La idea de una Policía sin armas, que se intentó estrenar la semana pasada en los alrededores de la Legislatura porteña, y terminaría con la salida del ex jefe de la Federal, plasmó sin embargo dos proyectos para instalar en la Capital Federal una Policía desarmada, pero no tanto.
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Por un lado, el legislador Jorge Enríquez y el bloque Nogaró que integra, terminaba ayer un borrador de ley de creación de una policía con poco armamento. Más audaz, Juan Carlos López, secretario de Seguridad y Justicia de la Capital Federal, estudia modernas armas «no letales» que provocarían, dice, la dispersión de manifestantes con pinturas, pimienta o polvo metálico (en caso que le fuera transferida la Policía a la Capital).
Ese armamento tiene diferentes versiones, como por ejemplo una pistola que deja una marca de pintura indeleble sobre la parte del cuerpo que se ha transformado en blanco, una marca que perdura, casi imposible de lavar, aunque llegado el momento podría optarse por utilizar una tinta sensible al jabón. Un trato a los piqueteros digno de nueve de cada diez estrellas de cine.
Otra variante que se estudia es disparos a pimienta, algo tecnológicamente más avanzado que los aerosoles de ese mismo condimento que recomiendan algunas empresas de seguridad privada para inmovilizar a un agresor dentro de un boliche bailable rociándole los ojos. Las armas de las cuales se habla en cambio harían picar mucho más. Existen tipo escopetas, armas largas, de poliuretano, que llevan junto al cañón una garrafita que permite 300 cargas de aire comprimido, pero que tiene una ranura para enganchar en los fusiles, de modo de tener al mismo tiempo un arma letal y otra no letal que «se usa mucho en el mundo desarrollado para darle a la Policía elementos contundentes», explica López. El funcionario también describe que las armas a pimienta «arden hasta el último de los días» y considera «demasiado potentes» las que disparan polvo metálico.
En los anaqueles internacionales, que miran los funcionarios porteños también hay «derivados eléctricos». Están los viejos bastones que poco duraron en los penitenciarios bonaerenses en su momento.
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