Cada 27 de septiembre, el Día de la Conciencia Ambiental nos invita a poner sobre la mesa una pregunta que nos interpela a todos ¿cómo enfrentar desafíos ambientales que se vuelven más complejos año tras año? El cambio climático, la presión sobre los recursos naturales, la generación creciente de residuos y la necesidad de transformar modelos productivos nos exigen una conversación que ya no puede limitarse únicamente a reducir impactos, sino que debe enfocarse en construir sistemas capaces de responder a estos desafíos y sostenerse en el tiempo.
Los datos reflejan la magnitud de este escenario. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, el uso global de recursos naturales se triplicó en los últimos 50 años y podría aumentar hasta un 60% adicional hacia 2060 si las tendencias actuales continúan. Frente a este contexto, la pregunta ya no es si debemos transformar nuestros modelos productivos, sino cómo hacerlo de una manera que genere valor económico, social y ambiental al mismo tiempo.
Durante mucho tiempo, gran parte de la discusión ambiental estuvo centrada en las consecuencias: cómo generar menos residuos, cómo reducir emisiones o cómo utilizar menos recursos. Si bien esos objetivos siguen siendo fundamentales, hoy resulta cada vez más evidente que la verdadera transformación comienza antes. Empieza cuando nos preguntamos cómo diseñamos, cómo producimos y cómo pensamos cada etapa de una cadena de valor.
La economía circular propone transformar la lógica tradicional de producir, usar y descartar.
Esto nos obliga a comprender que, en industrias como la alimentaria, las decisiones que se toman al inicio de cada proceso —desde el diseño de productos y envases hasta la gestión de materiales— muchas veces determinan su impacto ambiental mucho tiempo después. Por eso, avanzar hacia modelos más sostenibles y circulares exige abandonar una mirada fragmentada y empezar a pensar los sistemas de manera integral.
En este contexto, la economía circular representa una de las respuestas más relevantes porque propone cambiar la lógica tradicional de producir, usar y descartar. Nos invita a pensar qué sucede con los materiales una vez que cumplen su función y cómo podemos reincorporarlos al sistema productivo. Cuando una cápsula de café puede transformarse en mobiliario urbano o cuando bolsas de alimento para mascotas encuentran una nueva vida en casitas para perros de refugios, bancos de plaza o composteras, dejamos de hablar únicamente de reciclaje para empezar a hablar de valor.
Pero la circularidad no empieza cuando un envase llega a una instancia de reciclaje. Comienza mucho antes, en las decisiones de diseño. Por eso, la innovación en packaging ocupa un rol cada vez más relevante. Incorporar materiales renovables, reducir componentes innecesarios, facilitar la reciclabilidad o desarrollar nuevas soluciones son avances que, aunque muchas veces parezcan pequeños, contribuyen a transformar la manera en que utilizamos los recursos.
La innovación en packaging busca reducir el impacto ambiental desde las primeras etapas del diseño.
La misma lógica aplica al origen de los alimentos. Cada vez resulta más claro que el futuro de la producción depende también de la salud de los ecosistemas que la hacen posible. En este contexto, la agricultura regenerativa propone una mirada especialmente valiosa porque invita a ir más allá de la reducción de impactos y a preguntarnos cómo fortalecer los recursos de los que depende nuestra producción. Trabajar junto a productores para promover prácticas que mejoren la salud de los suelos, favorezcan la biodiversidad y fortalezcan la resiliencia frente a eventos climáticos cada vez más frecuentes es uno de los desafíos y, al mismo tiempo, una de las oportunidades más importantes que tiene hoy por delante la industria alimentaria.
Nada de esto ocurre de manera aislada ni inmediata. Requiere inversión, innovación, trabajo conjunto, políticas públicas que acompañen y una visión de largo plazo. Pero también exige algo más profundo: comprender que la sustentabilidad ya no puede pensarse como una agenda separada del negocio, sino como una dimensión que atraviesa las decisiones cotidianas de las empresas.
Quizás una de las principales reflexiones que nos propone el Día de la Conciencia Ambiental no tenga una única respuesta y no se trate únicamente de encontrar nuevas soluciones para los problemas que enfrentamos, sino de animarnos a revisar la forma en que hacemos las cosas. Porque los desafíos ambientales del futuro difícilmente puedan resolverse produciendo de la misma manera que en el pasado. Y es precisamente en esa transformación donde las empresas tienen una de las mayores oportunidades para contribuir a un futuro más resiliente.
Directora de Comunicaciones y Asuntos Públicos y líder de Sustentabilidad de Nestlé Argentina, Uruguay y Paraguay.