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Luego de la muerte del general Juan Domingo Perón, como era de suponer, el Partido Justicialista asumió el contralor orgánico de todas las expresiones peronistas a lo largo y a lo ancho de nuestro país. Ese rol tutelar en el marco político y administrativo recayó en miles de compañeros que, más allá de lógicas diferencias conceptuales, fueron, sin dudarlo, una unidad política en la representación electoral de nuestro país.
No entraré en el fácil y recurrente «dilema» de movimiento o partido. La realidad, axioma visceral de nuestro pensamiento fue y es concluyente: todo intento movimientista sin Perón careció de contenido político y de adhesión colectiva; por lo tanto, somos un partido político con fuerte raigambre movimientista.
Nuestra generación fue una bisagra en la historia del peronismo. Luchamos por el retorno de Perón, padecimos el desamparo por su muerte y sufrimos el infierno de la dictadura militar. Pertenecer al peronismo es pertenecer al mayor pensamiento político de los últimos sesenta años de la Argentina. Quién puede dudar del «antes y después de Perón» en la historia contemporánea de nuestro país. Semejante historia merece otro presente.
Debemos hacer una profunda revisión de nuestro papel en el devenir de nuestro país en las últimas décadas. Todos fuimos responsables en menor o en mayor medida de la diáspora que vivimos. Echarse la culpa entre compañeros ya no convence a nadie, y jugar de esclarecido es subestimar al afiliado.
Debemos respetar a todos los sectores del justicialismo. Aquí no hubo internas, razón por la cual debemos propiciar el debate interno. No debemos temer a ese debate interno ni a las diferencias conceptuales ni a las posiciones políticas equidistantes.
Reorganizar el partido no es uniformar el pensamiento. Para evitar todo tipo de especulaciones o doble lectura he de reiterar mi opinión personal sobre eventuales candidaturas: el compañero Néstor Kirchner está legitimado desde el poder para asumir la conducción del PJ. Ejerce la Presidencia de la Nación y este hecho lo convierte en el mayor referente inter-pares en el concierto peronista.
Del mismo modo expreso que si la decisión personal del compañero Kirchner es la no participación en la conducción del PJ, él debe contribuir y alentar, en forma perentoria, al pronunciamiento democrático de nuestros afiliados en elecciones internas.
Plantear la reorganización partidaria, con el solo objeto de mantener o ampliar la supremacía política que hoy expresa cualquier análisis de la realidad nacional, sería encolumnarnos en un objetivo menor. Conseguir la organización del justicialismo para exponer una propuesta superadora es retomar la mejor tradición peronista en la ideológica posición de integración nacional.
En un clima de alta confrontación y fragmentación política y social, desde mi punto de vista, el justicialismo debe procurar la reconciliación de los argentinos y la elaboración de un proyecto de unidad nacional con el compromiso y la participación de todos los principales actores políticos, sociales y económicos. El mejor ejemplo de un proyecto de unidad nacional nos lo dio Juan Domingo Perón en la década del '40 y a su retorno en los años '70. En ambas ocasiones, les expuso magistralmente a todos los argentinos proyectos abarcativos, visionarios y superadores en el contexto histórico que vivíamos.
A la mayoría del pueblo argentino hoy le importa muy poco la confrontación mediática de la política. Demanda temas centrales como la inclusión social, la salud, la educación y la seguridad, entre otros. Sobre estos temas debemos cimentar el pacto de un proyecto de unidad.
Que el peronismo haya perdido iniciativa política es un mal menor; lo peor es su impotencia en la formulación de un proyecto de fondo en la Argentina. La coyuntura internacional no dura cien años, y este país difícilmente resista más exclusión social. No compartir la visión del país, entre compañeros, no es grave; grave es no tener ninguna visión.
Establecer por vía democrática quiénes son nuestros representantes es un acto de responsabilidad institucional y es un gesto de respeto al sistema político argentino. El gobierno no es responsable de la administración que heredó, pero tampoco el peronismo puede ser ajeno a la responsabilidad de generar una alternativa de reconciliación y de unidad nacional. La inexistencia formal del justicialismo no ayuda al gobierno y profundizará la crisis de representatividad política de los argentinos.
El peronismo no morirá por acefalía; ya otros intentaron hacerlo; el fracaso fue la moneda con que pagó la realidad a la utopía.
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