El duro asfalto porteño y el llamado de la vía pública
La juventud de Walter quedó atravesada por las postergaciones y los dolores de una época oscura del país. En 1976 intentó estudiar en La Plata, pero la realidad del golpe militar lo golpeó de cerca.
"Habíamos organizado el Centro de Estudiantes de Saladillo. Ahí desaparecieron un par de amigos. Uno volvió y otro no. Fue una etapa durísima. Yo pensaba ser abogado, pero tuve que volver a mi pueblo. Aunque vivía en un pueblito tan chiquito, de pronto aparecían uniformados y te requisaban. Tener el documento encima era tan importante como hoy el celular", recuerda.
En ese regreso al lugar donde nació, trabajó como viajante de comercio, manejó un camión volcador para construir el asfalto local y hasta tuvo una gomería. Pero el destino definitivo estaba en Buenos Aires, adonde llegó en 1982, en plena guerra de Malvinas, para vender autos junto a un conocido de su padre.
Los comienzos en la gran ciudad también exigieron una cuota de sacrificio: dormía en un sillón de la misma agencia. Y aunque resultó ser muy buen vendedor, sufrió desencuentros con su empleador. Así, terminó armando sus valijas -que en realidad eran bolsas de residuos- para refugiarse en la casa de una tía que vivía en la zona y fabricaba acolchados. Allí, el taller era su dormitorio improvisado de noche y su lugar de estudio de la carrera de Marketing durante el día.
Un almuerzo familiar fortuito cambió su rumbo cuando conoció a un empresario publicitario que, fascinado por su historia de empuje, lo invitó a sumarse a su equipo.
"Empecé a explorar el mundo de la publicidad en la vía pública. Ya no miraba para adelante cuando caminaba; miraba para arriba a ver qué terraza servía para poner un cartel", recuerda divertido.
Pronto descubrió que su temperamento no encajaba en la relación de dependencia. En 1985 renunció y fundó su propia agencia junto a tres socios, introduciendo innovaciones urbanas memorables como el primer cartel de Coca-Cola con reloj de hora y temperatura en San Isidro.
"No nací para ser empleado", remarca ahora. Para 1999, su compañía manejaba unos 4.000 carteles y se había convertido en un negocio floreciente, al punto que fue comprada por la conocida firma Publicidad Sarmiento.
Cuando el cuerpo pasó el primer aviso
A los 34 años, en pleno crecimiento de su negocio publicitario, la vida le puso el primer freno de mano. Recibió un diagnóstico de cáncer. Era una época donde la medicina oncológica no contaba con las ventajas actuales.
"Me dieron con todo. Me hicieron rayos y los rayos te destruyen. Sentí por primera vez que me podía morir. Pero la verdad es que en esa primera vuelta no aprendí lo suficiente. No supe valorar la vida como la valoro hoy", admite en la charla con este medio.
Aquel impacto lo llevó a vender su firma publicitaria unos años después buscando una supuesta paz. "Me enfrenté cara a cara con la finitud y tomé la decisión de vender para vivir de una manera más relajada", explica.
Pero la calma duró poco. Tras cumplir los acuerdos de no competencia, deambuló como empresario por negocios de outsourcing, call centers y servicios técnicos a gran escala para empresas multinacionales como DirecTV, llegando a coordinar más de 500 empleados.
Pero la tranquilidad pretendida chocaba de frente con su propia naturaleza: "Los que emprendemos no sabemos cómo vivir tranquilos. Nacimos para construir, para hacer cosas".
Como parte de una charla directa y sin de respuestas de compromiso, Walter profundizó sobre lo que hay detrás de ese impulso que parece irrefrenable.
P: ¿Por qué volviste a arriesgar tu capital y comodidad cuando ya habías alcanzado una posición económica sólida?
WG: -No es algo que tiene que ver con la plata, te lo juro por mi vida. Si fuera por la plata, vendés y te vas. Cuando vendí la empresa de publicidad podría haberme quedado tranquilamente cuidando vacas. Sin embargo, todo lo que obtuve vendiendo mis empresas hoy está puesto en freezers y en locales de Qüem. Yo debo ser el rey de los endeudados, porque todos los días la realidad te exige que sigas poniendo plata para sostener el crecimiento constante del negocio.
P: ¿Qué es lo que resulta tan magnético de ese ritmo de vida?
WG: Es caminar todo el tiempo por la cornisa. Es un vértigo muy seductor, que te da una doble sensación; ese vértigo es muy seductor. El emprendedor en la Argentina, pero el emprendedor de verdad, vive en las cornisas todo el tiempo. Caminamos por los bordes porque la realidad del país te lo exige y porque lo llevamos en el gen. Te genera una adrenalina que, lejos de hacerte dar un paso atrás, te involucra más.
Una oportunidad llamada Qüem y la redefinición familiar
En 2018, el destino lo cruzó con Martín Grosbar, un conocido de la escuela de su hija menor. Grosbar y sus socios tenían una pequeña cadena de cuatro tiendas de alimentos congelados llamada Qüem, pero estaban complicados financieramente y con problemas logísticos.
