La Selección Argentina es un barquinazo emocional constante. Lo es esta de Lionel Scaloni, lo fueron las de Bilardo y Menotti y lo fue la de Sabella también. Y ese viaje -lisérgico, interminable, apasionante- es como una película en un eterno fast forward. Todo va demasiado rápido, todo corre a la velocidad de la luz, todo se mueve pronto, ya, ahora. Salvo Lionel Messi, claro.
Este Messi de 35 años, con menos sprints pero con más sabiduría, sin tanta velocidad pero con enorme capacidad de pensar y ejecutar, ve como pasa la película, observa sin participar o, cuando lo hace, trata de que las cosas vayan por el camino correcto, aunque ese camino no sea el más directo ni el aparentemente más sencillo. Leo siempre intenta que lo acompañen, de que se bajen de esa montaña rusa de emociones y se sumen, aunque sea por segundos, a su andar más pensante, más de sabio. Es una forma de marcar el camino, de decir y de ordenar. Es una forma --una forma bien de Messi-- de mandar, de conducir, de liderar.
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Télam
A veces cuesta menos y a veces, como anoche en el Lusail Stadium, cuesta un poco más. Y tiene cierta lógica, si repasamos la cuestión de las emociones. Argentina venía de sufrir una de las derrotas más oprobiosas de su historia en Mundiales y, de volver a perder, se iba a hablar del “Desastre de Qatar” como en su momento se habló del “Desastre de Suecia”. Y no sólo eso, que ya de por sí es una catástrofe: Messi iba a irse de su último Mundial en primera ronda. Con toda esta carga, Argentina salió a vérselas con México. La presión que tenían nuestros futbolistas era enorme. Llegaron como candidatos a ganar el Mundial (no olvidar que se exageran las derrotas, pero también las victorias) y estaban jugándose la continuidad en noventa minutos, con futbolistas que reemplazaron a algunos de los que fracasaron con Arabia Saudita.
Hizo bien Scaloni en hacer los cambios que hizo y corregir, de algún modo, el error de aferrarse a apellidos gloriosos de su ciclo, sin medir sus actualidades futbolísticas y físicas. Romero, Paredes y Papu Gómez no debieron estar en el partido inicial. Nadie discute su condición de Campeones de América ni mucho menos sus capacidades. Pero venían con poco rodaje, saliendo de lesiones, sin ritmo. El entrenador fue quien los sacó durante el partido inicial y, salvo Cuti Romero un rato, no los puso en el choque con México.
Claramente, Leo Messi es el capitán del barco y sus edecanes son De Paul, Paredes, Papu Gómez y, un poco más atrás en las fotos de las mateadas, Di María y Otamendi. La posición en la mesa chica no pudo sostener a Paredes ni a Papu Gómez en el cuadro titular, pero sí a De Paul, un emblema de esta nueva camada de Selección y hombre clave en los diseños tácticos y estratégicos del Cuerpo Técnico. Sostener a De Paul es un decisión fuerte, porque el pibe de Sarandí está lejos del rendimiento que lo hizo indispensable en el equipo y que le permitió saltar del Udinese al Atlético de Madrid. Pero Rodrigo no está teniendo un semestre regular en el equipo de Simeone y, si bien es un jugador de selección de pies a cabeza, trajo su inestabilidad del Aleti al cuadro nacional.
De Paul sabe del respeto ganado y que difícilmente Scaloni lo saque. Entonces, se apoya en Messi. Todos sus pases --que contra México fueron con destino equivocado muchas veces-- van a Leo, aunque no convenga, aunque los que intenten construir una pared sean Mac Allister (de buen primer tiempo) o Acuña. De Paul cree que la pelota va a estar segura con Messi y con nadie más. Este fue el principal defecto del ex jugador de Racing. Como Messi recibió muchas veces apretado contra la raya del costado o rodeado de rivales, entonces Argentina hizo un primer tiempo en sintonía con los temores previos. Fue un equipo deprimido, asustado, impreciso, lleno de dudas, asegurando la pelota hasta el hartazgo y sin profundidad. No se registra un tiro al arco de Memo Ochoa en todo el primer tiempo. El equipo hizo toda la teoría, se movió en armonía, pero todo cayó en saco roto por lo mal que utilizó a Leo, por lo poco que buscó a DI María y porque a Alexis Mac Allister, el único que se le asoció fue Acuña.
El segundo tiempo tuvo casi la misma tónica, aunque con una variante: México se paró aún más atrás, consciente de la necesidad imperiosa de ganar que tenía Argentina y de que el negocio era hacer un partido largo y desgastante. La elección de Scaloni de que Guido Rodríguez sea el reemplazante de Paredes no estaba dando el resultado previsto y, haciendo una buena lectura del déficit y advirtiendo la nueva y pasiva postura del rival, mandó a la cancha a Enzo Fernández a los 12 minutos del segundo tiempo. El pibe del Benfica, salvo un par de veces, siempre entró como volante central en el equipo nacional. Pero, por sus características y su ambición, suele pisar el área rival. Seis minutos mas tarde, el DT mandó a la cancha a Julián Alvarez y a Nahuel Molina por Lautaro Martinez y Montiel, respectivamente. Iba formándose un equipo nuevo para la última y estresante media hora final.
Enzo Fernandez tomó la pelota un par de minutos más tarde y condujo hasta zonas altas. Allí se encontró con dos próceres llenos de compromiso: Di María sobre la raya derecha y Leo Messi, más centralizado, buscando posición. Enzo se la dio a Di María, correctamente. Fideo juntó a tres volantes mexicanos. Cuando vio a Messi libre por el medio, se la dio. Leo hizo un gol como hizo cientos: se acomodó, eligió, y la apretó abajo, pegadita al palo izquierdo de Ochoa. No era el mejor partido de Messi, el equipo apenas estaba desperezándose después de ser reformado. Pero Messi hizo lo que uno espera que haga Messi: que saque al equipo del pozo, que tire del carro cuando las ruedas están encajadas en un espeso barro.
El gol liberador de Argentina nos hace volver al barquinazo emocional, pero, esta vez, hacia arriba. En un contexto de resultado favorable, Enzo Fernandez tuvo la pelota más que antes, Acuña fue más y mejor buscado, Di María participó hasta salir exhausto, Julián Alvarez les quitó referencia a los centrales rivales y Leo Messi, el capitán, el líder, el superhéroe, jugó mas libre, más acompañado y más desahogado mental y fisicamente. Y llegó el segundo gol, después de que Enzo Fernández, uno de los principales apellidos del nuevo equipo, la clavara en un ángulo con inolvidable jerarquía.
Da la impresión de que en este partido con México, que era terminal y decisivo, nació un nuevo equipo, con nombres y apellidos que se metieron con la prepotencia que dan el talento y la furiosa actualidad. Enzo Fernandez debería ser el primero de esos nuevos apellidos del viejo equipo. Julián Alvarez parece disputarle seriamente el puesto a Lautaro Martinez, Lisandro Martinez va quedándose como el compañero izquierdo del descomunal Otamendi. No sería la primera vez que un equipo llega a un Mundial con once apellidos y una idea en la cabeza y los rendimientos obligan a cambiar.
Argentina, Scaloni y, sobre todo, Messi, se encontraron con nuevos intérpretes de una idea que parece haber retornado justo a tiempo.
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