La exjugadora reconoció que el talento puede convertirse en un problema cuando deja de estar al servicio del grupo. “Tener jugadores talentosos dentro de un equipo es ideal y a cualquier entrenador le encanta, pero también tu talento individual tenés que ponerlo en función del equipo”, explicó. Y advirtió que, cuando quienes ocupan posiciones de liderazgo concentran demasiado protagonismo, pueden generar desorden y conflictos dentro de la organización.
La respuesta, según su experiencia, consiste en mantener el propósito colectivo por encima de las individualidades. “Lo más importante es traer en claro el propósito más allá de cualquier apellido que esté adentro”, señaló al recordar las situaciones que el seleccionado argentino debió atravesar durante los años en los que construyó una identidad propia y se consolidó entre los equipos más competitivos del mundo.
Para Aymar, ese aprendizaje también implicó revisar sus propias aspiraciones. Su deseo de destacarse y ganar torneos no desapareció, pero empezó a entender que alcanzar esos objetivos dependía de que sus compañeras también pudieran desarrollar sus capacidades.
"Una de las cosas que trabajé mucho mentalmente y con mis psicólogos, que más me ayudaron a fortalecerme para sobrellevar la presión que tenía por ser la jugadora que era, fue pensar siempre en no querer brillar sólo yo sino también hacer brillar a mi equipo", señaló.
Liderar a través del ejemplo
La construcción de un equipo de alto rendimiento no depende únicamente de la capacidad técnica de sus integrantes. También requiere comportamientos cotidianos que establezcan una referencia para el resto. En ese sentido, Aymar destacó la influencia que tuvieron sus entrenadores, tanto en su desarrollo deportivo como en la formación de su estilo de liderazgo.
“Me decían me encanta que seas una jugadora talentosa, pero que no te quedes solamente en la jugadora que hace quizás algo diferente en el momento. Me encantaría que trates de liderar un equipo para posicionarlo en lo más alto del mundo”, recordó Luciana que fue uno de los mensajes que recibió durante su carrera.
La exigencia iba acompañada de una idea concreta: los resultados debían ser consecuencia de una conducta sostenida dentro y fuera de la cancha. “Es llegar a horario, es respetar a tus compañeras, es entrenarte como el peor para poder en la cancha ser el mejor”, resumió.
La puntualidad, el respeto y la preparación no eran cuestiones secundarias. Formaban parte de una cultura que debía expresarse en cada entrenamiento y competencia. Aymar recordó que sus entrenadores llegaban antes que las jugadoras, preparaban las actividades y establecían una dinámica de trabajo que no dependía de la improvisación.
“Un equipo se comporta en una cancha y fuera de una cancha como te educaron, como te educan tus entrenadores”, afirmó. La definición pone el foco en la responsabilidad de quienes conducen un grupo: las normas y los valores adquieren consistencia cuando los propios líderes los cumplen y los sostienen con sus acciones.
Esa lógica también se reflejaba en decisiones concretas. La exjugadora recordó que una vez quedó afuera de un entrenamiento por llegar cinco minutos tarde. El mensaje era que las reglas debían aplicarse a todas las integrantes, independientemente de su talento o posición dentro del equipo.
La experiencia de Las Leonas, además, estuvo marcada por una transformación profunda de las exigencias deportivas. De entrenar unas pocas veces por semana, el seleccionado pasó a desarrollar una preparación cotidiana más intensa, con trabajo físico, técnico y mental, además de la participación de especialistas en nutrición y psicología.
La cultura que convirtió a un seleccionado en Las Leonas
La identidad del equipo fue otro de los ejes centrales de la charla. Aymar recordó que, antes de convertirse en una referencia del deporte argentino, el conjunto era simplemente la selección femenina de hockey. La denominación Las Leonas surgió durante los Juegos Olímpicos de Sídney 2000, en un período en el que el grupo ya había atravesado varios años de cambios y preparación.
La transformación no se limitó a una camiseta con el dibujo de una leona. Detrás de ese símbolo había una manera de entrenar, una serie de acuerdos y una cultura que se había construido con el tiempo.
“Hubo una reeducación del grupo”, explicó al describir el proceso. La disciplina, la solidaridad y el compromiso con el objetivo común fueron algunos de los valores que se volvieron innegociables. La convicción de que todas debían aportar al conjunto permitió que las exigencias individuales se integraran en una dinámica colectiva.
Aymar recordó los entrenamientos en los que las jugadoras debían completar ejercicios físicos exigentes y continuar incluso cuando el cansancio era extremo. Con el tiempo, esas prácticas dejaron de ser excepcionales y pasaron a formar parte de la rutina. El equipo desarrolló así una manera compartida de afrontar las dificultades y de prepararse para las competencias.
La cultura también se expresaba en los rituales previos a los partidos, como las canciones que escuchaban durante los traslados, las charlas en el vestuario y las palabras de la capitana antes de salir a la cancha. “El momento del himno nacional era la gran motivación final”, recuerda. Eran momentos que ayudaban a reforzar el sentido de pertenencia y a recordar qué debía hacer cada jugadora dentro del campo.
En ese contexto, el símbolo de Las Leonas adquirió un significado que excedía lo deportivo. El equipo no solo construyó un historial de resultados y medallas, sino también una identidad reconocible para las nuevas generaciones.
Para las organizaciones, esa experiencia plantea una diferencia entre reunir personas talentosas y construir un equipo. La cultura se consolida cuando los valores compartidos se traducen en hábitos, reglas y comportamientos concretos, y no solamente en declaraciones institucionales.
La exigencia, el ego y la capacidad de superar los obstáculos
El liderazgo también supone aprender a gestionar el ego y aceptar las exigencias que implica el desarrollo profesional. Aymar reconoció que ese aprendizaje fue gradual y estuvo ligado tanto a la intervención de sus entrenadores como al trabajo personal que realizó para manejar la presión.
La responsabilidad de ser una de las figuras más destacadas del seleccionado le exigía mantener un nivel de rendimiento elevado y, al mismo tiempo, evitar que su protagonismo afectara al grupo. Para lograrlo, debió aprender a reconocer sus propias capacidades sin perder de vista las necesidades del equipo.
La relación entre el talento y la exigencia también se vinculó con una trayectoria atravesada por sacrificios personales. Desde muy joven, Aymar viajaba regularmente desde Rosario a Buenos Aires para entrenar, con jornadas que comenzaban de madrugada y terminaban muchas horas después. El esfuerzo implicaba resignar encuentros familiares, salidas con amigas y otras actividades habituales de la adolescencia.
Hubo momentos en los que se preguntó si todo ese sacrificio valía la pena. También atravesó situaciones en las que quedó afuera de procesos de selección y una lesión de rodilla que demandó alrededor de cinco meses de rehabilitación antes de los Juegos Olímpicos de Beijing.
En esos períodos, el apoyo familiar, la asistencia psicológica y la constancia fueron fundamentales para continuar. Aymar recordó una conversación con su madre en la que se preguntó qué era lo que realmente la hacía feliz. Su respuesta fue que, cuando entraba a la cancha, se sentía plenamente ella misma.
“Para mí el hockey fue una escuela extraordinaria, el deporte fue una escuela extraordinaria”, afirmó al repasar esas experiencias.