11 de marzo 2008 - 00:00

Volvió danza "queer" con tres notables creaciones

Un pasaje de«Grandes amigos»,coreografiada porMayra Bonard, queevoca climas similaresa los de «Querelle» deFassbinder.
Un pasaje de «Grandes amigos», coreografiada por Mayra Bonard, que evoca climas similares a los de «Querelle» de Fassbinder.
«Queerdance». Obras de V. Pagola, M. Bonard y C. Casella. (Sala Batato Barea, del Centro Cultural Ricardo Rojas). Próximas funciones: 14 y 15/3.

«Queer», según el diccionario Collins, significa «raro, extraño, sospechoso, maricón». Cada una de estas acepciones aclara, de alguna manera, el contenido y la forma de las obras del tríptico «Queerdance» que acaba de reponerse inaugurando la temporada de danza del Centro Cultural Ricardo Rojas.

Las tres obras rozan esos conceptos y en algunos casos se transforman en la verdadera motivación de su creación. En «Discontinua», que abre el programa, se asiste a una experiencia rara pero fascinante a la vez. Un diálogo fluido entre la realidad del escenario -a la izquierda del espectador- y una pantalla de video -a la derecha- exhibe el accionar coreográfico y vocal de Valeria Pagola registrado puntualmente por la cámara de Nadia Zirulnikoff desde una perspectiva inquietante de escorzos y primeros planos.

  • Sensualidad

  • «Discontinua» es un largo dúo entre lo real y lo virtual que permanentemente roza la sensualidad que deviene del romance de la protagonista y la cámara en una aproximación fragmentaria que recompone trozos de imágenes para lograr una visión integradora del movimiento. Pagola y Zirulnikoff realizan un trabajo de comprensión absoluta para una aventura extravagante y atractiva.

    En «Grandes amigos», Mayra Bonard («El descueve») diseña una obra fuerte y extraña que narra, con atmósferas cercanas a «Querelle», de Fassbinder, una relación entre dos trabajadores del puerto que se sienten atraídos. El juego sexual se presenta como un regodeo en los objetos que manipulan y que los definen como hombres fuertes y excitados. En francés, fragmentos operísticos de Rimsky-Korsakov, una canción de Yoko Ono y varios fragmentos musicales ambientan una danza varonil y aguerrida. Diego Rosental y Maximiliano Michailovsky son excelentes ambos. La escenografía (Juan Echeverría), el vestuario (Teo Wainfred) y las luces (Marcelo Alvarez) crean para la obra un clima lúgubre y mórbido.

    En «Montecarlo», el director y coreógrafo Carlos Casella («El descueve», «Sucio») se interna en una trama dramática algo surrealista donde se incluye un monólogo de «Montecarlo» de Jean Cocteau y varias danzas que acercan a dos hombres y una mujer en un trío atípico al que se suma una cantante. En Casella se reconoce su habilidad para crear situaciones escénicas con una serie de elementos dispares y aparentemente discordantes.

    Hermético y disfuncional «Montecarlo» vale asimismo por sus intérpretes: Noelia Leoncio, Pablo Lugones, Nicolás Bolívar, Romina Vitale y Rodolfo Prante que hacen mucho por la eficacia de la obra, que desconcertará a más de un espectador. Sumamente interesante es la banda sonora que aglutina «El cisne» de Saint-Saens con temas de Pomada y Christian Basso, coherente con la obra espléndidamente iluminada por Gonzalo Córdoba.

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