Para el
director, que
fue
diagnosticado
como HIV
positivo hace
16 años, las
campañas
oficiales son
ineficaces:
«No tienen
más que
ofrecer que
una foto
lastimera. Por
eso hice esta
comedia sin
filtros, sin
barreras y sin
correcciones».
Los viernes a las 21 y los sábados a las 23 se exhibe en el Teatro Payró «Una comedia bareback sobre el sida» dirigida por Diego Kogan y con dramaturgia de Patricia Zangaro. Fue idea del director crear una obra que rompiera el «paradigma sida» apelando al humor negro y a cierta incorrección política con el fin de habilitar nuevas preguntas y reflexiones sobre «un tema del que se habla mucho y se piensa muy poco». En la ficción, un grupo de afectados por el virus (Cristian Stevenot, Marcelo Balquinta, Silvina Alfie, Martín Papanicolau, Laura Fontenla y Constanza Viceconte). que viven en comunidad dentro de un búnker se preparan para atacar el Congreso de la Nación, en el momento en que se está discutiendo una ley que intenta normativizar las conductas de los enfermos de sida. Kogan (director de «Criminal», «Velada Vian» y «Las razones del bosque» entre otros trabajos) ideó una puesta intimista, para un máximo de 40 espectadores, en la que el público comparte el escenario con el elenco. La utilización de este espacio común intenta anular, al menos simbólicamente, la habitual discriminación entre sanos y enfermos. «Socialmente está todo muy separado, lo que está bien, lo que está mal, quienes son las víctimas, quienes son los pobrecitos enfermos. Por eso quise que el público estuviera muy cerca de los actores, aunque no participe de la acción», explica el director.
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Periodista: ¿Cómo se atrevió a ponerle humor a un tema tan delicado como el del sida?
Diego Kogan: Pensé en una comedia porque era lo más desafiante que podía hacer, por razones ideológicas y por mi propia experiencia de vida. El día que me enteré de que era hiv positivo, decidí que alguna vez haría una obra sobre el tema y hoy siento que la tragedia y el drama no tienen nada más que aportarle al tema. Las campañas oficiales resultaron de lo más ineficaces con sus slogans sin sentido. No tienen nada más para ofrecer que una foto lastimera. Por eso esta comedia «bareback», sin filtros, sin barreras, sin correcciones.
P.: ¿Qué es lo que se propone con esta obra?
D.K.: Poner en duda ciertas afirmaciones que se dicen tan taxativamente. Cuando pienso que hace 16 años una médica me dijo: «No te preocupes, ahora tenés una sobrevida de dos o tres años» no sé qué habría pasado conmigo si yo no hubiera puesto en duda aquel dictamen.
P.: ¿Investigó sobre el tema?
D.K.: Sí, a través de libros, charlas con algún médico y varias películas. Una de las que más me interesó fue «The other side of aids», de Robin Scovill, que se dio en el anterior BACIFI donde se denuncia la manipulación de información científica por parte de compañías farmacéuticas e importantes investigadores. Es un documental que le da la palabra a una serie de médicos, denominados disidentes, que tienen una mirada distinta sobre el tema. Igual yo no compro -ni quiero vender- ningún paquetito, ni el oficial, ni el extraoficial ni el alternativo.
P.: En su ensayo «La enfermedad y sus metáforas», Susan Sontag denunció los prejuiciosque rodean a ciertas enfermedades. Primero fue la tuberculosis en el siglo XIX, luego el cáncer y posteriormente el sida. A todas ellas se las interpretó como una suerte de castigo a una falta -o pecado- cometido por el propio enfermo.
D.K.: Es interesante poner estas cuestiones en juego y en crisis. Hay que tener mucho cuidado con esto de reglamentarlas conductas de los afectados como ocurre en esta comedia, porque se corre el riesgo de terminar penalizando el contagio de una persona a otra.
P.: La obra ataca muy duramente la postura de los laboratorios, pero hay que reconocer que gracias a los medicamentos hoy cualquier afectado de sida puede llevar una vida normal.
D.K.: Sí, eso ha mejorado mucho. Hace dieciseis años sólo había una droga, hoy debe haber unas treinta cuyas combinaciones han dado mejores resultados. Ahora se puede analizar el tema con otra tranquilidad. También es cierto que en mi caso, habiendo tomado drogas contra el virus durante diez años, ahora dejé de tomarlas. No por capricho, sino con la total anuencia del médico que me dijo: «vamos a ir viendo qué pasa» y siempre bajo su control. La ciencia médica ha ido cambiando sus ejes y sus dictámenes muchas veces. Y sería bueno que esto lo admitiéramos todos: los médicos, los infectados y los no infectados. Ya no se puede seguir victimizando a nadie.
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