Un grupo de
húngaros se
congrega
frente a una
estatua de
Joseph
Stalin
derribada
frente al
Teatro
Nacional de
Budapest, el
24 de
octubre de
1956. Toda
Europa
recuerda hoy
el levantamiento
que
puso en
jaque al
dominio
soviético.
Budapest - «De repente, empezaron a sonar disparos desde lo alto de los edificios. Estábamos desarmados y los cadáveres se amontonaban. Hubo mil muertos». El ex soldado Petik Miksa Joszef, de 72 años, se desabrocha con parsimonia la camisa y muestra las cicatrices de dos balazos recibidos en el costado hace ya 50 años. A su lado, un espontáneo limpia a conciencia la lápida que recuerda en la plaza Kossuth de Budapest aquella sangrienta jornada del 25 de octubre de 1956.
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«Eran avos (AVH, la temible policía política) y soldados rusos, y disparaban contra quienes pedíamos armas», añade Petik. Detrás ondea una raída bandera húngara con el hueco del escudo recortado: el emblema del levantamiento del 23 de octubre de 1956.
Una Forradalom (revolución) de apenas 15 días que significaría un antes y un después en el bloque de países satélites de la URSS y el fin de un mito para algunas cabezas pensantes de Occidente (Camus, Sartre...).
Todo arranca el 23 de octubre con una manifestación convocada por estudiantes de Budapest en solidaridad con el levantamiento polaco en Poznan. Sin consignas, los jóvenes recogen el testigo crítico de los intelectuales. La protesta crece y en pocas horas son ya cientos de miles. Entre la masa aparecen las primeras banderas con el escudo comunista recortado y los primeros gritos exigiendo independencia y democracia.
En la plaza Kossuth se reúnen 200.000 personas. Un segundo grupo acude a la plaza de los Desfiles, a la estatua de Stalin -una imagen fundida a partir de otras de antiguos reyes húngaros-, y la derriban ante la pasividad policial. Una tercera parte marcha a la sede de la radio donde pretende leer un comunicado para exigir la retirada soviética y elecciones libres.
Allí, los avos, sin esperar órdenes, disparan contra los manifestantes y causan numerosas víctimas. Ya de noche, los manifestantes se hacen con armas y toman el edificio. Ha estallado la insurrección armada.
Los antecedentes hay que buscarlos en la muerte de Stalin el 5 de marzo de 1953. Los dirigentes soviéticos caen en la cuenta de que el régimen puede sufrir una profunda crisis interna de no abandonar la brutal política ejercida hasta ese momento.
A mediados de 1953, Moscú reparte las nuevas consignas. Comienzan a extenderse las tesis a favor del policentrismo y Nikita Krushchev, en febrero de 1956, sienta las nuevas líneas ante el XX congreso del Partido Comunista de la URSS (PCUS). Pero las manifestaciones en Berlín Este acaban con un baño de sangre: 3.000 muertos y 25.000 detenciones.
Catástrofe
En Poznan (Polonia), en junio de 1956, Wladislaw Gomulka es capaz de hacer entender a Moscú que es posible un régimen comunista con una línea propia y evita la invasión en el último momento.
En Hungría, sin embargo, la catástrofe. A mediados de junio de 1953, Moscú obliga al pequeño Stalin magiar, Matyas Rakosi, a compartir el poder con Imre Nagy, nuevo primer ministro. Este comienza a aplicar un programa de reformas y a revisar los «excesos» estalinistas. Pero en 1954, Rakosi aprovecha un momento de «enfriamiento» en Moscú y lo destituye. Esos días nace el Círculo Petofi, foro de intelectuales que se convierte en ariete contra el partido y defensor a ultranza de Nagy. La sustitución en junio de Rakosi no alivia la tensión.
El 23 de octubre, los estudiantes plasman en la calle ese movimiento. De noche, a petición del partido, Nagy habla en la radio y pide a los «camaradas» que vuelvan a casa. De madrugada, por sorpresa, el partido lo nombra de nuevo primer ministro. Al día siguiente, los enfrentamientos se generalizan por la ciudad y 10.000 soldados soviéticos refuerzan a los avos.
Hasta la madrugada del 27 al 28, un indeciso Nagy navega entre dos aguas: trata de calmar al Kremlin mientras alaba a los combatientes. Esa noche, al fin, decreta un alto el fuego, y los «contrarrevolucionarios» pasan a ser un movimiento democrático nacional. Las tropas rusas son retiradas de Budapest, pero rodean la capital. Un día después, el primer ministro, consciente de que la invasión es inminente, anuncia la retirada del Pacto de Varsovia y pide ayuda a la ONU, que responde con el silencio. Radios clandestinas informan de la llegada de 200.000 soldados y 6.000 tanques rusos.
Las tropas entran en Budapest a sangre y fuego el día 4. La maquinaria bélica soviética es aplastante. El último foco de la capital es borrado del mapa el día 10. Las cifras hablan por sí solas: 3.000 muertos en combate, 350 ejecutados y 200.000 refugiados. Al más puro estilo estalinista, 26.000 húngaros serán procesados, 22.000 condenados y 13.000 enviados a campos de concentración.
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