En las universidades argentinas la única preocupación es cumplir sin criterio normas de edad sancionadas hace décadas, cuando la expectativa de vida era muy baja y sin mecanismos para reconocer las condiciones de cada individuo para encarar la vejez. Ese argentinismo de sancionar la decrepitud a los 65 años, además de ser caro para el país que pagó que una personalidad alcanzase la edad de la sabiduría, es por lo demás de muy difícil solución. Toda vez que se ha discutido elevar la edad de retiro algunos gremios, entre ellos el de los docentes, han puesto el grito en cielo.
Dejá tu comentario