Lo ocurrido en los últimos días con la salud del dictador cubano Fidel Castro debe ser un elemento de profunda reflexión en el terreno político para todos los países y para todos los pueblos, el argentino incluido.
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Cuando en un país todo el sistema político, las libertades públicas, su atraso o desarrollo, la alineación internacional, el aislamiento o la integración, el presente y el futuro, la paz social, la esperanza y la frustración -entre muchos otros aspectos- dependen de la vida y de la salud de un solo hombre, quiere decir que algo allí está errado o no funciona. En estos casos, generalmente, hay una profunda distorsión en el sistema político a través de regímenes o mecanismos de concentración de poder en manos de ese hombre. Cuanto mayor es la concentración de poder en manos de una persona, mayor debilidad tiene ese sistema político; y cuanto mayor discrecionalidad tiene la persona en la cual el poder está concentrado -por facultades asumidas o delegadas-, más vulnerables y frágiles se vuelven el país y su pueblo.
En la época en que la monarquía clásica era el sistema de gobierno dominante en el mundo, la personalidad y la salud del rey eran fundamentales, porque la clase de hombre que fuera y las decisiones políticas que tomara tenían consecuencias directas en el bienestar o en el malestar de su pueblo. Para muestra, bastaría con recordar la forma en la cual sufrió Inglaterra la enfermedad mental de Enrique VI, Francia la de Carlos VI, Suecia la de Eric XIV y Dinamarca la de Christian VII, por mencionar sólo algunos casos.
La democracia y la monarquía constitucional, por el contrario, intentan justamente poner freno a este fenómeno no dejando lugar para gobiernos autocráticos; bajo ellas la autoridad del gobernante o del rey es limitada y las cuestiones personales de los que ejercen el poder no tienen tanta relevancia.
Si bien no puede aplicarsecomo un axioma infalible la frase de lord Acton de que «el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente» -una suerte de reformulación más moderna del axioma griego de que «el poder, cuanto más se concentra, más termina destruyéndose a sí mismo»-, es de toda evidencia que ambos conceptos son algo muy cercano a una verdad comprobable.
El mundo ha estado lleno -y no se ha librado aún- de dirigentes políticos autoritarios con tendencia dictatorial, de los cuales podría sostenerse que tienen una personalidad extraña, un perfil ambicioso y egoísta, capaces de convencer a sus pueblos, y de convencerse a sí mismos, de que son la encarnación de los verdaderos intereses de su nación, a pesar de que sus actos pudieran revelar -como recuerda Vivian H.H. Green, autor de «La locura en el poder»- una conducta perturbada con algunos rasgos psicopáticos distintivos, racionalizando sus aspiraciones personales al cubrirlas con el barniz del interés público y patriótico.
Como estos gobernantes son incapaces de resistir la crítica, el disenso o la insubordinación, amigos y enemigos por igual son los blancos de sus caprichos. Imponen su voluntad por la fuerza, la presión, la propaganda y la astucia argumentativa, utilizando para ello el aparato del Estado. Complementando este cuadro, llegan, al decir de Money-Kyrle, a crear una mitología personal diseñada para resaltar sus cualidades heroicas o leyendas sobre su pasado de imposible o difícil comprobación, pero que quedan incorporadas -de tanto repetirlas y declamarlas- en el anecdotario popular e histórico como verdades indiscutibles.
Situación dramática
Al respeto del sistema político y considerar los cargos públicos como una distinción, obligación y un servicio por cumplir se oponen la tentación y seducción del poder, las que suelen ganar muchas veces la batalla. Este poder desea crecer y perdurar en el tiempo. Claro está que cuando el poder crece desmedidamente nos encontramos en la dramática situación de que la ley no es más que la voluntad de un hombre, la libertad no es más que el derecho que los ciudadanos tienen para pensar igual a como piensa aquel que ejerce el poder -líder o referente-, y la verdad se reduce a «la versión oficial».
La experiencia indica que muchas veces estos sujetos tienen la habilidad de engañar al hombre común para obtener el apoyo que necesitan con el objetivo de llevar adelante sus ambiciones y programas más tremendos, disfrazados de ideales políticos o religiosos, o generando «revanchas salvadoras» o «reivindicativas» de los fracasos del pasado de una nación. Y, en estos casos, el país y su pueblo entregan su vida y su futuro a circunstancias tan frágiles y volátiles como lo son la salud y la vida de un hombre.
Bastaría recordar la experiencia de la Alemania de Hitler -presa de colesticitis crónica de su Führer, bombardeado por las metanfetaminas recetadas por el Dr. Morell, y por un Parkinson creciente-; la Italia de Musolini -sujeta a los vaivenes de hemorragias intestinales derivadas de una úlcera gástrica aguda que llevó al Duce a vivir a fuerza de líquidos y sedantes-; el Canadá de King -influido por el espiritismo al cual era adepto-; o la Rusia de Stalin -herida bajo los designios de un psicópata que aniquiló cruelmente a parte de su propio pueblo-, entre otros muchos casos.
Se genera así un círculo perverso y vicioso: al concentrar el poder, destruir la oposición y evitar la generación de alternativas, el dictador se convierte en la única posibilidad cierta de gobierno, estabilidad y paz social. Todos terminan -por miedo- deseando para él en forma pública salud y larga vida, y acrecientan su leyenda, aunque en el fuero íntimo quizás aspiren a su desaparición.
Al mismo tiempo, se va generando un insondable abismo sobre el futuro, porque en la fuerza brutal del poder concentrado está su propia debilidad. Las decisiones de Estado llegan a depender del humor, la irritación intestinal, los problemas coronarios, o los efectos que la medicación que reciba puedan generar en la conducta del dictador, o de lo que los familiares, círculos íntimos o herederos ungidos «a dedo» pudieran considerar conveniente a sus intereses vinculados al futuro.
En 1831 Coleridge escribió: «Si los hombres quisiéramos aprender de la historia, ¡qué clases magistrales nos daría!, pero la pasión y la parcialidad nos ciegan, y la luz que ofrece la experiencia es una antorcha situada en la popa de la nave que ilumina solamente las olas que dejamos atrás».
¿Estaremos proclives a reflexionar algunos momentos sobre estos aspectos y examinar nuestra propia historia para sacar de ella lecciones, o lo ya padecido en el pasado, lo que muestran Cuba y su «remix» venezolano nos parecen supuestos demasiado alejados de nuestra realidad actual como para prestarles atención?
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