Murió Jiri Menzel, el pequeño gigante del cine centroeuropeo

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Jiri Menzel fue mucho más que “el ganador del Oscar por ‘Trenes rigurosamente vigilados’”. El fue, como lo recordó su esposa al anunciar la noticia de su muerte, un “bravo entre los bravos”. Figura mayor del cine checo, y del cine mundial, fino humorista, y humanista, puntal del Nuevo Cine Checo que acompañó el llamado “socialismo de rostro humano”, luego puntal de la resistencia pasiva contra la ocupación soviética, y maestro de las nuevas generaciones en el uso responsable de la alcanzada libertad, Jiri Menzel terminó siendo, ya retirado, ejemplo silencioso del hombre que afronta con la mayor dignidad una larga y dolorosa agonía. “Querido Jirka, te agradezco cada uno de los días que pude pasar contigo. Cada uno fue extraordinario. Te agradezco también por los últimos tres años, por más duros que hayan sido”, terminaba el anuncio que su esposa publicó en su Facebook.

Nacido en 1938, hijo de un escritor de cuentos infantiles, Menzel disfrutó de la vida pese a la infancia bajo la guerra y la adolescencia bajo el estalinismo. En la escuela oficial de cine tuvo la suerte de contar con un gran maestro, Otakar Vavra, que le descubrió el cine de René Clair, Jean Renoir, Julien Duvivier, gente que sabía pintar la realidad con una sonrisa y un tono de fábula. Lo mismo encontró en Bohumil Hrabal, un autor popular despreciado por el régimen. Adaptó un cuento suyo en un film colectivo, “Perlitas del fondo del mar”. Tuvo éxito, y le dijeron que adaptara una novela: “Trenes rigurosamente vigilados”, que Hrabal había escrito basado en sus vivencias de empleado ferroviario bajo el nazismo. Drama, erotismo y un oculto cuestionamiento allí se conjugaban. “Filmarla podía ser dificilísimo. Tres directores habían rechazado la propuesta. Yo la acepté porque era joven y tonto”, bromeaba Menzel años después. La filmó y se ganó el Oscar a Mejor Película Extranjera 1967.

En Hollywood le ofrecieron contrato de dos años, pero él ya estaba preparando “Alondras en un hilo”, inspirado en otra vivencia de Hrabal, la de “burgués que debía ser reeducado por el socialismo”. “Entonces ya éramos más que amigos, hermanos”. Pero llegaron los rusos. Cuando vieron “Alondras...” terminada, la prohibieron. De nuevo lo llamó Hollywood. El prefirió quedarse junto a los suyos, aún cuando también le prohibieron hacer cualquier otra película en los siguientes cuatro años, hasta que no demostrara fehacientemente su “posición positiva hacia la clase obrera”. “No fue tan difícil, porque mi posición siempre es positiva”. En 1974 volvió a dirigir, esta vez con guiones de otro humorista, el bon-vivant Zdenek Sverak. Y siguió, cada vez más activo, como director de teatro, de cine, y también como actor.

De esa última etapa hizo, entre otras delicias, “Los locos de la manivela” (homenaje a los pioneros del cine), “Tijeretazos”, (uno de los mejores ejemplos del hedonismo en el cine), “Mi dulce pueblito”, “Aquellos buenos, viejos tiempos”, las tres de nuevo con Hrubal, la versión Vaclav Havel de “La ópera del mendigo”, cortos, documentales, la exquisita e incisiva –y también crítica, y erótica- “Yo serví al rey de Inglaterra”, culminación de su obra, su estilo y su pensamiento, y último tributo al amigo, y una incursión en el cine digital, “Mujeriegos”, peripecias y mezquindades de una compañía de ópera que prepara el “Don Giovanni” de Mozart. Además, el estreno tardío pero lleno de premios de “Alondras en un hilo” en 1990, ya caído el comunismo, un proyecto inconcluso con Aída Bortnik, y en 2018 una de sus mejores actuaciones, la del viejo que quiere encontrar al asesino de sus padres en “El intérprete”, de Martin Sulik. Poco después de rodar esa película tuvo un ataque de meningitis, y nada volvió a ser lo mismo.

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