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7 de diciembre 2006 - 00:00

Versión libre de "Otelo" mejor ideada que resuelta

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En «Otelo, campeón mundial de la derrota», Alberto Ajaka convierte al personaje de Shakespeare en un boxeador, y aunque su puesta tiene buenas ideas, a la pieza le falta síntesis y definición.
«Otelo, campeón mundial de la derrota» versión libre de «Otelo» de W. Shakespeare. Dir.: A. Ajaka.Int. M. Villar, M. Verdinelli, N. Miloc, A. Ajaka, D. Gilman Calderón. Ilum.: C. Villalba. («Sportivo Teatral».)

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El director Alberto Ajaka, integrante del sólido elenco del último espectáculo de Ricardo Bartís, «De mal en peor», decidió transformar al Otelo de Shakespeare en un campeón de box que adolece de la misma incapacidad para refrenar sus pasiones. Como se recordará, el príncipe moro está orgulloso de sus éxitos militares al servicio del dux de Venecia, pero siente que su matrimonio interracial con Desdémona lo pone en peligro. Y de esta debilidad se aprovechará Yago para arrastrarlo al abismo con sus artes maquiavélicas.

El Otelo de Ajaka, al que todos llaman «el negro», es el típico boxeador de origen humilde que se vuelve rico y famoso en forma abrupta y sin posibilidad de adaptación. En uno y otro caso podría aplicarse la conocida sentencia de Oscar Wilde «cada hombre mata lo que más ama», agravada, si se quiere, por la incontrolable violencia de estos dos seres destinados a la autodestrucción.

Ajaka interpreta a un boxeador muy sexy que imita a Elvis Presley y goza de los amores de la rubia Desdémona sin dejar de seducir a los demás integrantes de su entorno, incluida Emilia (la esposa de Yago) hija de su antiguo entrenador. Cassio (un convincente trabajo de Nicolás Miloc) es el fiel manager de Otelo, en tanto que la nueva Desdémona ahora participa en producciones fotográficas de alto voltaje, canta en alemán a lo Marlene Dietrich y confunde la virilidad de su marido con la potencia de sus puños. El papel de Yago, en cambio, resulta confuso y ni la abundancia de citas culturales ni los permanente cambios de registro dramático ayudan a que la intriga cobre fuerza.

Los parlamentos extraídos del original terminan resultando mucho menos interesantes que la tragicomedia ideada por este novel director. Hay buenas ideas en su puesta, los personajes tienen atractivo y el público disfruta de varios gags que invitan a la risa. Pero la dramaturgia de este Otelo es muy débil y sus protagonistas oscilan entre el humor y el drama sin decidirse por ninguno. Sin embargo, la turbulenta relación que mantiene la pareja central recuerda inevitablemente a la de Carlos Monzón y la infortuanada modelo Alicia Muñiz. No es una cita más, sino un vago mensaje lanzado al mar.

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