Giaccaglia vio allí la oportunidad perfecta para volcar su experiencia acumulada en marketing y outsourcing, con un condimento inédito: "Era la primera vez que tenía la oportunidad de gestionar un producto propio, que no trabajaba para terceros y que podía desarrollar una marca".
Inyectó el capital inicial, tomó el 66% de las acciones junto a su hijo Matías y aplicó una estrategia contraintuitiva: frenó la venta de franquicias para abrir locales propios en Vicente López, La Lucila y Olivos, buscando consolidar un modelo probado y replicable.
Cuando la pandemia de 2020 aceleró de golpe los hábitos de consumo de alimentos congelados en el país, la empresa se encontraba lista para abastecer la demanda, apalancada además por una indemnización que recibió tras la rescisión de unos contratos de su empresa anterior. Con esa plata financió la planta de producción de congelados.
Qüem Local
Local de Qüem en Vicente López, con la estética que los identifica.
Pero en 2021, más exactamente en junio de ese año, para el Día del Padre, el cuerpo de Walter decidió volver a hablar. Lo que empezó como una supuesta diverticulitis terminó confirmándose como un tumor grave que demandaba una intervención compleja y quimioterapia.
En medio de esa oscuridad, apareció un haz de luz: un mes antes de la operación conoció a Ayelén, su actual esposa, quien se convirtió en su pilar fundamental. "Ella me acompañó a la quimio, me sostuvo la vida. Pensé que ahora sí había llegado al final de la historia, pero ese proceso me transformó profundamente".
Al recibir el alta en 2022, la mirada de Walter sobre los negocios mutó de forma radical. Decidió comprar la parte restante de su socio y estructurar Qüem de forma estrictamente familiar.
Su hijo Matías regresó al país para asumir la dirección operativa y Ayelén dejó su empleo bancario para involucrarse de lleno en el desarrollo comercial.
"Ahora la plata ya no es lo importante. Lo que importa realmente es formar parte de un grupo de personas que pasamos por cosas duras y que podemos aportar valor a esta empresa por todo lo aprendido", destaca.
Escalabilidad inteligente: de la tienda tradicional al "Smart Market"
Bajo esta nueva filosofía de eficiencia y propósito, Walter se propuso transformar a Qüem en un laboratorio de innovación. Con siete locales propios y diez franquicias tradicionales operativas, el motor de crecimiento actual de la compañía se apoya en su sistema de "corners" o islas de congelados.
El modelo consiste en instalar freezers bajo el formato de mercadería en consignación en comercios de cercanía tradicionales. Con un costo de instalación por unidad de apenas u$s1.000, la empresa logró expandir su capilaridad nacional eludiendo los asfixiantes costos fijos de los alquileres, los servicios y el personal de una tienda propia.
La propuesta comercial también se depuró: manejan un portafolio de más de 350 artículos, pero concentran el esfuerzo logístico en 50 productos de alta rotación. La mitad corresponde a marca propia (frutas, verduras, pizzas, tartas y rebozados fraccionados en su planta central) y el resto se complementa con marcas líderes de distribución oficial. Si bien las milanesas, tortillas y viandas crecen mes a mes, el mix de frutos rojos se mantiene inamovible como el producto estrella del negocio.
El futuro de la firma apunta hacia la vanguardia tecnológica y el impacto social. Actualmente se encuentran próximos a abrir su primer "Qüem Smart Markets". Se trata de tiendas inteligentes totalmente automatizadas y sin personal físico pensadas para operar en barrios cerrados o complejos de departamentos, donde no sólo se venden congelados sino también productos secos.
En paralelo, lanzaron una aplicación que permite a los clientes abastecerse a través del celular de los productos que están en las tiendas físicas y recibirlos en la puerta de su casa.
En paralelo, avanzan firmemente con su línea gourmet "Orígen", un proyecto diseñado específicamente para incorporar a pequeños productores regionales dentro de la cadena de valor, dándoles una vidriera comercial a la que jamás accederían en las grandes superficies de los hipermercados.
Además de las tiendas, corners y franquicias, y de la gestión de las marcas propias, la tercera unidad de negocios es la distribuidora, llamada Qüem Central, que es la de mayor fortaleza.
El verdadero sentido del viaje
Tras una vida que transita caminado los extremos de la escasez y de la abundancia, Walter Giaccaglia ya no mide el éxito por el volumen de facturación de sus distribuidoras ni por los freezers instalados en las provincias. El verdadero aprendizaje, dice, se asienta en el territorio de los afectos, que considera innegociables.
"El mayor aprendizaje que me dejaron estas dos vueltas de la vida es que la muerte no existe de la forma en que le tememos; existe solo para los que se quedan a extrañar y sufrir la pérdida. Para el que se va, existió la vida, y cada uno elige cómo vivirla", concluye con una serenidad que contrasta con la vorágine diaria de su agenda.
"Hoy tengo claro que no se negocia la armonía. No se negocia a mi familia, mis hijos, ni mi pareja. Todo lo material puede quedar en el camino si es necesario. Si en algún momento sintiera que este vértigo tan seductor de la cornisa pone en riesgo mis afectos reales, no tengo ninguna duda: piso el freno. Mi felicidad ya no pasa por manejar una gran cadena; pasa simplemente por llegar a mi casa y conectar con la gente que quiero", concluye.