Los mejores anticuerpos son instituciones fuertes

Opiniones

Quizá el coronavirus sea el inicio de un nuevo orden en el que los argentinos dejemos atrás nuestras diferencias y apelemos a la fraternidad, solidaridad y sacrificio-

Hasta hace unos días dábamos por sentadas nuestras libertades civiles, bienes públicos, plazas verdes, nuestras reuniones y nuestros tiempos de tranquilidad. Mientras la bruma se despeja y aprendemos sobre esta amenaza, observamos que existen países muchísimo más vulnerables a la pandemia que otros. El virus parece ser el mismo, pero en Italia es más mortífero que China. Y en Alemania y en Corea del Sur es mucho menos dañiño que en España. No necesitamos ser científicos para inferir que el virus tiene mejores chances de ser controlado, sobre todo, por la fuerte conciencia cívica de sus ciudadanos, el imperio de la ley, la presencia del Estado y la disciplina que muestra en su rol de protector del pueblo. El coronavirus puede revelar, de manera acabada, los niveles de seriedad estatal en la aplicación de políticas públicas, el grado de control a las normas que se crean, la jerarquización justa y federal en la alocación de los recursos públicos, la capacidad de respuesta y la proactividad a la hora de prepararse para eventualidades como esta.

En tiempos de pandemia descubrimos que la calidad de un Estado depende de los esfuerzos que se hicieron en el pasado para preservar la fortaleza institucional, la disciplina fiscal, la independencia de los poderes que garantizan la justicia, la libertad de expresión, el orden público, entre otras. En otras palabras, los mejores anticuerpos que podemos generar para cualquier pandemia son instituciones fuertes. Y eso se logra con disciplina sostenida, no de un día para otro.

Y mientras los países hacen malabarismos para esquivar la bancarrota, aparece uno de los conceptos más importantes de la política: la solidaridad transgeneracional. El país no se reinicia con cada cambio de gobierno, sino que se heredan las virtudes y los vicios, las debilidades y las fortalezas. Las crisis nos sirven para desnudar las falencias, hacer proyecciones y tomar medidas que aumenten la eficiencia de la Administración Pública.

Es menester cuidar de los sectores más vulnerables durante el tiempo que lleve transitar esta parálisis de actividades. Las pymes también se verán golpeadas. Heroicamente, vienen sosteniendo el grueso del empleo argentino, contra viento, marea, plagas globales y sistemas tributarios asfixiantes y regresivos. Cuando el Estado inicie el inevitable salvataje del sistema productivo, la prioridad la deben tener las pymes, que son el corazón de nuestra Argentina.

Al inicio de la pandemia, impulsé una batería de medidas que incluye la suspensión de toda medida cautelar que afecte la liquidez y el capital de trabajo empresario, la suspensión de desalojos de vivienda única y familiar por el término de seis meses, el diferimiento del pago de créditos hipotecarios con todas las entidades bancarias o privadas, la deducción total del monto del alquiler en el Impuesto a las Ganancias, un subsidio del 100% del monto del alquiler para jubilados inquilinos, subsidios para inquilinos que hayan sido desvinculados laboralmente durante la pandemia, diferimiento de cuotas de tarjeta de crédito, entre otras. No todas las medidas implican un desembolso por parte del Estado. Varias de ellas apelan a la solidaridad del sector financiero, que ha sido el más beneficiado en los últimos tiempos.

Claramente, no es tiempo de fogonear divisiones políticas y enfrentamientos de ninguna índole. La vulnerabilidad ante este enemigo invisible nos muestra la importancia de tener un historial de disciplina en el Estado. Quizá el coronavirus sea el inicio de un nuevo orden en el que los argentinos dejemos atrás nuestras diferencias y apelemos a la fraternidad, solidaridad y sacrificio en pos de construir para nuestros nietos el país que anhelaban nuestros abuelos. Estamos juntos.

* Diputado Nacional (UCR).

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