La Argentina es un país privilegiado. Con la excepción de su Guerra por la Independencia, la peste de fiebre amarilla en 1870 y el terremoto de San Juan en 1944, no ha tenido que superar ninguna de las tragedias climáticas, étnicas, sanitarias, bélicas, económicas y sociales que azotan a la inmensa mayoría de los países.
Se presenta así la paradoja de una nación que debiera ser exuberantemente feliz y que, por el contrario, se ha caracterizado durante los últimos 50 años por su retroceso económico-social, su tendencia a la expulsión externa y exclusión interna de un porcentaje significativo de su población, y una evidente degradación de su nivel dirigencial (alcanza con recordar, al solo efecto ejemplificativo, que Rosas, Urquiza, Sarmiento, Roca, Alem, Alberdi o Avellaneda conducían esta comunidad y sus conflictos hace más de 100 años).
Por supuesto que la nostalgia histórica y el diagnóstico (por más preciso que sea) sirve para poco cuando ninguno de los protagonistas individuales o sectoriales presentes puede considerarse excluido de la responsabilidad activa en la producción de semejante desastre.
El actual gobierno es un perfecto ejemplo de cómo aún se puede agravar esta situación y persistir en el rumbo descripto.
Volver a plantear el conflicto interior-Bs. As. ya superado hace décadas; reabrir las profundas heridas de la década de los '70 cicatrizadas, después de un largo proceso de reconciliación que nos llevara 25 años; deteriorar los pilares de una sociedad democrática como son los partidos políticos, el monopolio de la fuerza en el Estado y la obscena exhibición de un poder unipersonal y arbitrario.
Y todo este absurdo se funda en la circunstancial y temporaria bonanza de una coyuntura (gracias a Dios) favorable que se imagina no sólo permanente y creciente sino también conducida, creada y dirigida desde la Casa Rosa-da.
Claro que este delirio no es original. Perón con la posguerra, Frondizi con la expansión de los '60 y Menem con el fin de la Unión Soviética pudieron soñar y cosechar parte de un crecimiento global que los tocó con su varita mágica.
Otros, en cambio, tuvieron menos suerte: Onganía, que llegó al poder en la antesala del mayo francés y la derrota de Vietnam; Videla, que quiso congraciarse con la superpotencia aniquilando guerrilleros justo cuando Carter lanzaba la nueva política de derechos humanos, o Galtieri, que confundió el valor para la CIA de su asistencia a Somoza en Nicaragua con la solidez de la Alianza Atlántica entre EE.UU. e Inglaterra durante la Guerra de Malvinas.
Un país periférico como la Argentina tiene que entender que es sólo propietario de la tabla de windsurf y que no es dueño ni generador de los vientos que navega.
Ahorrar en la bonanza, consolidar las instituciones y la Unión Nacional, asociarse sólidamente con los vecinos para hacer más atractiva y confiable la región, y demostrar continuidad y previsibilidad en las conductas sociales y los gestos individuales, son una simple pero efectiva política de Estado que nos permitirá transitar los buenos y los malos momentos tal como lo vienen ejecutando con éxito Chile y Brasil.
Los delirios espasmódicos y los golpes de suerte, confundidos con la genialidad mesiánica o la estrategia preclara, sólo terminaran en el previsible y no querido desastre.
El gobierno es joven, tiene tiempo y apoyo popular suficiente para reflexionar, rectificar rumbos y aprovechar la experiencia histórica para no repetir ni inventar nuevos errores.
A 200 años de nuestra existencia como Nación, nos merecemos un destino mejor.
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