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Son fáciles de reconocer. Generalmente, las acompaña un marido de tamaño insignificante, dispuesto a saltar como gallito de pelea para imponer su voluntad, es decir, la de la patrona. Y encima, estas pobres mujeres tienen el apoyo de toda la parentela, en lo que sea. Para el caso, es decir, la comedia costumbrista que ahora vemos, el asunto es seleccionarle «una buena chica» al hijo treintañero, y apartarlo de su amante marroquí, mayor que él, divorciada y con hija. Esa mujer es muy apetecible pero no le conviene, dice toda la familia, e invade el departamento. ¿Hace falta decir que el infeliz arriesga terminar con una chica de esas que al segundo mes ya tienen para siempre cara de fastidio, y a los dos años ya tienen las caderas de la suegra (y a los veinte la espalda)? ¿Y que al infeliz del padre le ocurrió algo parecido cuando era joven?
La obra dice lo suyo apelando a un buen elenco, y a una estructura teatral, con dos actos de muchos figurantes, y entre medio dos figuras concentradas en un acto sexual bien animoso y bastante creíble. Llama la atención este detalle en el cine familiar israelí, pero también llama la atención el ritmo despacioso de la puesta. En esto, más que nada,
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