22 de febrero 2001 - 00:00

Wim Wenders filma bien, pero el argumento no tiene solución

Mel Gibson en el film.
Mel Gibson en el film.
Quién sabe, pudo ser una interesante comedia policial, o un buen relato semipoético, o cualquier otra cosa. En cierto modo, es casi cualquier cosa. Incluso, en partes, es una buena película, pero esto más bien gracias al oficio de Wim Wenders, que supo encontrarle la vuelta, y hacerla medianamente atractiva.

La historia gira en torno a los habitantes de un hotel en decadencia. Son, según se dice, pacientes externos de algún hospital psiquiátrico, que han perdido sus coberturas médicas, y ahora deambulan por ahí con los tornillos flojos. El más interesante es uno que se cree el quinto Beatle, viste y habla como un liverpoolense de los '60 (lindo trabajo del actor de carácter Peter Stormare), y, llegado el momento, es tan hábil y tramposo para los negocios como el primero.


Alucinados

Pero el protagonista es otro, un chico feliz de ser hiperkinéticamente estúpido, y enamorado de una muchachita muy linda y muy lúcida: ella sabe muy bien que con carné de insana puede vivir sin esfuerzo ni responsabilidades. Y el coprotagonista también es loco, sólo que pertenece al FBI, y debe investigar la sospechosa muerte del hijo de un magnate en ese hotel.

Mel Gibson
hace el personaje de policía con aplicado oficio, y con algunos aditamentos pintorescos: un arnés ortopédico, raras cicatrices en la espalda, y un celular modernísimo (lástima que los mensajes sean los de siempre: una novia demandante, superiores escépticos, y un cliente que siempre cree tener la razón). Asimismo, Mel Gibson es coproductor de la película. Que se hizo por inspiración del rockero Bono y el libretista Nicholas Klein, autor de un guión que promete un tono lunático bastante original, pero, desgraciadamente, también está mal atornillado, y sin gracia.

Es probable que Wim Wenders nunca haya advertido esos defectos. Germánicamente enamorado de las figuras y las arquitecturas norteamericanas, y envuelto en el placer del cine por el cine, vio en esa historia la oportunidad de aplicar sus habituales toques de estilo, y quedó contento. Sólo que el público no queda tan contento, aun cuando aprecie debidamente, por ejemplo, un par de tomas de grandes edificios, o un juego de palabras armado con títulos de canciones.

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