13 de febrero 2001 - 00:00
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Jacques Morelembaum.
Periodista: ¿De qué se trata este proyecto del cuarteto?
Jacques Morelembaum: Es la consecuencia de muchos años de convivencia diaria con Tom Jobim y de una costumbre que se transformó en una necesidad vital de tocar su música. En realidad, actualmente, el cuarteto somos Paula Morelembaum en voz, el hijo de Tom, Paulo Jobim, en guitarra y yo en violoncello; evidentemente la matemática no es nuestro punto más fuerte, porque somos tres, nos llamamos cuarteto y en el escenario tocamos cinco personas, porque siempre tenemos un percusionista y un pianista invitados que en la Argentina serán Eduardo da Fonseca y Alfredo Cardim. Unos tres años antes de la muerte de Tom, empezamos a presentarnos como trío de guitarra, cello y voz, y después invitamos al hijo de Paulo, Daniel Jobim, para que tocara con nosotros, y allí se formó el cuarteto. Ahora Daniel ya no está porque resolvió irse a vivir a Nueva York y dedicarse a otras cosas. Hemos grabado un disco como cuarteto, con la colaboración del percusionista Marcelo Costa. Buscamos una visión muy intimista de la obra de Tom, que yo fui adquiriendo de tantos años de trabajar con él. Es una música muy importante en el escenario mundial; y queremos mostrar una versión fiel de su filosofía musical, lo más cercana posible a su pensamiento estético.
P.: ¿Cómo distribuye su tiempo para abarcar tantas actividades y tan distintas?
J.M.: El tiempo es un misterio que tengo que descifrar. En cuanto a la cabeza, tiene que ver con que me identifico con todos los estilos de música y con todos los artistas con los que colaboro. El ciento por ciento de las cosas que hago es con artistas que yo admiro mucho y con los que tengo una identificación muy grande. Eso me da un enorme placer, que es la condición número uno para mi realización personal. Por ese lado, es muy fácil hacer muchos trabajos. Al mismo tiempo, es un desafío que me atrae el de poderme ajustar estilísticamente a varios lenguajes musicales.
J.M.: Existe, claro. Aunque hace 20 o 30 años existía mucho más. Cuando yo comencé mi carrera, sentí bastante ese prejuicio. En cuanto a lo que usted dice, yo diría que «también» tengo una formación clásica porque desde niño vengo oyendo, escuchando y aprendiendo mucho de la música folklórica y del pop. Siempre procuré tener una visión lo más amplia posible de la música. No encuentro que la verdad esté en un único estilo. Todas las visiones musicales de cada cultura son importantes y tienen su razón de ser para su propio pueblo o para todo el mundo. Ese preconcepto existe en las cabezas limitadas, duras, cortas, sin apertura. Lo mismo en el campo de la música erudita, si usted analiza a los grandes compositores, como Stravinsky, Bartók o Brahms, verá que se interesaron por la música popular y fueron allí a buscar fuentes de inspiración. Cuando se habla de Brasil, el mayor compositor de música erudita, Heitor Villa-Lobos, trabajó mucho con la música popular de nuestro país. Y en la Argentina está el caso de Astor Piazzolla, que se inspiró en el tango y en el cancionero popular y al mismo tiempo, le dio un tratamiento que muchas veces es erudición pura. Creo que hay que procurar saber y aprender de todos los estilos de música y de ahí ir formando el propio estilo.
P.: ¿Cuál de todas sus actividades le gusta más?
J.M.: La que estoy haciendo en cada momento. Me sentiría muy frustrado si pudiera hacer solamente una cosa. Yo siempre tuve conciencia de que mi profesión sería la de músico. Pero me habitué a dedicarme a distintas actividades. Tengo un placer muy especial por tocar, por improvisar, por ejercer la actividad espontánea, por poderme comunicar en el momento en que la música aflora del espíritu. También me gusta mucho dirigir una orquesta y convertirla en un instrumento; hacer arreglos y poder tener la flexibilidad de olvidarme un poco de mi estilo personal y pensar en el artista para el que estoy trabajando. Todo me gusta por igual.
P.: Y como cellista, ¿qué compositores o qué conciertos disfruta especialmente de tocar?
J.M.: Hace mucho tiempo que llegué a la conclusión de que mi relación con el cello no sería la de un concertista. Ahora no me dedico a trabajar con un repertorio convencional. Mi relación con el instrumento sería más como músico improvisador, creador momentáneo. Eso me da la libertad de tener un lenguaje propio; eso es lo que busco: hablar a través del violoncello de una manera que sólo yo puedo hablar. No recuerdo cuándo fue la última vez que tomé una obra de Villa-Lobos, o de Bach, y me dediqué a estudiarla. Para tratar de responder a su pregunta, de todos modos, le diré que tengo muchos compositores que me dan mucho placer tocar, como los que le mencioné, o Brahms.
P.: ¿Cómo será su año de trabajo?
J.M.: Ahora tenemos este concierto en la Argentina que me da mucha alegría, porque es uno de los públicos que mayor placer me da, por su respeto, por su silencio, por su calor, por el cariño con que reciben la música. Estuve tres veces con Caetano y dos con Egberto Gismonti, y tengo un recuerdo fabuloso del público argentino. Volviendo a su pregunta, le cuento que con el cuarteto hicimos tres giras por Europa, tres por Estados Unidos; y es un trabajo que me da un enorme placer. Estuvimos también en culturas bien distantes, como Turquía, Eslovenia, Estonia. Después tenemos otros conciertos con el cuarteto. Acabé de grabar con Ryuichi Sakamoto, también con música de Jobim -un proyecto que surgió de él-, un disco que se va a editar en Japón; y seguramente después vendrán los conciertos de presentación. Muy probablemente, también continúe mi trabajo con Caetano, que está con su nuevo disco y muy pronto comenzará a presentarlo. Y también tengo la propuesta de hacer una gira con mi música por Europa. Será un año muy movido.




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