La Argentina produce 40 millones de toneladas de soja, 20 de maíz y 14 de azúcar. Tiene, además, producción celulósica, girasol, remolacha, abundante sebo y excremento bovino ( fuentes bioalternativas para la producción energética).
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Nuestro país es extremadamente eficiente y competitivo en el sector agrícola y, a diferencia de la mayoría de los otros productores, su producción no sólo no tiene subsidios, sino que es gravada con un importante impuesto a las exportaciones (retenciones).
La «nueva política energética» del presidente Bush (sustituir 20% del actual consumo de combustibles fósiles por biocombustibles) más el alto precio del petróleo y las perspectivas de su agotamiento en el curso de los próximos 50 años, han puesto en el ojo de la tormenta la utilización de oleaginosas, cereales y azúcar como materias primas para la producción de energía.
El aumento del consumo de alimentos y la creciente utilización de los biocombustibles han multiplicado el valor de los commodities agropecuarios, beneficiando a los grandes exportadores pero afectando a los sectores de menores recursos que aumentan su grado de exclusión agravando ridícula y dramáticamente el remanente de hambre mundial.
Resolver las crecientes necesidades energéticas y alimentarias superando la limitación de los recursos no renovables y cuidando el medio ambiente son los imperativos de estos tiempos.
En este complicado y contradictorio mundo contemporáneo se nos presenta (una vez más) una extraordinaria posibilidad de posicionamiento estratégico propio y compartido con nuestro principal socio: Brasil.
Nuestro poderoso vecino produce 52 millones de toneladas de soja (2° productor mundial), otro tanto de maíz (2° productor mundial) y 430 millones de t de azúcar (1° productor mundial).
Es ya el abastecedor de 50% del etanol mundial y tiene desarrollada una industria automotriz «flexible» (binorma, gasolina-alconafta) única en el mundo.
La Argentina fue, junto con EE.UU., un país de avanzada en la experimentación de biocombustibles.
Cuando en 1927 Henry Ford presentaba su primer Ford T equipado con un carburador de regulación manual para usarlo con gasolina o alcohol, en el Campamento Vespucio (Salta) de YPF el entonces Coronel Mosconi hizo una prueba con el «combustible Giacosa» (inventado por Luis Giacosa: 15% petróleo crudo, 5% metileno y 80% alcohol).
En 1937, el Departamento de Mecánica de la Facultad de Agronomía de Bs.As. experimentaba con etanol y aceite de ricino como lubricantes de motores.
Recién en 1979 se lanza el Programa de Alconafta, y a partir de 1981 se comienza a consumir masivamente (en Tucumán) una mezcla de 12% de alcohol etílico con nafta común que equivaldría a un combustible de 83 octanos capaz de reemplazar la nafta común.
Para 1985, 12 provincias habían adherido al plan que consistía en una eximición de impuestos al alcohol utilizado en la mezcla.
A los pocos años, el plan había sido desechado por el aumento mundial de los precios del azúcar y el descenso de los precios del petróleo.
Brasil no sólo no abandonó su programa sino que multiplicó su apuesta con los excepcionales resultados actuales.
Con la sanción, en mayo pasado, de la ley de biocombustibles 26.093 (que hará obligatoria al utilización de 5% de alcohol en las naftas a partir de 2010) hemos recuperado -tardía y tímidamente- la iniciativa que puede apalancarnos en el siglo XXI.
Recordemos que la Argentina tiene también un importante desarrollo nuclear y puede ser líder del desarrollo de la energía eólica en nuestra ventosa y deshabitada Patagonia.
Energía e integración (con Chile y Brasil) es el nuevo paradigma de estos tiempos. Sólo nuestra ineptitud e imprevisión nos han hecho caer en la actual crisis energética y la dependencia extranjera para el suministro local.
En una década podemos ser exportadores de un muy apreciado valor agregado y receptores de una masiva inversión nacional y extranjera en áreas para los cuales estamos sobradamente capacitados. Recursos humanos y materiales no nos faltan.
Sólo necesitamos la voluntad política de movilizarlos y direccionarlos.
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