Las estadísticas indican un aumento notable en las solicitudes de divorcio durante la cuarentena. Este fenómeno merece que hagamos algunas hipótesis sobre los motivos.
Las estadísticas indican un aumento notable en las solicitudes de divorcio durante la cuarentena. Este fenómeno merece que hagamos algunas hipótesis sobre los motivos.
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Tomemos primero las parejas con hijos, que ya estaban en dificultades: son los que sobrellevaban las desavenencias para no perjudicarlos.
En cuarentena los hijos sufren diariamente las discusiones. Ahí la pareja llega a la conclusión que resulta más saludable la separación en paz que la convivencia en “guerra fría”.
Las parejas jóvenes sin hijos, que compartían antes pocos momentos juntos producto de sus actividades (estudios, trabajo), ahora en cuarentena descubren la trasmutación de los sentimientos amorosos, en rechazos contenidos o manifiestos que los lleva a la ruptura.
Un factor determinante es la lucha por el poder y esto no es algo que no debería ocurrir o que podría evitarse.
Soñar con una forma de relacionarse donde no esté en juego el poder es como si un país no necesitara ningún gobierno, ni democracia, ni dictadura, ni monarquía o ni una anarquía impensada.
La realidad es que alguien decide la administración del dinero, qué se compra y qué no, cuándo y cómo se tienen relaciones, quién lava los platos, hace la limpieza o cocina y, en épocas normales, a la casa de qué familiar se va de visita. Así, un millón de decisiones, todos las horas de todos los días.
Cuando no hay un acuerdo explícito y claro, sobre cómo y quién decide cada cosa, la lucha por el poder se convierte en destructiva y dolorosa.
Imaginemos la intensidad que esto cobra durante una cuarentena, donde todo el tiempo hay que decidir juntos.
La base de la lucha por el poder es “quién tiene razón”; es decir “quién sabe cómo deben ser las cosas”. El que supuestamente sabe más, gobierna la pareja.
El desconocimiento es otra causa de ruptura. Pasado el tiempo y absorbidos por la rutina diaria por sostener la vida cotidiana, descubren que ya no son los mismos. La cuarentena los vuelve a presentar.
En ese momento, ella o él comprueba que aquel muchacho divertido y cariñoso ahora es quejoso y aburrido. Él o ella siente que ya no lo entusiasma ni hablar ni compartir sueños con ella. El sexo es aburrido, estamos en las puertas del final.
Hay buenas noticias, si hay humor hay amor, si hay proyectos compartidos hay futuro, si hay creatividad el sexo aún vive.
(*) Psicólogo (M.N. 2.666 - M.P. 80.376) Docente del post grado en Psicoterapias Facultad de Medicina (UBA), miembro Honorario Fundación AIGLE.
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