Saddam Hussein es inexpugnable a un eventual intento de asesinato. Una feroz represalia de sus adversarios y una ingeniería del camuflaje le protegen la vida.
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Todos los intentos de derrocar a Saddam, orquestados desde la sede de la CIA en Langley o desde el Pentágono, han acabado en fracaso estrepitoso y no porque el presidente iraquí sea querido o venerado por su pueblo. Saddam resiste, impertérrito, en el poder, porque toma todas las precauciones imaginables y reprime con ferocidad y saña, sin que le tiemble la mano, cuando llega la hora de hacerlo.
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