Washington - «Yo no lo elogié, yo sólo describí.» El lunes a las 21.45, con la estrella de la CNN Larry King, Bob Woodward tenía que detener a veces sus críticas a la Administración Bush para defenderse con esas palabras de lo que muchos -incluyendo su habitualmente cordial entrevistador- consideran un inexplicable cambio de traje.
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O el final de una hermosa amistad, de un romance que comenzó en noviembre de 2002, cuando Woodward publicó «Bush en guerra», el relato de la guerra de Afganistán desde el punto de vista de la Administración. Que continuó, aunque un poco más frío, con «Plan de ataque», la descripción de cómo se preparó la Guerra de Irak. Y que ha explotado con «State of Denial» (Estado de Negación), último libro del periodista.
Woodward dice que él sólo describió. Pero sus descripciones no podrían ser más diferentes. En «Bush en guerra», el presidente es un líder decidido y dispuesto a todo, que quiere que le traigan la cabeza de Bin Laden «en una caja». El secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, es un hombre tan comprometido con sus ideas que en 1972 estuvo a punto de dimitir como embajador de EE.UU. ante la OTAN para ir a Washington a defender personalmente a su jefe, Richard Nixon, en el escándalo Watergate (destapado por Woodward junto con su colega Carl Bernstein).
Cuatro años después, la Administración de Bush es «una corte real». El presidente vive en una burbuja que al día de ayer había costado la vida a 2.710 soldados estadounidenses en Irak. Y lo que antes eran reuniones perfectamente coordinadas para decidir el futuro de la humanidad, ahora son «concursos a ver quién grita más».
Rentable
¿Cuál de las dos versiones es la verdadera? Tal vez ambas. Por un lado, Woodward sabe que, dada la crisis de popularidad de Bush, ahora es mucho más rentable criticarlo. Pero, además, está el estilo del autor. Woodward es la quintaesencia de periodista que, a cambio de acceso, se convierte en la correa de transmisión de éstas.
En el pasado, Woodward fue el portavoz oficioso y el hagiógrafo oficial de, entre otros, Alan Greenspan (Maestro), Colin Powell (Los Comandantes) y de Bill Clinton (The Agenda).
Esa dependencia de las fuentes queda disimulada dando todo lujo de detalles, que hacen que el lector se imagine que Woodward estaba realmente allí, pese a que sólo estaba transcribiendo lo que alguien le ha contado. Así es como el periodista conservador Christopher Hitchens lo ha calificado de «taquígrafo de los poderosos».
Y en «State of Denial», la mayor parte de los informantes de Woodward están ahora fuera de la Casa Blanca, o del círculo de poder del presidente. Woodward ha admitido que una de las personas con las que ha hablado para escribir el libro es John Murtha, un congresista demócrata que no sólo lidera la oposición a la Guerra de Irak, sino que está en plena campaña para tratar de convertirse en el jefe de los demócratas de la Cámara de Representantes. Otra fuente es el ex general Jay Garner, que estuvo apenas tres semanas al frente de la reconstrucción de Irak, hasta que la Casa Blanca lo sustituyó por Paul Bremer. Lógicamente, Murtha y Garner están en total desacuerdo con la política de Bush para Irak.
Otras posibles fuentes de Woodward en el libro, identificadas por «The New York Times», son ex colaboradores de Bush, como Andrew Card, que dimitió del cargo de jefe de gabinete del presidente hace seis meses, después de un feroz enfrentamiento con Rumsfeld. O George Tenet, que fue sacrificado como director de la CIA en julio de 2004 por el desastre de Irak. O Brent Scowcroft, el ex consejero de Seguridad Nacional de Bush padre y portavoz oficioso de éste cada vez que el patriarca del clan quiere explicar a su hijo que no está de acuerdo en nada de lo que él hace.
O finalmente, Richard Armitage, la mano derecha de Colin Powell, que perdió su cargo de número dos de la diplomacia hace dos años, cuando su jefe fue defenestrado por Rumsfeld y Cheney. Tal vez la caída en desgracia de esas fuentes y la de la popularidad de Bush expliquen el cambio de traje de Bob Woodward.
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