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20 de diciembre 2006 - 00:00

¿Qué pasa con el euro que está subiendo?

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De acuerdo con la visión más difundida, la caída del dólar se justifica por los déficits de cuenta corriente de EE.UU. El euro se fortalecería para facilitar el ajuste del balance de pagos norteamericano. Sin embargo, las cifras no apoyan esa mirada. La zona del euro tiene un superávit de cuenta corriente insignificante, de apenas u$s 18 mil millones, frente al déficit de u$s 805 mil millones de EE.UU. Los países del euro no financian el déficit de la cuenta corriente estadounidense ni pueden contribuir con su ajuste. Más aún, el bloque de Europa Oriental, con monedas vinculadas con el euro, presenta un déficit de 47 mil millones.

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La realidad es que los grandes superávit están concentrados en los países petroleros, Medio Oriente -u$s 280 mil millones- y Rusia -u$s 120 mil millones- y en China y Japón -u$s 120 y u$s 140 mil millones respectivamente. Ese grupo totaliza superávit de 660 mil millones de dólares y es el que pudiera ajustar, en paralelo con los EE.UU. Pero las monedas de Medio Oriente están rígidamente atadas al dólar lo mismo que China que, luego de 10 años de un cambio fijo con el dólar, ha comenzado un proceso de revaluación respecto de esa moneda que sigue siendo su referencia. El yen japonés se ha estado devaluando respecto del euro, no obstante su abultado superávit externo. De este grupo, sólo Rusia tendría una cierta alineación con el euro. No es entonces una sobre valuación del dólar la que provoca el déficit, pues la mayoría de los superávit los tienen naciones con monedas atadas al dólar. Por lo cual, la cotización euro-dólar no impactaría eficazmente en el conjunto de las cuentas corrientes respectivas ni ayudaría a nivelar la situación. Una relación de hierro.

Recordemos que la suma de los superávit de cuenta corriente de todos los países del planeta debe ser igual a cero, pues no hay comercio interplanetario. El déficit norteamericano es necesariamente idéntico a la suma de los saldos del resto de países, con signo contrario. Para « arreglar» el déficit norteamericano es necesario que las naciones superavitarias reduzcan esos saldos. Pero no parece esperable que los países petroleros aumenten sus importaciones suficientemente, ya que los superávit de los países del Golfo alcanzan a 25% del PBI. Equilibrar las cuentas exigiría elevar dramáticamente el gasto interno. Y si los actuales precios del petróleo no fuesen sustentables, cualquier reversión obligaría ajustes posteriores sustanciales. La política de superávit externos pareciera correcta cuando los precios del petróleo son generosos. Sobre todo si se reconoce que el petróleo es un activo no renovable y que una vez agotado la población tiene que seguir viviendo.

Fundamentalmente, saldar la cuenta corriente de EE.UU. requeriría redistribuir el gasto mundial de forma significativa. Los norteamericanos debieran reducir sus gastos en 7% y las naciones superavitarias aumentarlos. China, cuya economía ya está recalentada, debiera aumentar su gasto interno en 6%, Oriente Medio en 25%, Rusia en 11%. Pero estos cambios no sucederán sin un detonante que los induzca ni pueden ser forzados sin consecuencias indeseables. La economía mundial sufriría un tremendo impacto con esa reasignación de gastos. No es posible propiciar lealmente un ajuste de los denominados «desequilibrios globales» sin hacerse cargo de las considerables alteraciones que comporta, en el campo real y en el financiero.

Por un lado, la devaluación del dólar resultaría en una inflación respecto del euro. Los precios de los bienes transables se encarecerían en dólares más que en euros. Pero, para alterar la distribución del gasto mundial, entre naciones superavitarias y deficitarias, se requiere que los PBI en dólares de las naciones superavitarias aumenten respecto de los PBI de las deficitarias, principalmente EE.UU.

  • Experiencia

    El ingreso personal es un bien no transable y debe variar para que el ajuste proclamado tenga lugar. Las devaluaciones monetarias solamente consiguen disminuir los déficit de cuenta corriente cuando reducen el poder adquisitivo internacional del PBI. Esa es la experiencia argentina y de todos los países.

    Hoy nuestro ingreso por habitante es, en dólares, apenas 60% del ganado en 1998. Los cambios de gastos e ingresos necesarios para acomodar las cuentas, entre naciones superavitarias y deficitarias, no deberían ocurrir de golpe, sino en forma paulatina. Y ello sólo en la medida en que los agentes económicoslo encuentren conveniente.Pues, hasta ahora, solamente tenemos opiniones de comentaristas y políticos de la urgencia de «enderezar los desequilibrios globales». Preguntamos: ¿tales desequilibrios son verdaderamente indeseados por el conjunto de los actores económicos? ¿O son el resultado de miles de millones de decisiones individuales -acuerdos voluntarios favorables para las partescuyos alcances y razones no alcanzamos a discernir profundamente? Insisto, me resulta poco razonable la propuesta de devaluar el dólar y desatar ajustes tan dramáticos en la economía mundial sin explicar satisfactoriamente las causas del fenómeno, la necesidad de correcciones y sus consecuencias. Parecen no darse cuenta que el comercio y los superávit son el resultado de negocios voluntarios que benefician a las partes, en relación con cambios de ambiente y circunstancias no siempre bien apreciadas por todos.

    Son muchas las fortalezas del dólar -la unidad de cuenta mundial por excelencia- y se harán sentir en momentos críticos. EE.UU. brinda refugio, profundidad de servicios financieros eficaces y protección militar. Oriente Medio no tiene otra alternativa que exportar sus capitales o disminuir la producción de petróleo. Rusia y China todavía están muy rezagadas en materia financiera. Japón necesita cubrir desfases intertemporales significativos y está saliendo de una larga crisis bancaria. El mundo clama por un orden político eficaz, un sistema financiero cada vez más desarrollado y confiable y existe una competencia para colocar capitales que, por ahora, encabeza EE.UU.

    Las instituciones norteamericanas han sido las más eficaces en valorizar los derechos individuales de sus protegidos y promover la riqueza. El resto del mundo, principalmente los países superavitarios, deberán trabajar arduamente para mejorar sus instituciones y así conseguir elevar sus ingresos más que los norteamericanos. Quienes ofrezcan las mejores instituciones ganarán la partida. Por último, el actual sistema monetario mundial, con cotizaciones tan volátiles entre las principales monedas, no parece sostenible. La volatilidad es incertidumbre y recarga los costos de transacción.

    Contrariando a la corriente hoy mayoritaria, favorable a los cambios flotantes, un orden monetario mundial emergerá en el que las autoridades negociarán políticas de común interés y una moneda única. En estos momentos, la importante delegación norteamericana en China, integrada con Paulson y Bernanke para negociar temas monetarios, confirma este punto de vista.
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