El film contribuye un poco al tema de fondo, pero, ante todo (y sobre todo con algunos prolongados besuqueos en primer plano, y una sesión supuestamente destinada a probar el filo de un cuchillo), contribuye a afirmar socialmente cierta iconografía y ciertos gustos sectoriales, presenta en salas comerciales una versión nacional del mencionado «queer», y le da, precisamente, esperanzas comerciales al nuevo cine argentino, habitualmente tan ajeno a las delicias de las boleterías.
El problema es que, para el público común, todo esto le puede terminar pareciendo «maso», en el sentido de más o menos. Las escenas anunciadas para atraer su lado morboso resultan bastante livianas. Y el drama humano de un personaje desvalido con problemas familiares y afectivos, sueños de poeta, y una enfermedad entonces más grave que hoy, apenas vibra. En la elección artística de la directora, pesa demasiado la moda actual de desdramatizar las situaciones, y en consecuencia también las actuaciones, llevando todo a un mismo nivel de registro casi inexpresivo, como indiferente, donde parece que ya se da todo por sabido.
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