Finalmente, Lula empezó a frenar a Chávez. Este convocó a la fallida Cumbre Energética para impulsar sus proyectos personales: el batigasoducto bolivariano, una fantasmal OPEP del gas, el Banco del Sur para reemplazar al FMI, y condenar la vía de los biocombustibles como una maniobra del imperialismo. Lula se opuso a todo.
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El fracaso de esta cumbre de presidentes deja en evidencia al menos dos pautas muy claras: la primera, de corto plazo, es la entrada de Lula a la cancha, a poner a Chávez en caja, a que juegue sus cartas sin seguir ignorando el peso de Brasil en la región. Washington les venía pidiendo eso a Lula, a Kirchner y Bachelet desde hace por lo menos dos años, pero ninguno aceptó el convite, al menos no gratis.
Ahora Brasil ya facturó: con el acuerdo Bush-Lula sobre biocombustibles firmado en marzo pasado en Brasilia, nuestros vecinos dan un paso más, un paso muy grande, para jugar en la primera división del mundo globalizado. Como proveedor privilegiado de combustibles orgánicos, Brasil engancha una buena parte de su economía futura en la matriz de producción mundial de un elemento crecientemente estratégico.
El peso y la influencia que gana cualquier país que consiga eso ya lo hemos visto con los proveedores de gas y petróleo. La airada reacción de Castro y Chávez denunciando que ese acuerdo multiplicará catastróficamente el hambre de los sudamericanos apenas encubre el pánico por la aparición de lo que más temen: que la región finalmente vaya encontrando bolsones de oportunidades para vincularse ventajosamente al mundo globalizado, privándolos de legiones de seguidores sumidos en la desesperanza y el resentimiento.
Hegemonía
La segunda cosa conseguida por Brasil es que, a través de ese acuerdo, Washington lo acepta como hegemón de Sudamérica y nuestros vecinos pueden ahora, bien respaldados, montar una enorme producción regional de biocombustibles con la tecnología brasileña y las materias primas de todos nosotros para que ellos se la vendan al mundo. Bingo. Ahora sí, Lula puede dedicarse a disciplinar a Chávez. No demasiado, porquelos vínculos energéticos de Venezuela con el nordeste brasileño vienen de mucho atrás y continuarán creciendo cuando ya Lula y Chávez sean un recuerdo. Pero sí lo suficiente como para que Estados Unidos considere que el tema se encuentra en la senda que ellos prefieren: bajo el control de los propios sudamericanos. ¿La diplomacia argentina? Bien, gracias.
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