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11 de octubre 2006 - 00:00

"Kimlandia", el reino de las extravagancias

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Tokio - Las biografías sobre el «querido líder» Kim Jong Il se centran en su pasión por el alcohol, la obsesión por el cine que lo llevó a ordenar el secuestro de su actriz favorita en Hong Kong o los complejos que le hacen calzar plataformas y hacerse la permanente para parecer más alto. Unos autores aseguran que está desequilibrado, otros que es un déspota sin escrúpulos y la mayoría que gasta los recursos del país en buen vino y fiestas.

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Ninguno, sin embargo, pone en duda la habilidad política de un dictador que ha superado una crisis tras otra hasta terminar desesperando a sus principales enemigos.

La prueba nuclear del lunes es la respuesta de Kim a su inclusión en el «eje del mal» de EE.UU., la política de guerra preventiva de Washington y una guerra de Irak que le abrió los ojos. La toma de Bagdad y la caída de Saddam Hussein convencieron al «Sol Invencible» de que sólo podría dormir tranquilo cuando tuviera armas de destrucción masiva. Más allá de consideraciones geopolíticas o estrategias, la suya ha sido una apuesta por la supervivencia personal y de su régimen. Su cálculo es hoy parte del manual de los dictadores de todo el mundo: EE.UU. nunca habría invadido Irak si hubiera tenido la certeza de que disponía de bombas nucleares.

La propaganda norcoreana asegura que el nacimiento de Kim (Siberia, 1941) fue recibido con la aparición de un doble arco iris y una estrella fugaz sobre los cielos del «paraíso marxista». La vida del líder ha sido creada desde su nacimiento en base a las más increíbles fantasías en un intento de garantizar su sucesión al frente de la única dinastía comunista hereditaria del mundo. El momento le llegó finalmente en 1994, tras la muerte de su padre y fundador de Corea del Norte, Kim Il Sung.

EE.UU. y Corea del Sur auguraron desde el primer día la pronta caída del «querido líder», sólo para ver cómo Kim hijo desafiaba las sanciones, el aislamiento internacional o las hambrunas de su pueblo. El dirigente norcoreano ha sabido jugar la polémica nuclear desde la época en la que lidiaba con Bill Clinton, negociando cuando la situación lo requería y distanciándose cuando lo necesitaba. Su premio, más de una década después, ha sido una entrada sin invitación en el club de las potencias nucleares. El primero en pagar el peaje será, seguramente, un pueblo que vive bajo una represión surrealista y que se enfrenta al fortalecimiento interno del hombre que ha convertido un país de 23 millones de personas en una inmensa cárcel: nadie puede entrar o salir de Corea del Norte sin su autorización. Los ciudadanos norcoreanos deben llevar un pin en la solapa con la imagen de uno de los dos Kim, padre o hijo; Internet o los faxes están prohibidos para la población; más de 100.000 personas viven en campos de trabajos forzados por oponerse al gobierno...

Durante la visita de este corresponsal a Corea del Norte, en 2002, la principal autopista del país, de cerca de 150 kilómetros, podía recorrerse sin encontrar ningún otro vehículo en el camino. Altavoces apostados en todos los barrios de las ciudades y pueblos despertaban a la población al amanecer con cánticos revolucionarios que clamaban «¡La revolución es un deber diario!» y pedían «larga vida al 'Sol Invencible'».

El calendario nacional en "Kimlandia" establece que actualmente estamos en el año 96 (se empezó de cero haciéndolo coincidir con el nacimiento del «gran líder», Kim padre).

Oficialmente, el jefe de Estado sigue siendo Kim Il Sung, a pesar de que lleva muerto 12 años y su cuerpo yace embalsamado en palacio.

Corea del Norte es, en el siglo XXI, un país congelado en el tiempo, mezcla de la China de Mao y la Unión Soviética de Stalin. El final del comunismo en ambos países ha llevado a su líder a describirse a sí mismo como el último defensor del marxismo. Una larga batalla por delante en la que, a partir de ahora, contará con la ayuda de bombas atómicas.

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