21 de febrero 2023 - 00:00

“Los niños mienten para mantener su inocencia”

Diálogo con Sebastián Basualdo sobre su última novela, una parábola de la niñez amenazada por el mundo de los adultos y por los años de lo digital.

sebastián basualdo. Presentó su novela “Todos los niños mienten”
sebastián basualdo. Presentó su novela “Todos los niños mienten”

Sebastián Basualdo acaba de publicar “Todos los niños mienten” (Emecé), novela que para la escritora Sylvia Iparraguirre representa “la entrega apasionada de un chico al círculo mágico de la amistad cuando su inocencia empieza a ser corroída por la mirada adulta”. Basualdo es autor de “La mujer que me llora por dentro”, “Mañana solo habrá pasado” y “Cuando te vi caer”. Dialogamos con él.

Periodista: ¿El mundo digital ha adelantado el fin de la infancia?

Sebastián Basualdo: Hay un cambio que lo ubica en otro lugar. En “Todos los niños mienten” es la mirada de un adulto lo que hace salir a los chicos de la novela del mundo del juego, de la ficción. Como dice Lautaro, el protagonista, mientras escapa corriendo, dejando atrás la infancia de un salto. No sé si ha apresurado el fin de la infancia, lo cierto es que los niños y niñas de hoy, en las ciudades, se han convertido sobre todo en espectadores de experiencia ajenas. Eso se debe a que en el mundo digital lo fundamental resulta ser espectador de lo que otro vive. Antes, a la inversa, los chicos construían su universo lúdico, su propio juego, desarrollaba experiencias jugando con otros no con una pantalla. Creo que eso posibilitaba una forma distinta de acceso al conocimiento. Lautaro, de 9, Speedy, de 10, y Roitter, de 12, hacen propia una serie policial que ven por televisión, la cambian, la imitan, la actúan, hacen con los dedos un revólver, salen a cazar fantasmas con walkie-tallkies de plástico. Juegan hablando con el tú como en la serie que ven, con el lenguaje neutro de la televisión, pareo para construir la propia aventura. Con las nuevas tecnologías los chicos entran en otra forma de juego, en un nivel de información que muchas veces no se pueden controlar, aunque se quiera. Ven cosas que acaso no deberían ver. En ese nivel de tanta información es posible que se reduzca el universo lúdico y la inocencia.

P.: ¿Por qué su novela transcurre en los 80, los años de Menem, Italpark, Pumpernik y los playmobil?

S.B.: Un mundo jurásico, que no existe más, donde no todas las casas tenían teléfono, donde la televisión tenía unos poquitos canales. Esta serie de novelas se ha ido convirtiendo en una saga hasta cierto punto autobiográfica, y en los años 80 transcurrió mi infancia. Quería rescatar ese mundo que conocí. No desde la idealización de la nostalgia sino para mostrar cómo funcionaba en esa época, en esa etapa el mundo un niño, visto desde hoy por momentos pareciera que se estuviera hablando de la prehistoria.

P.: “Todos los niños mienten” regresa a tu novela “Cuando te vi caer” donde Lautaro, con 15 años, tiene como modelo a un combatiente de Malvinas.

S.B.: Cuando uno escribe siempre le quedan cosas por decir y contar. “Todos los niños mienten”, que es una historia en sí misma, puede verse como una precuela parte de un proyecto que describa el mundo de Lautaro. La admiración de Lautaro por el combatiente de Malvinas, de la novela anterior, es que es la pareja de Cora, su madre, muestra la necesidad de un padre en Lautaro, algo fundamental para su desarrollo. Esa relación me permite mostrar de dónde surge la sensibilidad que ya tenía Lautaro para el juego, las emociones, el coraje. Sentía que quería contar la vida de un chico que está solo, sin padre y su madre trabaja, y se aferra a sus amigos del barrio.

P.: ¿Roitter, el más grande, que inventa historias de terror y policiales, hace de padre de los otros chicos?

S.B.: Se ubica en el lugar de la experiencia y la admiración, pero no en el de padre, que es un lugar que habilita la madre. La relación con el padre siempre está atravesada por la experiencia vital, por el recuerdo acumulado. La palabra padre me lleva a institución, a embajada de la autoridad, a la “Carta al padre” de Kafka. En mi barrio se hablaba de “el viejo” o papá. El viejo era la voz de la experiencia, el que señala lo que es deseable, ganar dinero, ser famoso. Hoy pareciera que los chicos pueden prescindir de la experiencia vital del padre en el traslado de conocimientos porque los pueden encontrar entre los pares que ve en el celular o en Google.

P.: ¿Cómo surge el padre de Lautaro, Roberto Nogán, “el Bulldog”, alguien casi ausente?

S.B.: Sale de mis vivencias. Yo no supe quién era mi padre y me lo inventé para sostenerme. Nunca le conocí amigos a mi padre, no supe donde vivía, algunas salidas, una carta desde lejos. Entonces, en algún momento, cuando uno trata de recuperar su imagen no sabe dónde está confundiendo realidad con la fantasía. Pensar en todo lo que pasó me hizo aparecer las historias que voy contando.

P.: ¿Por qué dice que “todos los niños mienten”?

S.B.: Porque quieren seguir sosteniendo la inocencia. Es una especie de resistencia a romper eso como si instintivamente supieran que es lo más sagrado que tienen. Eso no es un axioma teórico, sociológico o antropológico, sino que remite a la mentira como ficción, como juego. El juego es mentira para la mirada del adulto no para el chico. En Lautaro el juego es su forma de acceder al conocimiento, a la fantasía, al amor, a la sexualidad. Cuando Lautaro está explorando su cuerpo, la mirada adulta le dice eso no se hace, y el pibe no entiende porque está mal.

P.: ¿En qué está ahora?

S.B.: En la tercera parte de este proyecto literario, que se va a cerrar con la novela “Que te arrepientas”, que tratará de Él Bulldog, Nogán, el padre de Lautaro, el protagonista de la trilogía. ¿Qué hace un hombre cuando no sabe cómo es su padre? Se lo inventa. Esa invención, necesaria para la construcción de la masculinidad, será el eje central de la novela a partir de la muerte de Él Bulldog. Ahora el que narra es más grande, es un hombre.

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