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27 de abril 2007 - 00:00

Soja transgénica, la causa de "milagroso" crecimiento del país

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Es de recordar la preocupación y disgusto de los curanderos y manosantas rurales del pasado. En su elemental razonamiento no podían admitir la prevención de enfermedades por vía de las vacunas agujereadoras de brazos, piernas o nalgas. Menos aún el suero antiofídico, pues se preguntaban: ¿cómo el mismo veneno de la víbora podría neutralizar su propia ponzoña...? En un similar estilo de barbarie especulativa determinadas entidades ambientalistas -muy pocas-embisten contra ciertos progresos de la ciencia y la tecnología sumando argumentos falaces o de escaso fundamento científico.

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Aunque sí se las ingenian para incidir en aquellas mentes proclives a caer víctimas de cualquier muestrario de terror, fobias o veleidades hipocondríacas.

La biotecnología ha sido la ciencia que permitió modificar las características de los cultivos mediante genes que los hacen resistentes a las plagas, los agroquímicos, las enfermedades y otras contingencias riesgosas. Así de simple como solución ecológica y por eso mismo atacada sin piedad por los que creen que el objetivo de preservar el ambiente consiste en retornar la humanidad a la era del precámbrico. Los métodos transgénicos de cultivo constituyen un modernísimo sistema, científica y probadamente inobjetable. Se han expedido en su aprobación los más relevantes organismos internacionales hace más de diez años desde que aquella pléyade de agricultores -en Estados Unidos y la Argentina-se lanzó en noble aventura tras el desafío de la siembra directa y regímenes innovadores. En ese año ignorado de 1996, las entidades arbitrales competentes y de absoluta idoneidad técnica otorgaron luz verde a las experiencias transgénicas.

Desde milenios atrás por vía del pan, el vino, el queso, la cerveza -y otros procesos enriquecedores de la dieta-el hombre sin darse cuenta logró transformaciones similares a las de la ingeniería genética del presente. Fueron obras de la casualidad sin emplear para ello estudios profundos, ni ciencia ni investigación.En aquellos fenómenos obtenidos gradualmente por la historia no se pudieron oponer chillonamente los manosantas ni los curanderos. En cambio, se sobresaltaron con el énfasis de su mística inextricable y especuladora cuando la inteligencia creadora de los Pasteur, Koch, Fleming, Sabin, etc. descubrió las vacunas, los antibióticos y demás antídotos preventivos, incursionando intrépidos en el mundillo hasta entonces insondable de los microorganismos.

La aprobación en 1996 de la soja transgénica resistente del herbicida glifosato significó un símil metafórico de la vacuna sin aguja. Según estudios de consultoras responsables y actualizadas -caso Trigo y Cap-, la biotecnología agrícola les hizo ganar a los argentinos unos u$s 20.000 millones de dólares en el término de la última década, entre ahorro de costos, la expansión de la soja transgénica y las exportaciones a este novedoso planeta donde se agregaron a la mesa gastronómica más de dos mil millones de habitantes residentes en sólo dos países del Lejano Oriente. Estos fenómenos recientes de la historia explican el «misterioso» crecimiento de la economía argentina en los últimos años. Una razón exógena fue la súbita aparición de las dentaduras manducatorias de chinos e indios como nuevos consumidores de nuestros granos, y la causal endógena obedeció a la visión de esforzados miles de agricultores que demostraron no ser avaros ni oligarcas cuando se lanzaron entusiastas y confiados a la experiencia científica y eficaz de la ingeniería genética, un simple conjunto de técnicas de laboratorio donde se transfieren genes de un organismo a otro, tan sencillo como hacer cerveza fermentando granos o convertir la leche en yogur.

  • El impacto económico

    Según estudios recientes, los beneficios acumulados para la Argentina en el período 1996/2005 alcanzaron la suma de 19.737 millones de dólares por la soja transgénica. Por los maíces Bt. hay que sumar u$s 481 millones. Al exportarse de manera sustentable los alimentos transgénicos, la soja dejó de ser la cenicienta vapuleada y resistida por ciertas organizaciones ambientalistas para transformarse en la princesa máxima del comercio exterior de nuestro país y causante fundamental de la euforia económica sorpresivamente amanecida en los últimos años.

    Hace una década, nuestro país ocupaba para el cultivo de la soja un espacio de 370.000 hectáreas. En su evolución ha llegado el día de hoy a utilizar 16 millones de hectáreas. Es decir, multiplicó más de 43 veces la superficie sembrada. En lugar de aplausos, se oyen voces críticas por el presunto deterioro del suelo, cuando es sabido que el territorio de la nación alcanza a 3.761.274 km² y el detrimento de la tierra se subsana por medio de incontables procedimientos. Afluye extrañamente el berretín de sabotear las soluciones transformadoras oponiéndoles sofisticados y retorcidos problemas. En otros tiempos se le reprochaba a la Argentina la inmensa cantidad de campos fértiles sin producir. Se parece esto a la vieja parábola del infeliz esclavo que recibía la tunda de azotes porque remaba y también por no remar.

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    En la Expoagro 2007, uno de los principales directivos de cierta empresa norteamericana investigadora de la tecnología transgénica anunció estudios avanzados en «identificar unos 40 o 50 genes que confieren importantes mejoras en la tolerancia a la sequía en soja, algodón y maíz...». La giba que posee el camello para almacenar el agua y atenuar los rigores del cruce de los desiertos obedeció a un largo proceso evolutivo elaborado por la sabia y paciente naturaleza. La inteligencia del hombre con sus elucubraciones genéticas no hace otra cosa que proceder a imitar y generar procesos compatibles con el propio ecosistema.

    El alardeado milagro argentino de su economía -además del factor internacionalno fue otra cosa que la resultante del riesgo asumido por los miles de agricultores que hace diez años creyeron en la tecnología de los transgénicos como en una eficaz vacuna que les haría promover en abundancia estos maravillosos oleaginosos aptos para alimentar, producir insulina, generar energía, nutrir los animales y diversas utilizaciones más. Es hora de preservar vivitas y coleando a las escasas gallinas ponedoras de huevos de oro que no siempre se las encuentra con facilidad ni caen como un obsequio del cielo para el tonto efecto de saborear un puchero extremadamente caro.

    * Especialista en energía
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