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10 de diciembre 2022 - 19:30

Publicidad y violencia simbólica: de la libre expresión al vale todo

Muchas veces estamos rodeados de mensajes que nos dicen lo que se espera de nosotros/as, nos limitan y condicionan en nuestras decisiones y en las oportunidades que nos presentan.

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BBC

¿Por qué importa tanto lo que dice o deja de decir una marca? ¿Porque tenemos un ojo crítico frente a lo que sucede en las noticias, en las publicidades, en el cine o en una serie? ¿Por qué nos molesta tanto que determinados mensajes se sucedan una y otra vez?

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La sociedad es como un escenario donde todos y todas ejercemos un papel. Quizás consideremos que lo hacemos de manera libre, que cada uno/a elige que rol quiere cumplir en este escenario, pero no siempre es así. Muchas veces estamos rodeados de mensajes que nos dicen lo que se espera de nosotros/as, nos limitan y condicionan en nuestras decisiones y en las oportunidades que nos presentan.

Es por ello que durante todo el año desde Grow- género y trabajo estuvimos reflexionando sobre la violencia simbólica, con el fin de visibilizar cómo los mensajes estereotipados que suceden de manera cotidiana, naturalizan y normalizan discriminaciones en base a género, edad, orientación sexual, entre otros.

Las publicidades son solo uno de los ámbitos donde esta violencia se expresa, y es sumamente importante por que su intención es llegar a distintos públicos, con distintos mensajes todo el tiempo. Ahora, para llamar la atención del público objetivo ¿vale todo?. Con el vale todo me refiero a utilizar mensajes estereotipados, discriminatorios, que vulneran derechos. Lo que llamamos libertad de expresión, ¿puede llevarse todo por delante?

Hoy tomo el caso de una marca, a la que prefiero no nombrar para no darle más publicidad, que ya ha banalizado otras temáticas, como la pobreza. En esta oportunidad, para vender carteras de ositos, publicó una campaña en la que aparecían niños y niñas con ositos de peluche vestidos al estilo BDSM. Si. Niños y niñas de aproximadamente 3 o 4 años, parados sobre una cama o un sillón, con estas “bolsas/juguetes”, que no son para ellos/as. Digamos claro el problema: estas imágenes banalizan el abuso infantil.

Podríamos preguntarnos sobre qué valores tiene esta institución, y también, las personas que lo consumen. Porque en definitiva, la marca le está hablando a un público específico. Y en este sentido, es de donde viene esta reflexión: que campañas de este tipo salgan a la luz es una responsabilidad social, de todos y todas, y no solamente de quienes la idearon y produjeron.

La campaña es sólo un síntoma de algo más grande: ¿cómo es que nadie vio que el contenido era perturbador? ¿Cómo se pensó que estaba bien exponer a un niños/a a esas fotos, donde la distorsión de la mirada de una persona adulta rompe con la inocencia del niños/a? ¿Dónde estaban las personas adultas responsables de esos niños/as? ¿Ellos/as vieron las fotos? ¿Qué idea se tiene del público objetivo para pensar que estaba bien esta campaña? Aún si la única intención era “perturbar”, ¿a qué costo?

Dadas las críticas en las redes sociales, que llegaron rápidamente, la marca salió a disculparse, 7 días más tarde, y prometió tomar acciones para no permitir que esto vuelva a ocurrir. Hasta ahora demandó a la productora, como si el problema no fuera también responsabilidad de ellos.

Lo que nos preocupa cómo Grow de este tipo de campañas, y de las acciones que toman las instituciones inmediatamente después, es que no paran un momento para reflexionar sobre sus propias prácticas y creencias. ¿Qué visión del mundo tiene esta marca para que en el escenario de la vida consideren permitido banalizar la pobreza extrema o el abuso infantil?

En algunos países, como Inglaterra, esta campaña probablemente no hubiera visto nunca la luz, dado que existe una una prohibición explícita para cualquier contenido publicitario que refleje violencia simbólica, entendiendo que esta repetición de mensajes que naturalizan desigualdades y normalizan comportamientos violentos son perjudiciales para la sociedad.

De esto hablamos cuando hablamos de responsabilidad social: de la voz de las instituciones estatales, que se expresa en sus legislaciones, de la voz de la sociedad civil, que en este caso se expresó en las redes, de la voz de las personas con poder, que podrían expresarse claramente sobre este y otros tantos temas, de la voz de la institución, que en lugar de buscar culpables, debería trabajar intensamente en cambiar su visión del mundo.

Cofundadora de Grow, género y trabajo

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