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En menos que canta un gallo, Menem desapareció, Duhalde se jubiló (exitoso) y el presidente Kirchner dice que pasó a tener 85% de respaldo popular (López Murphy y Carrió perdieron en tres meses 50% de su apoyo electoral mientras que Kirchner lo triplicó).
Dieciséis meses después, el presidente Kirchner registra todavía un espectacular 55% de apoyo mientras que su gobierno recoge 38% de respaldo (ambos registros en baja sostenida durante los últimos cuatro meses).
El que fuera un gran movimiento nacional que nunca llegó a ser un partido moderno -el peronismo- navega entre la parálisis y el obediente seguidismo.
Cómodo en su aplastante mayoría en ambas cámaras y en las administraciones provinciales y municipales, se dedica complaciente a recaudar superávit presupuestarios de la mano de la reactivación interna y el aislamiento internacional producido por el default.
Una nueva estructura social: 10% de ricos, 30% de clase media y 60% de pobres garantiza salarios bajos, clientela asegurada por millones dependiendo del subsidio público y una justificación ideológica para echarles la culpa al pasado (menemismo) y a los enemigos externos (el FMI y los acreedores buitre).
Con una oposición muy distante de la posibilidad de acceder al poder, el justicialismo puede darse el lujo de seguir gozando de un poder cultivado a expensas del país: mientras a la Argentina le fue mal, el peronismo pasó de 37% de votos en 1983 a 47% en 1989, a 51% en 1995, nuevamente a 37% en 1999 para saltar al mencionado 67% en 2003.
Sin Estado, sin partidos políticos y sin autocrítica nos acercamos a marcha forzada a una nueva frustración igual o peor que las pasadas.
Sin duda, estamos a tiempo de frenar la debacle aprovechando el viento de cola, la actitud mayoritaria de apoyo al Presidente y la enorme voluntad social de superar la crisis.
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