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8 de septiembre 2006 - 00:00

¿La economía va viento en popa?

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«La economía con viento en popa.» Con esta frase se quiere explicar en algunos casos algo que es en parte correcto -porque no estamos viviendo en realidad ningún desastre económico-, pero se exagera y se termina pretendiendo explicar, a través de lo que sería un éxito económico total del gobierno, situaciones que son ajenas a este tema, como la falta de oposición política, los elevados índices de popularidad del Presidente o la ausencia de graves conflictos sociales. Esta frase, al igual que la utilizada por Bill Clinton en 1992, «It's the economy, stupid», son peligrosas porque terminan siendo adoptadas como si la gente en verdad recibiera los beneficios sin que, como dice el escritor Jorge Asís, los economistas salgamos a ponerlo en tela de juicio, lo que lleva a analizar qué hay de cierto en tal afirmación.

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El primer tema para entender qué hay de cierto es elegir cuáles son las variables a analizar. La primera es la cifra del Producto Bruto Interno (PBI), que no es otra cosa que medir Consumo+Inversión +Gastos del Gobierno+Exportaciones -Importaciones. El segundo tema tiene que ver con el año con el cual se hacen las comparaciones. Acá la situación es tan clara que no admite casi interpretaciones. Comparado con las cifras de 1998, el PBI de 2005 es sólo 5,8% superior. Las cifras que comparan los desagregados del PBI de 1998 y 2005 tampoco explican en absoluto ningún boom, como lo muestra el propio INDEC.

Pero si queremos ver la marcha de la economía tomando otra fecha de comparación, como las variaciones contra 2002, que fue el año del verdadero deterioro, los resultados son sustancialmente positivos, mostrando casi 30% de incremento del PBI, y todos los datos hacen pensar en una nueva cifra récord para este año.

El problema asfixiante de todos los últimos gobiernos en la Argentina, que fue el déficit fiscal, no es un problema hoy, y esto es real. En efecto, el exceso de gasto sobre ingresos en los gobiernos generó que unas veces se cubriera con emisión monetaria, y otras se recurriese al endeudamiento público. En el primero de los casos se terminó transformando en inflación, y en el segundo se comprometió el futuro, al pagar luego altos servicios de la deuda y en ocasiones subir el riesgopaís. Actualmente y debido a la devaluación anunciada como competitiva, parecería haberse superado este fantasma del pasado, disfrutando incluso de superávit fiscal.

Resulta importante aclarar, sin embargo, que si bien hubo y hay un manejo responsable tanto en lo fiscal como en lo monetario, el superávit no se debe precisamente al resultado de una férrea disciplina en el gasto público -porque la verdad es que éste continúa en aumento-, sino a una creciente recaudación tributaria. Quizá por esto resulte difícil entender los bombos y platillos en el momento en que se anuncia una mayor recaudación, y máxime porque la gente lo repite como si fuera un gran logro, cuando en realidad es debido a que están pagando más impuestos. Claramente, este crecimiento no se debe a que se esté derrotando la evasión, sino que obedece a una mayor presión tributaria por ingresos extraordinarios debido a las retenciones a las exportaciones, otros impuestos distorsivos como a los cheques, no permitir los ajustes por inflación en los balances de las empresas, y que el ajuste del mínimo no imponible resultó tardío y escaso.

Así y todo, ya hay muestras de que el superávit está empezando a bajar y puede seguir bajando aún más teniendo en cuenta la fluidez con que se puedan utilizar fondos en un año electoral. Este es el más claro ámbito donde se generan las condiciones para hablar del «viento en popa». El precio internacional de los commodities, que son mayoritariamente los productos primarios que con diversas proporciones de valor agregado que exporta nuestro país, estuvo bajísimo durante la década del 90, pero llegó a triplicarse a partir de 2002. Esto no generó gran crecimiento en las exportaciones en términos físicos, porque no se puede aumentar la oferta, que es rígida en el corto plazo, pero sí generó grandes ingresos en moneda nacional para los exportadores que empezaron a vender en dólaressus productos y obtener por esas divisas una mayor cantidad de pesos. También, obvio, generó una recaudación extraordinaria para el gobierno porque pudo cobrarles parte de esos mayores beneficios en forma de retenciones.

  • Inversión

    Veamos por último uno de los aspectos esenciales que hacen a la marcha de la economía, que son las inversiones. Resultaría a todas luces insensato decir que no tenemos inversiones, tanto en valores absolutos como en proporción al PBI. Sólo que muchas de ellas se destinan a construcción, o también a telefonía móvil, que no resultan despreciables de manera alguna, pero no son en infraestructura ni en bienes de producción, por lo que no garantizan crecimiento futuro.

    El problema es que esto se suma a la renuencia de sectores que podrían generar inversión extranjera directa, pero desvían sus fondos a otras regiones como China, India e incluso Chile, debido a cierta inseguridad jurídica local, en ocasiones más fundada en los discursos que en las acciones, o en acciones que no son tanto económicas como jurídicas o de política internacional, pero que afectan el clima de negocios. Este aspecto es para recalcar y de alguna manera explica el resultado de la encuesta anual a empresarios del Foro de Davos. En 2005, la Argentina estaba en el puesto 54 en el listado que mide el desempeño de 120 países y que se confecciona sobre la base de la opinión de los empresarios locales y del resto del mundo. Este año cayó al lugar 67. Pero cuando se preguntó específicamente sobre el papel de las instituciones, la Argentina obtiene una de las peores calificaciones y la colocan en el lugar 112 de los 120.

    Para concluir esta mirada crítica pero que dista de ser negativa de la realidad económica, parece oportuno cuestionar la bondad de los vientos de popa. Lo que importa en realidad no es de dónde viene el viento, sino hacia dónde queremos ir, y en eso siguen vigentes las palabras de Séneca: «No existen vientos favorables para un barco sin rumbo».
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