Las pinturas sobre tango de Daniel Kaplan emplazadas en uno de sus salones justifican
por sí solas la visita a un museo que alberga, entre otras joyas, 50 obras de arte contemporáneo
argentino.
El Museo Killka de Mendoza es el mejor ejemplo del esfuerzo en nuestro país. Su territorio es desértico y sólo cerca del cinco por ciento del mismo es hoy un paraíso, lleno de viñedos y frutales y gran producción. También en el arte se destacan. La saga de los maestros como Fader, De Lucía, Bravo, Ducmelic y Delhez es continuada por Bermúdez, Canner, Sarelli, Ercoli, Thorman y Testaseca entre otros.
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A 85 kilómetros de la ciudad de Mendoza se inauguró hace un año un museo que demandó cuatro millones de dólares y tiene una arquitectura extraordinaria debida a la genialidad de Eliana Bormida y Mario Yanzón, sin ninguna duda los mejores arquitectos de bodegas que hoy existen en el mundo. El creador del museo y de la Bodega Salentein, es Mijndert Pon, que vino de Holanda hace 25 años a pescar y hoy es uno de los principales productores agrícolas de nuestro país, que pasa la mitad del año entre nosotros.
En el ingreso se destaca la escultura en travertino de Fausto Canner, que nos recuerda el Chac mol de los aztecas, y el inolvidable Henri Moore, que está dentro de un piletón de agua, el recurso mas escaso y necesario en el mundo. También hay obras de Gamarra, uno de los grandes escultores contemporáneos.
Entramos al museo y nos deslumbra una gran obra de un seguidor del grupo COBRA, donde se lucieran los grandes artistas holandeses y nórdicos. La sigla corresponde a COpenhague, BRuselas, Amsterdam. Luego viene una cuidada selección del siglo XIX holandés, con un bellísimo Willem KoekKoek.
A continuación se puede ver la colección de 50 obras de arte contemporáneo argentino. Nos recibe con colores ecológicos y un bermellón pasional una obra de Nicolás García Uriburu, hermano de Sara, la galerista que asesoró la formación de esta colección. En ella se destacan una composición de Carlos Alonso, dos carbonillas sobre arpillera de Marcia Schwartz, un bellísimo acrílico de Rogelio Polesello, un decorativo trabajo del cordobésfrancés Antonio Seguí, tres característicos Gorriarena y un sutil y mágico trabajo de la cada vez mejor Josefina Robirosa.
En la siguiente sala se destacaun Torreta de 1998, unos increíbles grabados del mendocino Cristian Delhez, unas sutiles obras del cordobés Germán Wendel, y una talla en madera del gran escultor mendocino Ortiz.
Cada tres meses se realiza una exposición temporal con artistas de Cuyo. Ahora es de paisajes, con obras maestras como un impresionista Fidel de Lucía de la colección de la curadora del museo, Julieta Gargiulo, que nos acompañó en la recorrida. Unas nuevas obras de Antonio Sarelli, que nos recordaron al maravilloso belga René Magritte, unos paisajes plenos de misterio del sanjuanino Gómez Centurión, y unos cielos únicos e irrepetibles en los paisajes del joven Enrique Testaseca, que también trabaja en el museo.
Plenos de arte, fuimos al restaurante para ochenta comensales con una vista maravillosa y mucho confort. Vimos también un microcine de calidad internacional y un salón de fiestas para ciento veinte participantes, que tiene las dos pinturas sobre tango más bellas que hemos conocido. Realizadas por Daniel Kaplan, tienen un largo de 8 y 6 metros, y hacen vibrar con el 2 x 4, como le gustaba al Rey del Compás, el recordado Juan Darienzo. Las mismas fueron emplazadas hace menos de tres meses y justifican ellas solas el viaje de 90 minutos a la bodega Salentein y al museo. Pudimos disfrutar, además, de la visita guiada realizada por la conocedora hija de Sarelli. En una bella caminata se puede conocer la capilla con obras de la recordada Eliana Molinelli.
A 1100 metros de altura, uno se siente orgulloso de ser argentino y agradece la generosidad de este hombre que viene de los paises bajos a brindarnos la posibilidad de integrar la naturaleza y el arte. En suma, un museo emblemático en uno de los lugares mas bellos de la Argentina.
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