El debate que se desarrolla hoy en España
sobre Francisco Franco, el dictador que
gobernó desde 1939 hasta 1975, puede
aportar al que se desarrolla en la Argentina
sobre los años 70.
Los 30 años del último golpe militar en la Argentina y su conmemoración, que incluyó la decisión de establecer la fecha como feriado nacional, los 50 años de los fusilamientos de 1956 y los 40 del golpe de 1966, entre otros hechos, plantean el debate sobre cuál es el rol de la memoria histórica, pero en particular, cuál es la relación entre la memoria y la historia, como dos campos diferenciados.
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Ha sido el francés Pierre Nora, doctor en Historia, en Letras y en Filosofía, profesor, ensayista y miembro de la Academia Francesa, quien siendo de origen judío salvó su vida a los 12 años escapando de la Gestapo, quien quizás más explícitamente ha señalado: «No hay que confundir memoria con historia».
Concretamente, su posición es que «la tarea del historiador es ayudar a la sociedad a reflexionar sobre sí misma, pero sin emitir juicios de valor» porque en su opinión «No tiene razón de ser un historiador obligado a llegar a conclusiones políticas correctas» y que «los historiadores no tienen lugar en un mundo donde sólo reinan el bien y el mal». Pero quizás es en España donde el debate entre historia y memoria a raíz de la revisión sobre la Guerra Civil Española se hace más agudo.
Al respecto, podemos tomar dos expertos en la reconstrucción cultural de la historia de Cataluña, los que nos muestran dos visiones claramente contrapuestas.
Jordi Borja es urbanista, ex teniente, alcalde de Barcelona y veterano de la militancia clandestina antifranquista. Propone directamente «conquistar la hegemonía sobre la visión del pasado, lo que resulta indispensable para reinventar el futuro» y reclama contra el hecho de que en España todavía existan calles, plazas y placas con el nombre de Franco.
Sostiene que la vida política democrática y la sociedad española se sienten poco involucradas en los «proyectos colectivos de los partidos» y que a eso se ha llegado «por dejar que las elites de poder monopolizaran el manejo de la memoria histórica», argumentando que la tarea de la memoria histórica es construir verdades por lo cual «está claro que debemos apropiarnos de nuestro pasado si buscamos un proyecto que consolide las bases del avance democrático».
Una visión diferente da Antoni Laporte Rosello, consultor en proyectos culturales de Cataluña, quien sostiene que la transición española ha permitido que los espacios de restauración de los escenarios de la Guerra Civil «se hagan con espíritu de conciliación y no otro de confrontación donde sólo hubiera una explicación de la historia republicana».
Destaca que en los últimos años en España ha aparecido mucha bibliografía «con un tratamiento más histórico y más desapasionado», lo que adjudica al cambio generacional por el cual quienes participaron en la guerra ya han dejado de existir. Afirma que este nuevo tratamiento ha hecho que instituciones provenientes del franquismo, como el Ejército, estén dispuestas a participar en la reconstrucción de la historia a partir de esta visión integradora.
La historiadora española Paloma Aguilar Fernández, quien era una niña cuando Franco murió, autora, entre otras obras, de «Memoria y olvido de la guerra civil española», sostiene: «Hay que distinguir la memoria histórica de la propia historia», coincidiendo en esto con el francés Pierre Nora y piensa que es peligroso sostener una versión única de los hechos, señalando que «la buena memoria debe ser plural» y sin desconocer que hay que saber aprender del pasado para construir el futuro, diciendo que «la poética de la memoria tiene que respetar una pluralidad de memorias. Por muy mayoritario que sea un gobierno, jamás debe aspirar a constituir una única memoria oficial».
Pertenece a una nueva generación que no ha participado en el conflicto, como sí lo ha hecho el catalán Jordi Borja.
El ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti ha abordado el tema y piensa que cuando el pasado «se lleva a las aulas por el Estado educador, debe formularse con el rigor máximo de la historiografía, lo que viene muy a cuento cuando se proclama, en estos días, en nuestros países, la necesidad de enseñar a la nueva generación los hechos recientes de la historia contemporánea» porque se corre el riesgo de caer en el «uso y abuso de la memoria», al que son afectos los gobiernos totalitarios a quienes Todorov llama también los «celosos de la gloria».
En la perspectiva argentina, Luis Alberto Romero ha dicho que el país tiene hoy un plantel de historiadores excelente, «particularmente en esa edad en torno de los cuarenta años» que es exactamente la que tiene Paloma Aguilar Fernández, señalando además que estos historiadores están lejos de lo que denomina la «historia de mercado», que se trata «de un conjunto de versiones del pasado de amplia repercusión, surgidas en los medios de comunicación masivos, pensados para ellos y adecuados para ellos», con un «revisionismo historiográfico» que busca transformar todos los procesos en conspiraciones, vinculadas a actos de corrupción, las que tienen como víctima final al pueblo o la nación.
Con acierto, Romero piensa que se trata de una visión «muy pobre» que «no ayuda a comprender ni mucho menos a juzgar históricamente».
Se trata de un debate muy actual, ya que el cambio en el prólogo del informe «Nunca más» que ha introducido la administración Kirchner, negando que haya existido responsabilidad en las organizaciones guerrilleras en la violencia de los años setenta, llevó al ex presidente Raúl Alfonsín a reclamar por la utilización sectaria de la historia. Pienso que la Argentina está sufriendo hoy simultáneamente una política tendiente a establecer una memoria única oficial respecto del pasado, la que tiene como instrumentos también la llamada historia de mercado a la que alude Romero, lo cual está generando una combinación de una visión maniquea y sensacionalista del pasado, que no contribuye a la visión serena, integrada y a la vez plural, con la cual se debe mirar el pasado en función del presente y el futuro.
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