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1 de febrero 2007 - 00:00

¿La tercera muerte de Juan Perón?

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El general Juan Domingo Perón fue la figura política más emblemática y significativa del siglo XX en la República Argentina; negar esto sería un absurdo. Tres veces presidente de la República; creador de un movimiento político que lleva su nombre y que ha perdurado incólume como expresión mayoritaria de los sentimientos de la población por más de sesenta años; hombre de extraordinaria presencia permanente en sus expresiones y mensajes, este líder carismático fue -y aún es-el referente necesario frente a cualquier hecho político, social o económico, fuera que este caudillo estuviera en el gobierno, en el exilio o aun muerto.

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Durante los últimos sesentay dos años nadie ha podido pisar el escenario político argentino sin una mirada puesta en la persona de Juan Domingo Perón, ya sea para confrontarlo, apoyarlo, para invocar su protección, emular su ejemplo o para intentar recoger parte de su difusa herencia. Un hombre polifacético, con una amplitud de criterio y ambigüedad de definiciones en la construcción de su teoría política, que pudo conseguir -sobre la base de la generación de una devoción personal y no ideológica, con grandes rasgos de emocionalidadser tomado como líder y conductor por el espectro más amplio y contradictorio de la base social argentina.

En efecto; tanto las Fuerzas Armadas como los movimientos nacionalistas de corte fascista, algunos sectores religiosos conservadores, la derecha más recalcitrante, los movimientos políticos revolucionarios de izquierda, bandas paramilitares, el terrorismo trotskista y marxista leninista, la burocracia sindical, el empresariado industrial argentino, los torturadores y los torturados -independientemente del bando al que pertenecieran-, los corruptos y los que combatían la corrupción; los pobres y los ricos; todos ellos en algún momento -y a veces al mismo tiempo- se han identificado con este político y han manifestado adherir, compartir, ser iluminados, cuando no cumplir sus instrucciones y actuar en su defensa.

  • Marcha

  • Se sigue hoy entonando una marcha partidaria construida en su letra a lo largo de los años, donde conviven estrofas que incitan a la unidad de los «muchachos peronistas»; instan a «combatir el capital» como medio para conquistar a la «gran masa del pueblo»; canción en la cual se exalta la grandeza y se cantan loas a la figura de este autoconsagrado «primer trabajador»; marcha que posteriormente -y con consentimiento de Perón cuando éste estaba en el exilio- incorporó nuevos versos en los cuales se declamaba la pertenencia a dicho líder de lo que en un principio se denominó «la resistencia», y luego derivó en los grupos terroristas FAP (Fuerzas Armadas Peronistas), Montoneros y FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), consagrados como «soldados de Perón», quienes actuaron mucho tiempo de consuno con el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo).

    El peronismo jamás tuvo otro líder auténtico más que Perón -el fenómeno Evita fue algo diferente con un grado de cierta autonomía-; los llamados «dirigentes» peronistas -en todas las épocas- fueron sólo peones y alfiles en manos del ajedrecista -en el mejor de los casos- o títeres manejados por un hábil titiritero, en lo habitual.

    Perón murió por primera vez el 1 de julio de 1974, y fue enterrado con todos los honores, las pompas, la grandeza y el protocolo que correspondían a un jefe de Estado en ejercicio y a un teniente general de la Nación. Aquella fue una muerte auténtica en lo fisiológico y lo humano, pero meramente formal en lo político y social. El líder, que se sentía dueño y propietario del país y que no se resignaba a morir, nos dejó de albacea a su esposa -«Isabel» Martínez de Perón-, asesorada por «el brujo» José López Rega, e instituyó como único y universal heredero suyo al « pueblo argentino»; es decir a todos y a nadie. De tal modo sabía suficientemente que no habría herederos concretos, que nadie lo sucedería y que quienes administrarían la herencia política fracasarían rotundamente, generando en toda la sociedad nostalgia y pesar por su ausencia, agigantando su figura y su recuerdo.

    Sus seguidores negaron su muerte al grito de la consigna «Perón Vive», lo que revela más que un slogan político, una realidad sociológica; cuestión que impidió que alguien pudiera alzarse con la herencia. La albacea -de la mano de su brujo y mentordila- pidó el poder que se le confirió y nos llevó -junto al resto de la dirigencia políticairresponsablemente a la crisis que trajo el golpe militar de 1976, y la dictadura posterior. Vuelta la democracia a su cauce, no sin un trágico tránsito que dejó heridas profundas que aún sangran en nuestra sociedad, dos administraciones radicales que fracasaron en sus proyectos -una por delirios de grandeza en la construcción de un absurdo «tercer movimiento histórico» y la otra por provenir de una espuria y frágil alianza conducida por alguien sin las mínimas condiciones para generar elementales consensosy una década de gobierno de Carlos Saúl Menem, no pudieron matar a Perón ni distanciarse de él.

    La aparición de Néstor Kirchner en el espectro político argentino luego de la crisis de 2002, de la mano del Movimiento Peronista, genera una nueva realidad que es la clara intención de este dirigente -al revés que sus antecesoresde despegarse de la figura de Perón, con la esperanza de provocar una suerte de bisagra en la historia política de nuestro país, imitando el método y la estrategia de Perón, pero bajo una propia y nueva advocación surgida de su apellido: el «kirchnerismo» o «movimiento kirchnerista».

    Claro está que para ello hay que terminar con el mito de «Perón Vive» pues, sin este paso, el reemplazo no será posible. Así fue que se organizó -con tal objetivo- la segunda muerte de Perón, ceremonia fúnebre y entierro incluido, el 17 de octubre de 2006, con las nefastas consecuencias y los vergonzosos episodios que todos recordamos. Allí pudo verse con cierta claridad que a pesar del tiempo transcurrido los herederos siguen disputándose ferozmente la herencia y -al carecer de líderes con peso propio- no se resignan a la muerte de Perón, manteniendo la consigna «Perón Vive». Este segundo entierro no alcanzó; el líder esta vez tampoco murió.

    Habiendo fracasado, entonces, los intentos de que se pudiera declarar públicamente para siempre a Perón como muerto, dejándolo entrar en la historia en lugar de mantenerlo como rehén para el necesario protagonismo de la vida diaria de los dirigentes de su movimiento -cualquiera sea el ala o la idiosincrasia de ellos-, hoy asistimos a un intento de llevar adelante una suerte de tercera muerte de Perón, cual es la de matarlo política y éticamente, atribuyéndole responsabilidad en la creación,operación y desenvolvimiento de la banda terrorista de derecha conocida en la década del 70 como Triple A.

    ¿Será verdad que fue el mismo Perón que en su momento alentó a las organizaciones terroristas FAP, Montoneros y FAR el que, cuando ya no le servían, decidió combatirlas fuera de la ley con un «somatén» («cuerpo paramilitar o parapolicial» en términos fascistas) que José López Rega organizó como Alianza Anticomunista Argentina? Todos es posible en un hombre que protegió -según las épocas- a nazis escapados de Alemania, a John William Cooke, a Mario Eduardo Firmenich, a José Ignacio Rucci y a José López Rega.

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