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19 de julio 2007 - 00:00

Bomberos, sin descanso en una "zona de guerra"

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San Pablo (EFE, AFP, Reuters, ANSA) - Humo negro seguía saliendo ayer del edificio que el martes sufrió el impacto del avión de TAM, donde los bomberos continuaban retirando sin descanso los cuerpos carbonizados, en medio de la desesperación y lágrimas de los allegados de las víctimas.

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«Se retiraron ciento setenta y cuatro cuerpos. Están totalmente carbonizados y sólo podrán ser identificados a través de análisis de ADN», declaró una funcionaria de Defensa Civil, Glaucia Silva. Una oficina del Instituto Médico Legal (IML) fue improvisada en el lugar. Todo el barrio está aislado «como medida preventiva», afirmó, ya que la estructura del edificio de carga perteneciente a TAM «podría derrumbarse en cualquier momento».

Piezas de hierro retorcido salían de la fachada ennegrecidadel edificio en forma de L, ante el cual se encontraban estacionados varios camiones de bomberos. Sobre el techo parcialmente destruido ondeaban dos banderas quemadas y despedazadas con el logotipo de la empresa.

Excavadoras mecánicas y grúas permitían a los efectivos retirar piezas como una turbina del avión, un Airbus A320, que realizaba el vuelo entre Porto Alegre y San Pablo, y bloques de cemento del edifico contra el que colisionó tras recorrer la pista, pasar la barrera de seguridad y atravesar una avenida paulista.

  • Restos carbonizados

  • Durante las operaciones, se vieron algunos bomberos recogiendo restos humanos totalmente carbonizados, aunque, por lo general, y tras las primeras imágenes de confusión,los equipos procuraron en todo momento cubrir a las víctimas con plásticos y ocultarlas de la vista de curiosos.

    Aún no se disponía de una cifra definitiva de víctimas, pero los bomberos y el presidente de TAM, Marco Antonio Bologna, confirmaron que no hay sobrevivientes entre los 186 ocupantes del avión. Sumadas las víctimas que estaban en tierra, el número de fallecidos podría llegar a 200. La morgue tuvo que solicitar unidades móviles de almacenamiento para guardar el gran número de cadáveres.

    Del otro lado de la avenida Washington Luiz, en un salón contiguo a la principal sala de embarque del aeropuerto de Congonhas, donde se levantó una habitación de ayuda psicológica, comenzaban a llegar los familiares de los 186 pasajeros. En su mayor parte eran parientes que viven en San Pablo.

    Una señora que ocultaba sus lágrimas detrás de anteojos negros, sostenida por un familiar, salió sin decir nada y desapareció entre la muchedumbre silenciosa. Detrás de ella, un joven de 25 años, también con lágrimas en el rostro, se excusó ante los periodistas: «No estoy en condiciones de decir nada. Perdónenme». A continuación, una mujer cuyos hijos estaban en el avión siniestrado estallaba en llanto al conocer el hecho.

    Entre los muertos figura una azafata de TAM, embarazada de cuatro meses, y que había ido a visitar a su madre en Porto Alegre, y un ingeniero que había anticipado su regreso a la casa, donde lo esperaban su mujer y sus hijos. Unos cuarenta allegados estaban por llegar desde Porto Alegre (sur), lugar de partida del vuelo del Airbus, en un avión puesto a disposición por TAM.

  • Balance

    Ayer a la tarde el balance oficial de víctimas fuera del avión ascendía a tres muertos, cinco desaparecidos y once heridos hospitalizados. «Era gente que pasaba (por el lugar), otros que estaban cargando combustible en la estación de servicio de al lado del edificio contra el que se estrelló el avión. Las llamas eran muy grandes, atizadas por un fuerte viento y los bomberos necesitaron tres horas y media para controlarlas antes de poder acercarse al aparato», dijo el doctor Douglas Ferrarri, presidente del Consejo de Terapia Intensiva, uno de los primeros en llegar al sitio.

    Una multitud de periodistas y curiosos circulaba por los alrededores del aeropuerto en medio del habitual estrépito de los aviones que habían vuelto a despegar y aterrizar después de que la terminal estuviera cerrada durante 12 horas.
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