda y beben tanto o más tequila que sus «pinches» maridos) destinadas a corroborar una misma conclusión: no hay infidelidad (aún con hijos extramatrimoniales de por medio), ni problema de pareja que no se solucione con un buen revolcón.
Un breve prólogo anuncia que la autora de este conjunto de relatos y viñetas es una reciente separada, muy contenta con su vida a pesar de que su último esposo se fue con otra. En «una tarde naranja» la mujer recibe la visita de un antiguo amante, habituado a meterse en su cama «entre un marido y otro» y ella, para enardecer la espera, le oficia de Sherezade con un tablero de ajedrez de por medio.
La mayoría de las historias aquí reunidas transcurren en la ciudad y sus protagonistas, en general, recibieron una buena educación, han tenido varios hijos y andan tan desmelenadas por sus pasiones como se aprecia en la fotografía de tapa.
Si bien hay muy pocas variantes dentro de estas ficciones, Mastretta logra amenizarlas con diálogos chispeantes y situaciones de gran dinamismo. En cuestiones estilísticas la escritora tiende abusar de ciertas figuras literarias («era pálida como un canario, inconsciente como un gorrión, necia como un pájaro carpintero, concentrada como lechuza, incansable como si fuera un colibrí) o suele echar mano a un erotismo algo trillado («él le iba lamiendo la sal de las piernas, el pubis que sabía a ostras»).
Pese a estas objeciones, su prosa se lee plácidamente debido a su agradable tonalidad mexicana y a la ausencia de localismos molestos.
La autora de «Arráncame la vida» y de libros de relatos tan vendedores como «Mujeres de ojos grandes» apunta ahora a las lectoras de mediana edad, algunas ya rodeadas de nietos (mal que les pese) pero con voluntad de atravesar la menopausia frescas, activas y erotizadas. Tanto optimismo puede resultar algo forzado, pero de tanto en tanto, estas damas hormonales (menos épicas que las de Isabel Allende y bastante más cínicas y amorales que las de Corín Tellado) se permiten envidiar el tranquilo desaliño de las abuelas de antaño. Eso sí, sin renunciar a su bótox.
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