1- La disparidad de tamaño y de estructura económica, política y social entre los participantes (desde Barbados hasta Brasil).
2- La imposibilidad de equiparar la negociación con el precedente del NAFTA (Canadá, México, y EE.UU.) dada la complejidad y volumen del comercio intra-Norteamérica (¡Sólo el tráfico Canadá-EE.UU. es de un millón de dólares por minuto!).
3- Los diferentes criterios existentes entre los países: muchos de ellos preferían la negociación bilateral (Chile) o interregional (Centroamérica).
4- La clara actitud de Brasil (que lógicamente tendría decidida influencia en el Cono Sur) de condicionar, desde el inicio de las negociaciones, la evolución de las mismas al tema de los subsidios agrícolas y a los mecanismos antidumping para compensar las asimetrías ente las economías más desarrolladas y aquellas en vías de desarrollo.
Fue así que los EE.UU. desarrollaron una estrategia de avanzar en la negociación con aquellos que estuvieron más dispuestos a sentarse en la mesa.
Chile fue el primero que concretó su acuerdo en el año 2003 ( ratificado por el Congreso norteamericano en el año 2004). Le siguieron los países de Centroamérica ( firmaron el CAFTA en el año 2004, ratificado en 2005).
En diciembre de este año firmará EE.UU. con Colombia, Ecuador y Perú.
Si sumamos a esta lista los acuerdos con el Caricom (países del Caribe), ya son 28 los que están relacionados con EE.UU. por tratados de libre comercio (TLC).
A éstos hay que agregarles múltiples acuerdos bilaterales de México, Canadá, también los del Mercosur con los países andinos y las negociaciones en curso entre el Mercosur, Centroamérica, México y Canadá.
Sintetizando, el libre comercio no sólo que no está muerto, sino que goza de muy buena salud.
Sí es cierto que Brasil y la Argentina (no así Uruguay y Paraguay, que han solicitado el inicio de negociaciones bilaterales con EE.UU.) han considerado conveniente posponer sus negociaciones (por el momento, conjuntas) hasta después del cierre de la Ronda Doha de la Organización Mundial de Comercio.
También es cierto que los últimos tres años se han paralizado casi todos los foros regionales, interregionales y universales de negociación comercial por los múltiples conflictos producidos después de la última ola aperturista ocurrida durante los '90.
Dos fenómenos marcan el inicio de este siglo: el de la fabulosa concentración del capital vs. la multimillonaria exclusión social de la mitad de los habitantes del planeta y la guerra entre la hiperpotencia vs. el terrorismo internacional.
Ambos fenómenos impulsan el cierre de fronteras, el mayor intervencionismo estatal y las trabas a la circulación de bienes, personas, servicios y capitales.
El «neoproteccionismo» sucede al «neoliberalismo», la «globalización regulada» a la «globalización utópica».
Mientras se afirman universalmente los valores democráticos, se restringe y condiciona el ejercicio de la libertad.
Si el resultado es una mayor y mejor inclusión de los marginados y un planeta más multipolar y equilibrado, esta transición nos llevará a un mundo mejor.
En ese contexto, aunque en el futuro no se llame más ALCA, la integración americana será un producto extraordinario.
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