22 de agosto 2026 - 00:00

Ganar una elección ya no alcanza

La construcción de legitimidad no termina en las urnas. En un escenario atravesado por nuevas tecnologías, sobreinformación y cambios en la conversación pública, los gobiernos enfrentan el desafío de sostener la confianza ciudadana más allá de una victoria electoral.

La comunicación, la gestión y la capacidad de interpretar las demandas sociales se volvieron factores centrales para sostener el liderazgo político.

La comunicación, la gestión y la capacidad de interpretar las demandas sociales se volvieron factores centrales para sostener el liderazgo político.

Mariano Fuchila

Durante décadas, buena parte de la política concentró sus mejores recursos, talentos y estrategias en un objetivo: ganar elecciones. Era lógico. Sin votos no hay poder y sin poder resulta imposible transformar una realidad. Sin embargo, la experiencia contemporánea demuestra que alcanzar el gobierno es apenas el comienzo de un desafío mucho más complejo. Ganar una elección otorga legitimidad de origen; conservar la confianza ciudadana exige construir legitimidad todos los días.

Muchos gobiernos descubren esta diferencia demasiado tarde. Llegan al poder después de campañas extraordinarias, con equipos entrenados para persuadir, movilizar y competir, pero una vez terminada la elección desarman esa capacidad estratégica y suponen que los resultados de gestión hablarán por sí solos. No siempre ocurre. Las sociedades no evalúan gobiernos únicamente a través de estadísticas: los juzgan a partir de lo que experimentan, comprenden y sienten.

Una obra pública puede ser técnicamente impecable y políticamente invisible. Una reforma necesaria puede convertirse en una crisis si nadie consigue explicar por qué se realiza. Un gobierno puede cumplir buena parte de sus compromisos y, aun así, perder apoyo si no logra construir un sentido alrededor de sus decisiones. Esto no significa sustituir gestión por propaganda; significa comprender que gobernar también es escuchar, explicar, persuadir, rendir cuentas y ordenar prioridades frente a una ciudadanía sometida a miles de estímulos diarios.

La transformación digital volvió todavía más exigente esa tarea. Ya no existe una conferencia de prensa capaz de ordenar por sí sola la conversación pública. Una decisión gubernamental puede ser interpretada simultáneamente por periodistas, opositores, influencers, ciudadanos, algoritmos y comunidades digitales. La inteligencia artificial agregará nuevas posibilidades, pero también nuevas formas de manipulación, desinformación y crisis reputacional.

En este escenario, campaña y gobierno dejaron de ser compartimentos separados. Las expectativas construidas durante una campaña condicionan la gestión posterior y cada día de gobierno construye o destruye el capital político con el que un dirigente enfrentará su futuro. Esto no implica vivir en campaña permanente, sino asumir que la legitimidad no se renueva solamente el día de la elección.

Los gobiernos que mejor atraviesen esta época serán aquellos capaces de combinar resultados con relato, información con empatía y tecnología con sensibilidad política. Necesitarán equipos que investiguen antes de decidir, que comprendan la conversación social antes de responder y que tengan capacidad para anticipar una crisis en lugar de limitarse a reaccionar cuando ya explotó.

Ese diálogo ocupará un lugar central en la XXV Cumbre Mundial de Comunicación Política, que tendrá lugar el 24, 25 y 26 de noviembre de 2026 en Ciudad de México. La edición reunirá a más de 250 conferencistas internacionales y representantes de más de 25 países, junto con candidatos, funcionarios, consultores, académicos, periodistas y equipos políticos, para analizar campañas electorales, comunicación gubernamental, inteligencia artificial, opinión pública, liderazgo y tecnología.

Después de una trayectoria iniciada en 2010 y de encuentros realizados en distintas ciudades de Iberoamérica, el valor de la Cumbre no reside únicamente en escuchar casos exitosos. También está en analizar errores, comparar modelos y comprender por qué determinadas estrategias funcionaron en una sociedad y fracasaron en otra. En política, aprender de la experiencia ajena puede ahorrar años de improvisación propia.

Quien gobierna enfrenta hoy una doble responsabilidad: hacer y conseguir que la sociedad comprenda el sentido de lo que hace. Ninguna estrategia comunicacional puede salvar indefinidamente una mala gestión, pero tampoco existe razón para que una buena gestión se vuelva políticamente irrelevante por incapacidad para comunicarla.

Ganar una elección otorga un mandato. No garantiza liderazgo y mucho menos confianza. Esos se construyen después, cuando desaparecen los escenarios, terminan los festejos y comienza la obligación cotidiana de gobernar. Por eso, después de tantos años estudiando campañas y gobiernos, llegué a una conclusión cada vez más sencilla: hay muchas estrategias para llegar al poder, pero ninguna permite permanecer legítimamente en él si la sociedad deja de acompañarte.

Por Daniel Ivoskus, presidente de la Cumbre Mundial de Comunicación Política.

Te puede interesar