15 de septiembre 2008 - 00:00
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Irma Roy y Carolina Papaleo, después de una gira con 250
funciones en el interior, llegaron con «Flores de acero» a
Buenos Aires.
C.P.: Siempre nos llevamos bien y eso que, apenas terminé el colegio, elegí la misma profesión que mamá. Ella era una persona conocida y muy instalada en el medio y yo no era nadie; pero inclusive en aquella época, en la que nunca nos hubieran hecho una nota en conjunto, yo era una Heidi en el prado.
P.: Sin embargo, la prensa farandulera siempre la pintó como una chica difícil.
C.P.: Puede que haya sido un poco rebelde, como cualquier adolescente que trata de despegarsede sus padres, pero nunca necesité refugiarme en un grupo, ni me fui para el lado de las drogas.
Irma Roy: Ni siquiera iba a boliches. Muchas veces le insistí: «Tenés que salir más, ¿por qué no vas a bailar con tus amigas?»
C.P.: Yo fui a un colegio de mujeres, muy exigente, y nosotras éramos muy tranquilas, aprovechábamos los fines de semana para estudiar. A lo sumo íbamos al cine o tomábamos el té con masitas... Hacíamos cosas de viejas. Tal vez desilusione a muchos con esta imagen. Igualmente, era otra época; hoy los fines de semana sin alcohol son casi una obligación para los chicos. A esa realidad voy a tener que enfrentarme cuando mi hijo sea adolescente.
P.: «Flores de acero» rinde homenaje a la amistad femenina y también al vínculo madrehija.
C.P.: Sí, pero mi madre en la obra no es ella sino Nora Cárpena. Yo tengo a mi cargo el papel que hizo Julia Roberts en cine, una joven diabética que pese a las advertencias médicas decide ser madre. Es la historia más dramática de la obra, la que ayuda a motorizar la acción, porque sino ¿que harían seis personajes reunidos en una peluquería de pueblo?
P.: ¿Y a qué se debe que no hagan ustedes los papeles de madre e hija?
I. R.: A mí me gusta mucho más el personaje que me tocó. El mismo que hizo Shirley MacLaine, una loca de atar, malhumorada, histérica y malhablada, que en el fondo esconde una ternura infinita. Es la que rompe con las situaciones dramáticas. Me encanta hacer esta comedia, pero igual lloro en todas las funciones cuando estalla el conflicto, porque la que va a morir es Carolina. Aunque sea dentro de la ficción es una tragedia que me golpea.
P.: ¿Qué encontraron durante su gira, más allá del teatro?
I.R.: Vimos kilómetros y kilómetros de plantaciones de soja. ¡Me tiene harta la soja!
Creo que lo que más nos afectó fue ver tanta gente pobre en Santiago del Estero y Chaco. Yo ya conocía todos estos lugares porque había estado haciendo campaña política. Es, lamentablemente, el país que no miramos.
P.: ¿Pero fue dura la experiencia?
I.R.: Y... el interior es bravo. Los hoteles de los pueblos no tienen comodidades porque sólo están preparados para recibir viajantes y como son varones no necesitan de grandes comodidades.
C.P.: Cuando yo me enteré, en Mar del Plata, que íbamos hacer la gira me agarré del marco de la puerta y empecé a gritar: «¡Gira no, gira no!». Igual me sorprendí, porque algunos hoteles a los que fui con « Camino a la Meca» estaban hechos a nuevo. Incluso uno, al que yo dije que no iba, ahora me pareció el Hyatt.
Entrevista de Patricia Espinosa




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