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19 de noviembre 2007 - 00:00

Chávez, a la caza de enemigos, pero mira poco hacia EE.UU.

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Juan Carlos de Borbón
De repente, sin que se entienda bien cómo ni por qué, Juan Carlos de Borbón ha sustituido a George W. Bush como blanco favorito de las ofensivas verbales del presidente venezolano.

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Que Hugo Chávez tiene el insulto fácil es algo sabido. La lista es larga. Va de Miguel Angel Insulza -el chileno secretario general de la OEA, tratado de «pendejo»- al presidente de Perú, Alan García, un verdadero «cachorro» del «Imperio», pasando por un Senado brasileño lleno de «loros» al servicio de Washington. Pero las palmas se las llevó siempre el presidente estadounidense. El paroxismo llegó con aquel discurso en la Asamblea General de la ONU en setiembre de 2006, que quedará en la historia no por lo medular, sino por la alta proporción de insultos sobre el total de palabras: «diablo», « tirano», «mentiroso», etc., y aquella famosa referencia al olor a azufre...

Cada exabrupto chavista es siempre ampliamente festejado por un coro globofóbico latinoamericano y mundial que ahora con sorprendente facilidad adaptó sus voces al nuevo tono antiibérico del venezolano, elevando sus reproches hasta llegar a Fernando VII. La feligresía progresista parece ignorar que Juan Carlos de Borbón reina pero no gobierna, es un monarca constitucional, jefe de Estado de un país democrático, sin mencionar el importante papel que supo cumplir en la transición española.

Nada de eso frenó a Chávez: «Estoy sometiendo a una profunda revisión las relaciones políticas, diplomáticas y económicas con España; las empresas españolas van a tener que rendir más cuentas». La amenaza se hizo extensiva a países como Chile o El Salvador, cuyas relaciones con Venezuela también se «pueden alterar» por haber osado defender al rey. Fidel Castro también se congratuló por «la crítica de Chávez a Europa» como si el embargo comercial que pesa sobre la isla lo hubiese dictado Madrid o Bruselas y no Washington.

En un mundo tan interrelacionado como el de hoy, difícilmente algún país tenga destino aisladamente, mal que les pese a los asiduos del Foro de San Pablo. Una regla elemental para los países en desarrollo indicaría que, a mayor cantidad de socios comerciales y mayor diversidad en el origen de las inversiones, mayor capacidad de maniobra y menor dependencia.

  • Empeño sorprendente

    Por eso sorprende el empeño de Castro y Chávez en ganar más enemigos. La Unión Europea ha tenido siempre una actitud más abierta y cooperativa hacia Cuba que Estados Unidos. Y luego de algunos cortocircuitos, las relaciones se han normalizado últimamente, en gran parte por iniciativa del nuevo gobierno español, lo que vuelve más injustificada aún la adhesión de Castro a las críticas de su ahijado venezolano. Es notable también que, pese al gusto del régimen castrista por las grandes demostraciones de masas, nunca haya organizado una para repudiar las comprobadas afrentas a la dignidad humana en la cárcel de Guantánamo.

    La dureza de Chávez con Madrid contrasta con el hecho de que jamás ha tomado medida alguna que afecte los intereses económicos comerciales entre su país y Estados Unidos.

    Y, si se repasa la larga lista de entredichos diplomáticos protagonizados por el presidente venezolano, predominan los roces con gobiernos de países latinoamericanos con los que sin embargo dice querer integrarse. En su momento, fue acusado de injerencia por Ecuador y Perú (por involucrarse más de la cuenta en los procesos electorales de esos países) pero también por la propia Bolivia, debido a sus constantes advertencias de golpes de Estado y el aviso de su embajador en La Paz de que las fuerzas armadas venezolanas intervendrían en caso de ataques al gobierno de Evo Morales.

    En los últimos años, Caracas tuvo que retirar su embajador de Chile, de Perú y, más difícil de entender aún, de la Argentina (ver aparte). También amenazó con retirar su embajador de Israel, cuando ese país atacó al Líbano pero, pese a todas sus promesas de solidaridad antiimperialista, no hizo lo mismo cuando Estados Unidos intervino militarmente en Irak.

    Más aún, cuando en mayo de 2005, Washington prohibió toda venta de armas a Venezuela, Hugo Chávez tuvo un ataque de cordura y se apuró a tranquilizar al «demonio»: «Sería una locura cortar el suministro, yo tengo conciencia de mi responsabilidad».

    Ahora dice estar impulsando una OPEP más política «que enfrente al imperio», pero no modifica el ritmo de sus ventas que han convertido a Venezuela en cuarto proveedor de petróleo de ese país, lo que le representa ingresos anuales por 34.000 millones de dólares. Como bien lo señaló el escritor mexicano Carlos Fuentes, «económicamente se llevan a toda madre (...) Lo demás es retórica (...) una puesta en escena».

    El propio Néstor Kirchner señaló el año pasado que Estados Unidos «está intentado crear una imagen de monstruito» de Chávez pero «le compra 25 mil millones de dólares de petróleo». Claro que la operación funciona también a la inversa pues la confrontación retórica que en lo formal contradice el tratado de libre comercio existente en lo real entre Caracas y Washington les es funcional a ambos países: es conocida la utilidad de un enemigo a quien culpar de todo y en torno al cual galvanizar a la opinión pública. Eso explica que Chávez diga que «no es imprescindible para nosotros la inversión española, no la necesitamos» y que el armamentismo venezolano preocupe más a Brasil que a Estados Unidos. Como se encargó de recordar Antoni Brufau, presidente de Repsol YPF, «en mi sector, el petróleo, todas las empresas norteamericanas están operando en Venezuela sin ningún problema».
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