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22 de marzo 2005 - 00:00

Debatir el aborto

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Por supuesto que podríamos volver a debatir la cuestión, como también podríamos debatir acerca de la calificación moral de la esclavitud, independientemente de su prohibición constitucional. Pido excusas por comparar (sólo como ejemplo demostrativo) la esclavitud con el aborto, teniendo en cuenta que el último es intrínsecamente más ofensivo de la dignidad humana, en cuanto quita la base de tal dignidad, que es la vida misma. También podríamos querer modificar la Constitución, en orden a limitar la protección de la vida sólo en beneficio de los nacidos. Pero, atención, antes que todo debemos debatir si el «por nacer» es un ser humano. Si es un ser humano yo no acepto ningún debate ni ninguna reforma, porque no puedo admitir, siquiera como hipótesis, que algunos seres humanos no gocen del derecho a la vida. Así sólo sería admisible el debate acerca de las posibilidades de evitar el inicio de una vida humana, siempre y cuando no subsista siquiera una duda acerca de que aquello que queremos destruir (porque ya existe) es una vida humana.

Seguramente, por su condición de médico y por las responsabilidades de su cargo, nuestro ministro de Salud coincidirá con lo anterior.



El aborto que nos proponen, como materia de reflexión, encumbradas personalidades de nuestro gobierno, se refiere al que podemos llamar «mecánico» o «quirúrgico», que es el que ofrece riesgos para la salud de mujer embarazada, aunque es absolutamente seguro en cuanto a la muerte del niño. Tengamos presente que este tipo de método abortivo (también alguno «químico») normalmente se practica a partir de un tiempo en el que ya nadie puede dudar sobre la naturaleza humana del «niño-feto» -que el Estado, no lo olvide el ministro, asumió la obligación de proteger (art. 75, inc. 23, CN)que hasta parece tener movimientos, primero de reacción y luego de dolor, frente al bisturí asesino.

En cuanto a la madre, la misma norma constitucional obliga al Estado a brindarle, como mínimo, un régimen de asistencia especial «durante el embarazo y el tiempo de lactancia». Esta asistencia, si se concretase en la práctica, disminuiría en gran medida el recurso desesperado del aborto, fomentando a la vez una estrategia demográfica de expansión (que es vital para la continuidad de nuestra Nación) en el marco de políticas de salud respetuosas de los derechos humanos. La cuestión de la protección de la vida y del aborto no es una materia religiosa, por más que la Iglesia se haya convertido en un adalid de la defensa de la vida humana. El conflicto desatado con la Iglesia en torno a la figura de monseñor Baseotto parece, por lo absurdo, el resultado de una creación artificial de algunos que quieren distraer la atención de la opinión pública con respecto a otros problemas más inmediatos. De todas formas es otra señal de cómo algunos impulsan el sistema político hacia el autoritarismo y la intolerancia.

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