En los ‘70 el joven periodista Juan Carlos Kreimer se volvió best seller con “Punk, la muerte joven” y un referente de la “contracultura”, a partir de ahí publicó libros y ensayos, fue editor de la revista “Uno mismo” y de la colección “Libros para principiantes”. Ahora publica “Búzios era un hospital de tránsito” (Seix Barral) que hoy a las 19 hs presentará, junto a Pipo Lernoud -otro histórico referente de la diáspora artístico-cultural que se vivió entre l975 y 1983- en Eterna Cadencia, Honduras 5574.
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Kreimer: “Escribir me ha llevado a ser quien soy”
Fue editor de la revista “Uno mismo” y de la colección “Libros para principiantes”. Presenta hoy su libro en Eterna Cadencia.
Periodista: ¿Por qué sus novelas son diarios íntimos?
Juan Carlos Kreimer: Porque salen de ahí. Llevo mis diarios desde los años ’60, cuando empecé a colaborar en la revista Eco Contemporáneo, que dirigían Miguel Grinberg y Antonio Dal Masetto con el apoyo de Cortázar, Henry Miller y Thomas Merton, entre otros. Por ese tiempo empecé a trabajar en el diario La Opinión, y, acaso por lo que comentaban a mi alrededor, me dieron ganas de conocer Europa. En la redacción se lo comenté a Kive Staiff y me dijo: te va a venir bien porque te va a servir y, sobre todo, por los tiempos que se vienen acá. Por ese tiempo me habían detenido por llevar el pelo largo. Viajé a París y ahí conocí a Guy Debord y a los situacionistas, a Alexander Trocchi del clan de Allen Ginsberg y William Burruoughs, y a muchos que estaban entre el inconformismo y la decepción. Me fui a Londres acompañando a una chica que no sabía inglés, y me quedé. Trabajé de lavacopas y de acomodador en un teatro, y en los ratos libres escribía. Cuando terminé “De ninguna parte”, una novela, se la presenté a una editora. Me dijo, meneando la cabeza: otra novela de un extranjero en Londres, ¡no! Después Esther Tusquets, la dueña de Bruguera, que no sé cómo había leído “esa novelita del beatnik argentino que es una porquería” le interesó que escribiera sobre “esa gente joven escandalosa y rara que sale en eso que escribió”. Así fue como escribí “Punk, la muerte joven” que me cambió la vida.
P.: ¿Hubo otros libros antes?
J.C.K.: Entré en el mundo de la escritura traduciendo poemas y textos de los beatniks, después me interesé por los hippies y el rock. Mi primer libro fue “Beatles and Co.”, y mi primera novela “Con el sol al cuello”, una road movie a lo Kerouac en una Honda 50 por la ruta 11. Cuando la leí en la prueba de páginas, no me gustó nada, y la quemé. Miguel Briante, que me había conseguido el editor, me quería matar: sonaste, nunca vas a escribir nada con esa frescura. La segunda fue “La liebre y la tortuga”, y la tercera “De ninguna parte” que estuvo perdida hasta que una amiga que ahora vive en Australia la encontró y me la devolvió. Cuando se enteraron unos editores independientes quisieron editarla por el éxito del libro sobre el punk. Se agotó acá, y después apareció también en Barcelona, Colombia, Chile, siempre en editoriales pequeñas, y ahora vuelve a reaparecer. Luego están mis otras novelas: “Todos lo sabíamos”, “el río y el mar”, “Quién lo hará posible”, y ahora “Buzios era un hospital de tránsito” que sigue y suma “De ninguna parte”.
P.: ¿Por qué une dos lugares que fueron meta de la bohemia argentina?
J.C.K.: Porque para mí Londres y Buzios marcaron el cierre de una época, la de las utopías, el rock, el pop, el paz y amor, y el reviente, como se decía entonces. En Londres me interesaba contar mi soledad, el estar perdido, pero sin decirlo sino dejando que surgiera del texto. Pensé en contar desde un personaje, pero para qué si yo lo viví; además desde ahí podía hacer reflexiones más profundas, sin la trampa de atribuírselas a otro. Buzios fue la contraparte. Ahí me di cuenta que la armonía y la belleza externa no alcanzaban para cubrir los problemas interiores. Ahí tenía todo, todo era tan paradisíaco que se sentía la obligación de estar bien, y no era así, había algo en que no se era feliz. Un día de un gris tan envolvente que parecía sin horizonte ni fronteras, iba caminando por la playa y de pronto sentí que yo me estaba mirando desde arriba y me decía que no estaba gozando de lo aprendido. Fue el impulso. Lo pendiente se hizo presente.
P.: ¿Ahí comienza su etapa de editor?
J.C.K.: Volví a Buenos Aires y busqué desplegarme como editor. Fundé y dirigí la revista “Uno mismo”. Reuní a gente que estaba trabajando en el mismo sentido. Hasta 1995, fueron muchos años. Decidí cambiar y compré los derechos de la colección inglesa “Books for beginners” y comencé a publicar la serie “Libros para principiantes”. Hice 140 libros y hubo 30 que salieron primero acá y luego en inglés, en la editorial británica.
P.: Lo que en “De ninguna parte” y “Buzios era un hospital de tránsito” es relato, ¿en otros libros es especulación ensayística?
J.C.K.: En “Prosa caníbal”, en “Bici Zen”, en “El Artista como buscador espiritual”. Tuve la suerte de tener en diarios y revistas compañeros que eran grandes escritores y fueron mis maestros sin proponérselo: Tomas Eloy Martínez, Olga Orozco, Pedro Orgambide, Ernesto Schoo, entre otros. Tuve con ellos una conexión espiritual atea que es una instancia superior de la mente que se hace presente al escribir una novela, un poema o pintar un cuadro.
P.: ¿Qué fue de la rebeldía de los punk y compañía?
J.C.K.: Era algo muy genuino que fue cooptado por el sistema. Lo que estaba mal pasó a ser utilizado por la publicidad y después por la derecha. Hoy la nueva rebeldía es ser pensante, idealista, solidario. Volvimos a valorar el existencialismo, “El hombre rebelde” de Camus, el humanismo, el pensamiento crítico, y a recordar con nostalgia el gran cine de la Nouvelle Vague, de los grandes directores de aquellos tiempos.


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