Llegando al aeropuerto de Heathrow y tomando el subterráneo para ir hacia el centro de la ciudad, no se observan medidas de seguridad especiales ni excepcionales, ni antes ni durante el viaje. Tampoco se perciben muestras de tensión al utilizar el ómnibus, que también ha sido blanco del terrorismo.
Tampoco se observan al asistir a un concierto en el Albert Hall, con miles de personas, ni a otro en la Iglesia de Saint Martín on the Fields, frente a Trafalgar Square.
No las hay en la Royal Academy of Arts, donde una nueva versión del «poder blando» de los EE.UU. expone una muestra de pintura que enlaza el impresionismo francés de fines del siglo XIX y comienzos del XX con los pintores bostonianos.
Las librerías, como la tradicional Hatchards de Picadilly o Foyles de Charing Cross --probablemente la más provista en libros de historia del mundo-, o la de viejo «Quinto» en la misma avenida, muestran el mismo público paciente y curioso a la vez.
El tradicional cambio de guardia frente al Palacio de Buckingham se sigue realizando, aunque quizás hoy sea uno de los mayores desafíos al terrorismo por sus vulnerabilidades en materia de seguridad, pero constituye una característica de la tradición británica a la cual no van a renunciar.
Pese a todo, se siguen viendo más parejas multirraciales en las calles y en su mayoría no son turistas.
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