13 de noviembre 2008 - 00:00

Volvió Meg Ryan con sonrisa de Guasón

Meg Ryan en «Elnuevo novio de mimamá», muy lejosde sus buenosviejos tiempos.
Meg Ryan en «El nuevo novio de mi mamá», muy lejos de sus buenos viejos tiempos.
«El nuevo novio de mi mamá» («My Mom's New Boyfriend», EE.UU., 2008; habl. en inglés). Dir.: G. Gallo. Int.: A. Banderas, M. Ryan, C. Hanks, S. Blair y otros.

Meg Ryan, dispuesta a reaparecer después de un período de casi cuatro años de inactividad (y varios kilogramos de botox que le congelaron la sonrisa), parece haber perdido, también, el olfato para elegir los proyectos cinematográficos que más le convienen. Este seguro que no.

Su partenaire ahora es Antonio Banderas, que pone el piloto automático para componer a un ladrón elegante y seductor, cuyo inglés con fuerte acento hispano fue, algunos años atrás, una commoditie de Hollywood para arrastrar mujeres a verlo. Pero, a diferencia de la intérprete de «Cuando Harry conoció a Sally» -y a juzgar por tantos de sus títulos en el cine americano- a Banderas nunca le preocupó demasiado qué papeles aceptar y cuáles rechazar.

«El nuevo novio de mi mamá», que en los EE.UU. no se atrevieron a estrenar en los cines (salió directamente a video) es una insulsa y previsible comedia romántica-policial, casi desprovista de humor y de «química» entre los protagonistas. Su módico argumento tiene que ver con la vergüenza que el hijo de la alocada Marty (Ryan) siente ante la conducta de su madre, quien después de perder muchos kilos (en las primeras escenas aparece artificialmente gorda a base de ropa) dedica su vida a acostarse con cualquiera aunque por otras razones, no es el único que se avergüenza.

Henry, el hijo en cuestión (interpretado por Colin Hanks, hijo en la vida real de Tom Hanks) es, además, agente del FBI, oficio que su madre le cuenta a cualquiera. También lo es su novia (Selma Blair), aunque ella parece más dispuesta a tolerar los enredos amorosos de su eventual suegra. Inclusive, cuando ella se compromete con Tommy (Banderas), ladrón internacional de guante blanco, que ahora planea robar un Bernini de un museo de Shreveport, Louisiana.

Avanzar más en el argumento supondría terminar de quitarle lo poco de intriga, por denominarla de algún modo, que pueda tener «El nuevo novio de mi mamá». Aunque, más allá de la cantada «sorpresa final», el libro tiene huecos tan grandes que sí constituyen auténticos interrogantes. Aunque el FBI no sea exactamente una organización piadosa, es bastante improbable que someta a uno de los suyos a escuchar clandestinamente los actos sexuales de su madre, por ejemplo. Debería haber muchos otros agentes capaces de esa tarea. Tampoco se entiende bien cómo un hijo tan celoso y cuidadoso de su madre desaparece un buen día por tres años, en una «misión secreta» y obviamente dentro del país, sin llamarla ni una sola vez por teléfono. La lista podría seguir largamente, pero no hace falta.

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