Con este título, en su edición italiana, la filósofa judía Hannah Arendt publicó un estudio memorable, con ocasión del proceso de Eichmann en Israel. La autora advierte el aspecto «banal» con que, en ciertas condiciones, el mal puede presentarse, incluso al mismo maligno. El mal como algo trivial, mecánico, obvio. No es que Arendt empequeñeciese la monstruosidad nazi. Julia Kristeva, otra pensadora judía actual, comenta aquella calificación diciendo que «ese» mal, aunque «radical», «fue banal no por insignificante, sino por haber sido el resultado de una obediencia y de una incapacidad de pensar terriblemente difusa».
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Ciertamente, Eichmann podía relatar todo el procedimiento logístico del traslado de los judíos a los campos de exterminio, la perfección con que dirigió la operación. En definitiva, era lo que sus superiores esperaban que hiciese un oficial alemán digno de su rango y especialidad. La lectura de la sentencia de la Corte Suprema norteamericana en «Gonzales c/ Carhart», del pasado 18 de abril, me hizo recordar aquellas ideas. Allí la Corte volvió a discutir la constitucionalidad de la prohibición legal del «aborto del parcialmente nacido» («partial birth abortion»), un método abortivo, particularmente cruel, que se utiliza a partir del segundo trimestre de gestación, incluso hasta avanzado el tercer trimestre.
La Corte había declarado la inconstitucionalidad de una ley estatal similar en un caso resuelto en 2000, que comentamos en este mismo diario el 18/7/00. El Congreso federal, luego, intentó por dos veces sancionar una nueva ley prohibitiva, vetada en ambas oportunidades por Clinton. Finalmente, lo logró durante la actual administración, esta vez con la aceptación de la Corte -en fallo muy dividido: 5 a 4 (los norteamericanos tienen desde hace 150 años una Corte Suprema de 9 miembros: ¡que aberración!)- que revocó decisiones inferiores contrarias a la validez de la prohibición. La ley prohíbe una práctica muy especial: extraer al feto ya formado dejando la cabeza dentro de la madre, hacer un agujero en la nuca del niño (todavía vivo) para introducir un aspirador y succionar el contenido del cráneo; luego, si es necesario, romper el cráneo, limpiar a la «paciente» y el lugar, y tirar a la basura los restos. Pero se presentaron dos cuestionamientos: la ley no dejaría a salvo la validez del « procedimiento» cuando sea en beneficio de la salud de la madre, ni tampoco tendría un lenguaje suficientemente claro como para excluir de la prohibición otro método de «aborto tardío» que, en síntesis, requiere el desmembramiento (nunca utilizar la palabra « descuartizamiento») del feto (previo un trabajo de «dilatación y evacuación», aunque sin llegar a ninguna extracción) y luego la limpieza interna de los restos. La sentencia describe con precisión ambas prácticas, incluso cómo el niño parcialmente extraído agita sus brazos y piernas cuando comienza el proceso de apertura del agujero en la nuca. Pero aclara que esto podría evitarse terminando previamente la vida del feto con alguna sustancia apropiada, aunque ésta no sería la técnica más conveniente. La mayoría del tribunal avaló la constitucionalidad de la ley por entender que el otro método, el del desmembramiento, no se encontraba impedido, como tampoco afectada la salvaguardia de la salud de la madre, cuestiones que la minoría objetó. Sorprendentemente ninguno de los jueces mencionó que un feto de 5 meses -como el reciente caso de Amilla, en Miami-es viable y que podría nacer por cesárea o extracción vaginal inducida, lo que protegería la salud de la madre. Pero lo más impactante es la discusión entre los jueces, tomando la descripción detallada de ambos tipos de masacre como si no fuesen más que los simples y fríos hechos sobre los que aplicar la ley, dando vueltas sobre las distintas técnicas de control de constitucionalidad. Es que el descuartizamiento o la penetración en el cráneo son simples técnicas médicas que pueden y deben hacerse a la perfección, como la logística organizada por Eichmann o las ejecuciones en los campos. Casi como el Pantaleón de Vargas Llosa organizó su servicio de «visitadoras».
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