29 de julio 2022 - 00:00

“Las manos sucias”, o del traidor y el héroe mutables

Lúcida y original puesta de Eva Halac del drama de Jean Paul Sartre, que regresa al Teatro San Martín tras varias décadas de ausencia.

Las manos sucias. Daniel Hendler (Hoederer) y Flor Torrente (Jessica).

Las manos sucias. Daniel Hendler (Hoederer) y Flor Torrente (Jessica).

Con una lúcida, original puesta de Eva Halac, “Las manos sucias” de Jean Paul Sartre, en traducción de su padre, Ricardo Halac, volvió a representarse en el país después de faltar décadas de la cartelera. Estrenada en 1948, tres años después de la guerra, el drama siempre estuvo sujeto a interpretaciones encontradas, al punto de que algunas compañías subrayaron un cariz antisoviético, cosa que disgustó a Sartre. En la Argentina, como director e intérprete, la estrenó Narciso Ibáñez Menta (1955), un año antes de que el propio autor introdujera algunas modificaciones y delegara en las filiales del Partido Comunista de cada país la potestad de autorizar o no la versión. “Fue por lo que ocurrió en Hungría”, cuentan que le dijo en broma Alfredo Alcón a Ibáñez Menta “y no por tu versión”. En la segunda temporada, y después de la luz verde del PC local, Alcón se incorporó al elenco en el papel protagónico de Hugo Barine, el joven idealista, burgués, que ingresa en el Partido como reacción a su origen y por su deseo de llevar a cabo una “acción directa”.

“Las manos sucias” está inseparablemente ligada a la filosofía existencialista que profesó su autor, para quien el sujeto está constituido por su conciencia y libertad. En algún momento de la obra, Hugo expresa, casi a la manera hamletiana, que “se es o no se es”: que los muertos, indudablemente, son muertos, pero que los vivos pueden estar representando lo que creen ser; hasta el acto de apretar un gatillo y matar a alguien puede ser pura comedia: “Un asesino nunca es un asesino cabal”, dice Hugo.”Representa. En cambio un muerto es un muerto de verdad. Ser o no ser. No hay nada que pueda ser yo sino un muerto con seis pies de tierra encima. El resto es comedia”.

Este es uno de los aspectos que privilegia Halac: en varias escenas, el mismo Hall del Teatro San Martín se reproduce abismalmente, en espejo, de la misma forma como el vestuario de Jessica, la esposa de Hugo, es transportado en cajas en las que se lee claramente “Las manos sucias - Teatro San Martín”. Se trata de una representación de actores que están representando personajes que, a su vez, sostienen que son personajes en un engranaje político que puede cambiar radicalmente por obra de las circunstancias, y que quien hoy es traidor mañana puede ser un héroe a quien se le levanten estatuas en parques y paseos.

La obra, pues, se ocupa del tema del traidor y del héroe, sintetizados en la persona de Hoederer, el jerarca del Partido, contraparte de Hugo, el anarquista burgués, puro, de manos siempre limpias, incapaz de comprender el engranaje, y a quien los enemigos internos de Hoederer, como al Benjamín Otálora de “El muerto” de Borges, ya daban por muerto antes de encomendarle la misión de matarlo. “Otálora no sabe de qué lado está la razón, pero lo atrae el puro sabor del peligro”, escribe Borges, y con el Hugo Barine de Sartre ocurre lo mismo: se infiltra en la residencia de Hoederer, en la que va a trabajar como su secretario, y lleva consigo un revólver y una orden. Le han dicho que Hoederer traicionó al partido porque se propone formar una alianza con el Grupo de los Cinco, burgueses liberales, y con el hijo del Regente (la acción transcurre en el imaginario país de Iliria). Pero esa “acción directa” nunca llega. ¿Y si Hoederer tuviera razón? Evitar esa alianza circunstancial, le explica, ahora que los nazis están perdiendo la guerra, podría desembocar en una masacre feroz del ejército rojo, y el Partido tiene escasos adherentes hasta entre los campesinos. La lucidez de Hoederer golpea la conciencia de Hugo, pero el reloj corre en su contra: quienes lo enviaron ya lo consideran un traidor, y él quiere ser un héroe.

Halac ha aprovechado el inmenso escenario de la sala Casacuberta (utiliza, funcionalmente, el proscenio levadizo para establecer allí la oficina de Hoederer), y la escenografía de Micaela Sleigh, también responsable del vestuario, proporciona fondos a veces fantasmales que se combinan con la mencionada reproducción del hall del Teatro. La estructura original de la obra, en siete cuadros, reconoce un perfil cinematográfico ya que el primer y último cuadro corresponden al presente, y del segundo al sexto los flashback con lo ocurrido antes. El paso del tiempo entre una instancia y otra permite que haya dos actores distintos en el papel de Hugo: Guido Botto Fiora, el del pasado (y de mayor lucimiento), y León Ramiro Delgado, el actual. Daniel Hendler, como Hoederer, se lleva los lauros (favorecido por lo rico del papel). Son buenas la Jessica de Flor Torrente y la Olga de María Zubiri, al igual que el Karsky de Guillermo Aragonés y el Príncipe de Juan Pablo Galimberti. La música, sugerente, ominosa por momentos, de Gustavo García Mendy, le da el toque de lujo a la puesta.

“Las manos sucias”, de Jean Paul Sartre. Dir.: E. Halac. Int.: D, Hendler, G. Botto Fiora, F. Torrente (Teatro San Martín, Sala Casacuberta).

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