Imagina que un proyecto importante no avanzó como esperabas. El cliente está molesto, el equipo está agotado y tú sientes frustración o miedo frente a las consecuencias. En ese momento puedes reaccionar en piloto automático, atacando o huyendo. O puedes hacer una pausa, observar lo que estás sintiendo, regularte y elegir conscientemente cómo responder. Esa pausa es una de las grandes diferencias entre reaccionar y liderar.
De acuerdo con Harvard Business School Online, las habilidades técnicas que permiten obtener una primera promoción no garantizan la siguiente. Para ocupar y mantener una posición de liderazgo también es necesario desarrollar la inteligencia emocional. La institución cita investigaciones según las cuales el 90 % de las personas con alto desempeño tiene un nivel elevado de inteligencia emocional.
Esto tiene sentido porque la inteligencia emocional es la base de muchas otras habilidades necesarias para liderar bien. Necesitas inteligencia emocional para comunicarte asertivamente, sostener un alto desempeño en el largo plazo, motivar e inspirar a tu equipo y ganarte su confianza, admiración y credibilidad.
Además, la inteligencia emocional te permite manejar con éxito el estrés, de tal forma que puedas mantener una alta productividad y, al mismo tiempo, un equilibrio sano entre tu vida laboral y personal.
También la necesitas en esos momentos en los que liderar se vuelve emocionalmente más difícil: cuando no se alcanza el resultado esperado, cuando alguien del equipo comete un error, cuando necesitas dar retroalimentación correctiva o poner un límite. Porque el liderazgo no se mide únicamente en los momentos de calma. Se mide, sobre todo, en la forma como respondes cuando hay presión.
Reaccionar en piloto automático cuando te sientes bajo amenaza es fácil. Atacar puede ser adoptar una actitud defensiva en la que no escuchas, interrumpes, juzgas, culpas o te comunicas de forma agresiva o pasivo-agresiva, afectando negativamente el clima laboral y la motivación del equipo. Huir puede ser evitar el conflicto o las conversaciones emocionalmente incómodas, decir sí cuando necesitas decir no, tolerar comportamientos que afectan al equipo o quedarte en silencio cuando lo mejor sería dar retroalimentación o poner límites.
En ambos casos, el problema no es sentir miedo, enojo, frustración o preocupación. Eso es humano. El problema es no saber gestionar esas emociones y permitir que sean ellas las que dirijan la conversación, la decisión o el comportamiento.
Para pasar de una reacción automática a una respuesta consciente bajo presión, resultan especialmente útiles las siguientes habilidades de inteligencia emocional:
Autoconsciencia
La autoconsciencia es la habilidad que te permite detectar y comprender tus emociones y pensamientos, y ser consciente del impacto que estos tienen en tus decisiones, comportamientos, resultados, relaciones y equipo.
Cuando desarrollas autoconsciencia, no solo te preguntas qué está pasando afuera. También te preguntas qué está pasando dentro de ti frente a esa situación.
Por ejemplo: ¿Mi equipo me ve reaccionar con enojo cuando siento miedo o percibo una amenaza? ¿Estoy evitando esta conversación porque me incomoda tenerla? ¿Estoy tomando decisiones desde la calma o desde el estrés del momento?
Gestión emocional
También conocida como regulación emocional, esta habilidad es la que te permite gestionar tus emociones para responder de forma efectiva.
Gestionar tus emociones no significa ocultarlas, negarlas o aparentar que todo está bien. Significa reconocer lo que sientes, comprenderlo y regularlo para que tu respuesta sea útil para la situación, para tus relaciones y para tus resultados.
Puedes sentir frustración por un error y, aun así, dar retroalimentación sin atacar. Puedes preocuparte por los resultados y, aun así, comunicar lo que esperas sin infundir miedo. Puedes estar bajo presión y, aun así, crear un espacio donde el equipo piense mejor, no peor.
Tu calma no elimina los problemas, pero sí cambia la manera en que el equipo los enfrenta.
Automotivación
La automotivación es tu capacidad para gestionar tus emociones y pensamientos de tal forma que puedas motivarte y orientar tus esfuerzos hacia el logro de tus objetivos.
Para motivar a tu equipo necesitas ser ejemplo de automotivación. De esta forma, no solo podrás inspirar a otras personas para que alcancen sus metas, sino que la automotivación también será la fuerza que te impulse a seguir adelante en momentos de presión, cuando se presenten obstáculos, se cometan errores o las cosas no salgan como esperabas.
Habilidades sociales
También llamadas habilidades interpersonales, este tipo de habilidades son las que te permiten gestionar tus relaciones, escuchar activamente, manejar conflictos, dar retroalimentación constructiva, comunicarte asertivamente, reconocer el esfuerzo de otras personas y construir relaciones basadas en confianza y respeto.
En términos de inteligencia emocional, la base de las habilidades sociales es la empatía, que te permite no solo detectar y comprender las emociones de otras personas, sino también entender sus perspectivas y puntos de vista.
La empatía no significa tomar una postura permisiva ni evitar conversaciones difíciles. Una persona que lidera con empatía también exige, da retroalimentación, pone límites y toma decisiones. La diferencia está en que lo hace intentando comprender el contexto emocional de las personas.
No es lo mismo decir: “Estuviste mal y no puede volver a pasar” que decir: “¿Qué sucedió?...”. Cuéntame qué ocurrió y qué puedes hacer para evitar que se repita”. La segunda frase no es menos firme. Es más efectiva.
Por eso, la diferencia entre reaccionar y liderar no depende solamente de saber qué hacer, sino también de saber cómo responder cuando las cosas se ponen difíciles. Los equipos necesitan personas que, aun bajo presión, puedan crear un espacio seguro para comprender lo ocurrido, corregir y aprender.
* Melanie Amaya es cofundadora y CEO de Amayaco. Coach ejecutiva y consultora en liderazgo.