18 de marzo 2008 - 00:00
Múltiple celebración del arquitecto japonés Isozaki
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Centro de Ciencias para el siglo XXI en Columbus, Ohio, del reconocido Arata Isozaki, quien para celebrar sus 77 años expone siete obras distintas en siete diferentes lugares del mundo.
Isozaki (nacido en 1931 en Oita, al Norte de la isla de Kiusiu) se graduó en la Universidad de Tokio en 1954 y obtuvo el doctorado en arquitectura en 1961. Entre 1954 y 1963 formó parte del equipo de Kenzo Tange, que fue profesor suyo y de su amigo Kisho Kurokawa. Si bien no integra el Movimiento Metabolista impulsado por Kurokawa, sus primeras obras tienen afinidades con los postulados del grupo, que busca integrar tradiciones locales e internacionales en una suma innovadora y creativa.
Las grandes realizaciones que destacan a Isozaki son de la década del 70, cuando desarrolla con amplitud su interés por las formas geométricas puras y las aproximaciones actualizadas a los modos arquitectónicos del Japón, lo que se advierte en el techo abovedado del Country Club de Fujimi y de la Biblioteca Central de Kitakyushu, o los bloques cúbicos del Museo de Arte de Gunma y de la Municipalidad de Kamioka.
Isozaki, sin embargo, acepta que hubo un momento postmoderno, el cual, en el caso de la arquitectura, fue una reacción contra el academicismo modernista. Para él, ese período empezó con los estallidos culturales de 1968, simbolizados por el Mayo Francés, y cesó al extinguirse la Guerra Fría, dos decenios más tarde. «Puede ser que yo recibiera alguna influencia durante esa etapa -añade-, pero me niego a entrar en la estrecha y vaga definición de la postmodernidad».
Isozaki pormenoriza sus declaraciones, censurando al historicismo exagerado, de meros revivals, y la obsesiva contextualidad de la arquitectura denominada postmoderna. «Por otra parte -dice-, el discurso postmodernista, sobre todo en el campo de la literatura, el cine, la danza, se basa en tres ejes: el pastiche, la citacióny la ironía; y en mis diseñosquizás haya citaciones pero nunca pastiches ni ironías».
Prefiere hablar de arquitectura -incluida la suya- en términos del topos. «Creo que es ésta la perspectiva que hoy nos exige a los arquitectos en el mundo entero, y nos exigirá más y más en los tiempos que vienen. Por eso es necesario trabajar en tal dirección, desde luego, con las variaciones de concepto y diseño de cada uno», señala.
Las categorías que distingue Isozaki son el lugar real, el lugar simulado, y el lugar irreal; y para cada una de ellas, propone un método a seguir. En el primer caso, estamos ante «la ciudad tradicional, aquella que tiene una historia y una comunidad, como Kyoto y las urbes europeas», especifica. La mejor solución, añade, «es establecer una especie de continuum con la historia y la comunidad, sin producir choques ni rupturas, lo que no significa, es obvio, copiar líneas, formas o estilos».
Así ocurre con el Museo de Brooklyn, en Nueva York, y con el Palacio de los Deportes Saint Jordi, de Barcelona, diseñado por Isozaki para los Juegos Olímpicos. En esa obra reiteró el techo abovedado, para sugerir las montañas que rodean a la ciudad catalana. «El techo que, con la torre y la plaza, es uno de los principales elementos constitutivos de las urbes europeas, domina por entero la estructura del edificio y evoca la imagen de una comunidad urbana a la manera de un refugio capaz de albergar a un amplio número de ciudadanos».
El topos es aquí real y el diseño corporiza esa realidad. Por eso, el estadio pasó a ser denominado Palacio Saint Jordi por los barceloneses, « omitiendo la referencia a los deportes e incorporando así el edificio a su vida cotidiana y a la de su ciudad», señaló Isozaki.
Participa de esta categoría el Museo de Tateyama Yohboh-Kan, en Toyama. El techo abovedado tiene la forma del casco de una nave. El museo evoca la religión tateyama, así llamada por el monte homónimo en cuyas cercanías se alza el edificio y que era el objeto central del culto. Este credo «desapareció en tiempos del movimiento antibudista que sucedió a la restauración imperial de 1868, y el objetivo máximo del diseño fue el de recrear, con la mayor autenticidad posible, el sentimiento de sacralidad que hoy se ha perdido por completo».
La segunda categoría, el lugar simulado, es la del sitio sin historia ni comunidad, como es el caso de la ciudad de Orlando, en Florida. «Allí lo que corresponde es establecer un tema único, el entretenimiento o las vacaciones, porque no hay continuidad alguna que mantener. Se trata, entonces, de crear ficciones, simulacros. Por eso hablo del lugar simulado, de una arquitectura ficcional», indicó Isozaki, y agregó: «Casi todas las obras que realicé en los Estados Unidos pertenecen al segundo tipo, especialmente el Museo de Arte Contemporáneo, de Los Angeles, para el que llegué a diseñar cinco propuestas».
La tercera categoría, la del lugar irreal, atañe a las ciudades con historia y comunidad, pero que experimentan periódicas sistematizaciones y cambios, como sucede -según Isozaki- con Tokio, la antigua Edo, con sus más de cuatro siglos y otras urbes japonesas y norteamericanas. «Aquí se trata, por lo tanto, de sucitar conflictos y rivalidades más que de buscar armonías y asimilaciones», sostuvo.


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