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13 de julio 2017 - 00:00

Lula, de la hazaña de vencer la pobreza a un final oprobioso

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San Pablo - "Prueben que soy corrupto e iré caminando a la cárcel". Así defendía Luiz Inácio Lula da Silva su inocencia cuando ya estaba cercado por la Justicia y la caída del "hijo de Brasil", como quedó bautizado en una película sobre su vida, era imparable.



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Lula encarnó hasta ayer, cuando se agregó a su biografía una condena en primera instancia por corrupción pasiva y lavado de dinero, el sueño de millones de brasileños. Logró salir de la miseria, estudiar, liderar un sindicato y alcanzar la Presidencia.



Nacido en 1945 en el estado de Pernambuco, en el nordeste pobre, Lula emigró con su madre y sus siete hermanos a la periferia de San Pablo siguiendo los pasos de su padre, un campesino analfabeto y alcohólico que tuvo 22 hijos con dos mujeres, Lindú, la madre del expresidente, y su prima.



Conoció a su padre cuando tenía 5 años, vendió naranjas y tapioca en la calle, a los 15 empezó a trabajar como tornero y poco después se acercó al movimiento obrero y llegó a presidir el poderoso sindicato metalúrgico.



A comienzos de los años 80, en los estertores de la última dictadura militar brasileña, participó en la fundación del Partido de los Trabajadores (PT) con políticos e intelectuales de izquierda.



En 1986 se convirtió en el diputado más votado del país y comenzó a acariciar el sueño presidencial, aunque concretarlo le llevó cuatro intentos: 1990, 1994, 1998 y 2002, cuando finalmente lo logró, pero no con la imagen de barbudo sindicalista que lo había hecho popular, sino con un estilo más diplomático y depurado y una estrategia de marketing político -"Lula, paz y amor"- que poco tenía que ver con la lucha obrera.



"Si al final de mi mandato cada brasileño puede comer tres veces por día, habré cumplido la misión de mi vida", prometió en su primer discurso como presidente electo.



Su experiencia como militante y su condición de "animal político" le permitieron esquivar los casos de corrupción de su primer mandato, como el "mensalão", que se llevó por delante a parte de la cúpula del PT. "Nadie tiene más autoridad moral y ética que yo para transformar la lucha contra la corrupción en bandera, en una práctica cotidiana", afirmó en 2005, en medio del escándalo provocado por el pago sistemático de sobornos a parlamentarios para alinearlos con su Gobierno.



Respaldado en la bonanza del "boom" de las materias primas, se mantuvo en el poder durante ocho años en los que logró sacar de la pobreza a 28 millones de personas y convenció a propios y extraños del "milagro brasileño" y de que, por fin, el gigante sudamericano había conseguido dejar atrás la sentencia de que "Brasil tiene un gran pasado por delante", para convertirse en el país del presente y el futuro.



Dejó el Gobierno con un 87% de popularidad, transformado en el político más valorado de Brasil -un récord difícil de superar por cualquier mandatario del mundo- y se dio el lujo de elegir a su sucesora, su ahijada política Dilma Rousseff, prácticamente desconocida para buena parte del electorado, y llevarla al poder.



Como expresidente, logró mantener su popularidad intacta en los primeros años, hasta que la crisis económica hizo mella en Rousseff y empezaron a multiplicarse los escándalos de corrupción que salpicaban a todos los partidos políticos, especialmente al PT por su condición de gobernante.



La operación "Lava Jato", la investigación de la monumental trama de desvíos de Petrobras, golpeó al Gobierno de Dilma -quien terminó destituida en un juicio político-, al PT y finalmente lo alcanzó a él.



Hasta hace pocos años era imposible imaginar este final. ¿Tendrá todavía la chance de un nuevo renacimiento?

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